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Sólo los años podrán medir su grandeza. Allá, en los tiempos futuros, cuando las nuevas generaciones repasen estas páginas ya viejas, estará la definición concluyente de que Carlos Bianchi o el Sr. Exito, se convirtió en el mejor entrenador de la historia de Boca, superando al excelente ciclo del Toto Lorenzo por un logro. Y de la Argentina también, si lo avalan esos doce títulos que carga sobre su espalda desde que cambió su faceta de goleador por el pizarrón. Porque repitió el bicampeonato de América que supo conseguir Juan Carlos Lorenzo en 1977 y 1978 y, además, porque ganó más títulos que Osvaldo Zubeldía y Angel Labruna.
¿Qué dice Bianchi? “La verdad es que siento un afecto especial por este club. Siempre fui respetado por todos. Es muy fuerte lo que se vive dentro de la Bombonera y con estos colores.” Claro, él nunca fue hincha de Boca, pero es lógico que lo vivido por Brandsen 805 lo marcara a fuego.
Otra vez campeón Bianchi. Como hace un año, cuando una noche fría de San Pablo lo vio ganador frente a Palmeiras ante un atónito Morumbí. El lo había dicho ni bien llegó, en mayo de 1998: “Lo único que se escucha en Boca es campeón, campeón...”, palabra que no repetiría hasta diciembre de ese año, cuando dio la vuelta olímpica en la Bombonera.
Es insaciable. Desde que firmó su contrato, el 27 de mayo de 1998, no para de cosechar triunfos donde otros sembraron derrotas. Por eso, merece festejar el hijo de Don Amor; mientras el pueblo xeneize esperanzado de más vueltas olímpicas danza al son de la maravillosa música: “¡Vení, vení, cantá conmigo, que un amigo vas a encontrar./Que de la mano/de Carlos Bianchi, todos la vuelta vamos a dar!”
El contesta: “No hay que dramatizar al fútbol. Yo, por lo único que le pido al de arriba es por la salud de mi familia. Nada más. Es ridículo pedir porque una pelota entre o salga”.
La imagen se repite. Cientos de palmas lo despeinan y lo golpean en la espalda. Otros corean su nombre. Un ejército de lapiceras lo corre para llevarse su firma y otro de micrófonos casi lo agrede. Sus ojos, detrás de las lágrimas, ven una película. Su barrio, Villa Real, el potrero de Irigoyen, en Versailles, sus logros, hasta que las imágenes se borran, le dicen adiós al pasado y lo instalan en este presente único xeneize.
Maneja a la perfección al grupo dentro de la cancha y fuera de ella, y por eso modifica las tácticas de su equipo sin problemas ni cosas raras; “El que no cambia es un imbécil. Lo importante es manejarse con sentido común”, suele repetir. Y cumple, ya que está encima de la misma forma de la figura estelar que del nueve de la reserva.
La Copa en alto siempre, distinta y victoriosa, es sólo el símbolo externo de sus logros y conquistas. Pero sus sueños, sus promesas y sus desafíos se gestan para una historia, la misma que hoy lo consagra como el mejor de todos, aunque alguno ose disentir de esta afirmación. Muy de madrugada, cuando abraza su tercera Copa Libertadores, sentencia que nadie le regaló nada, que el rumor de que dispone del celular de Dios es sólo un decir popular y que todo se lo ganó en buena ley.
¿Quién lo diría? Aquel chico que solía simpatizar con River en el barrio de Villa Real ahora se transformó en el ídolo de “la contra”, como se dice en términos futboleros. Hoy, además de sus 12 títulos y de su profesionalismo, se lo conoce como el mejor DT en la historia de Boca...

