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El fútbol atrevido, inteligente y sin complejos de Español le plantó límites muy concretos a la prepotencia ganadora de River. Y si el equipo de Ramón Díaz no naufragó en el Bajo Flores fue porque consiguió aferrarse a tiempo a la soga salvadora que tendieron Bonano (no caprichosamente en primer término), Berizzo y, en menor medida, Francescoli y Gallardo.
Tampoco es casual que en River se termine rescatando a un puñado de individualidades; sucede que, colectivamente, Español lo superó en buena parte del desarrollo.
Para River fueron, apenas, cinco minutos de esplendor y agresividad, con Campagnuolo salvando ante Medina Bello y manoteando un zurdazo envenenado de Gallardo. Porque, de inmediato, la banda de los uruguayos -el endiablado Juan Martín Parodi y el temible Osvaldo Canobbio- socavó los sistemas de seguridad que, endeblemente, armó su rival.
Por impotencia o negligencia, River ni siquiera le prestó atención a las señales de alarma... Entonces, entre las gambetas de Parodi, las subidas de Almirón y las corridas de Canobbio -en el primer ataque dio la sensación que Berizzo lo tocó dentro del área- generaron más de un descalabro a las espaldas de Monserrat y ante la pasividad de un insolvente Lombardi.
Celso Ayala -empezó con problemas y creció en el segundo tiempo- y Berizzo no podían tapar todos los boquetes; porque Altamirano, con sus descuidos, también invitaba a que Español buscase por su sector.
Ya Bonano agigantaba su figura para ahogar gritos locales. Y se palpitaba el gol de Español apenas Canobbio tuviese la menor oportunidad. Lo curioso fue que llegó por arriba -centro bárbaro de Sergio Castillo desde la derecha y cabezazo rotundo del N° 11-, cuando las ambiciones del Deportivo parecían tener mejor destino a ras del piso.
River se dejó arrastrar por el descontrol y siguió ofreciéndose en defensa. Del medio para arriba el panorama era desolador, porque Berti, Monserrat y Gallardo no pesaban, porque Medina Bello no podía acertar un pase a dos metros (mucho menos podía pretenderse que embocara al arco) y porque la categoría de Francescoli resultaba insuficiente.
El desaliento visitante le daría paso a la esperanza sólo por un instante: el penal dudoso que Hay sancionó contra Español, por una supuesta falta de Almirón a Berizzo. Francescoli frente a la pelota y grito frustrado: Enzo la mandó a la tribuna con un derechazo indigno de su clase...
Y volvió a salvarse River, cuando Bonano interpuso dos veces su humanidad frente al fusilamiento a cargo de Gastón Escudero y Sergio Castillo.
Estaba claro: el fin del primer tiempo significaba una bendición para el conjunto que, de continuar así, iba a lamentar algo más que haber sufrido el primer gol en el Clausura.
En la reanudación, el asunto pareció tener idénticas características. Español manejaba la pelota, mientras el pulpo Odriozola insinuaba arrebatarle a Parodi el protagonismo de la tarde-noche.
Como contrapeso, al conjunto local se le reprochaban dos cosas: primero, una mayor decisión en situaciones de igualdad o superioridad numérica; segundo, en su afán de presionar a su adversario se excedía en marcar en línea.
River tomó conciencia de que, aun jugando mal, no era una utopía poner a un hombre en las narices de Campagnuolo. Surgió, entonces, Gallardo como manija, lo acompañó un poquito Berti y, sobre todo, ganó con el cambio Solari x Lombardi.
El partido, que nunca dejó de ser entretenido a pesar de los errores permanentes de Aníbal Hay, adquirió mayores dimensiones. Por la búsqueda más incisiva de River y por las posibilidades que seguía teniendo Español. Vino la chilena- golazo anulado de Berti (no estaba en posición adelantada) y, poco después, el empate: falló Castillo en su intento de cabecear, y le dejó la pelota servida al centro de Solari y al toque goleador de Monserrat.
Renació la ilusión de River, pero Español la borró de un plumazo, con dos disparos de Almirón que salieron cerca. Como agregarle un par de puntitos más a la tabla de merecimientos, que dejaron a Español por encima de River. Y lo mejor de todo es que no necesitó artilugios, actitud ultraconservadora o mañas. Apeló, simplemente, al fútbol...
Quizás, una cuestión que jamás hubiera ocupado líneas y comentarios del periodismo, porque el protagonista era casi infalible a once metros del arco.
La semana última, Marcos Gutiérrez le contuvo uno. Tuvo otra chance en ese mismo match y no la desaprovechó. Ayer, nuevamente falló: su remate se fue sobre el travesaño. ¿Qué sucede?. "Le quise pegar fuerte, como lo hice ante Huracán, pero lo erré porque soy humano. Por este penal me siento culpable, porque el equipo se quedó y no demostró el nivel de otros partidos".
Luego detalló las virtudes de Deportivo Español y consideró al resultado como "justo, porque fue muy parejo. No pudimos demostrar nada de lo que veníamos haciendo. Creo que Español hizo un gran partido y no nos dejó imponer nuestro fútbol".
El partido frente al conjunto del Bajo Flores ya pertenecía al pasado. Todos comenzaron a hablar de Boca, el eterno rival. Francescoli también. "No importa como son las realidades de cada uno, ya que los clásicos son partidos aparte. Son encuentros diferentes, por eso hay que jugarlos a muerte".
Cuando se retiraba, un grupo de niños le rogó un triunfo. Francescoli, con una sonrisa, les respondió: "Vamos a ganar 2 a 0, ponéle la firma".
River todavía no habia empezado a jugar su partido contra Deportivo Español, en el Bajo Flores, cuando ya llegaban, desde otra cancha, las primeras conclusiones de la derrota de San Lorenzo contra Platense, en Vicente López.
Así es el fútbol, fenómeno mediático incomparable: por la radio, los analistas decían que el equipo de Castelli había sentido las ausencias de Gorosito y Zapata, afectados al seleccionado de Passarella, y, a la distancia, los hinchas de River intentaban dilucidar si a su equipo le pasaría lo mismo. El repaso rápido de la lista de ausentes les permitía concluir en que no sería tan decisiva la carencia de hombres como Hernán Díaz, Juan Pablo Sorín o Julio Cruz y los nombres de los reemplazantes les garantizaban cierta tranquilidad.
Esa sensación les duró cinco minutos, exactamente.
Suficientes para que el Mencho Medina Bello insinuara que no se habia olvidado de todo -en definitiva, él era el sustituto de Cruz- y que la defensa -de allí faltaban los otros dos hombres- no sufriría sobresaltos mientras el equipo manejara con tanta presión la pelota, muy lejos del arco de Bonano.
Después llegó la hora del realismo, con nada de mágico. Tiempos en los que Ramón Díaz habrá agradecido de verdad que al técnico del seleccionado nacional no se la haya ocurrido convocar justamente a su arquero, decisivo ante un Español que no se resignó a ser partenaire del equipo invencible y, lejos de eso, desnudó que se le puede jugar de igual a igual, sin miedos.
El técnico se habrá alegrado, también, de la presencia de Berizzo, imposibilitado de subir hasta La Paz por aquella expulsión en Barranquilla, ante Colombia.
Porque fueron ellos, en definitiva, los que soportaron la extraña experiencia de no sentirse dominadores, protagonistas Los que salvaron la situación, con valor individual, cuando el rival llegaba por afuera -allí donde no estaban ni Hernán Díaz ni Sorín- o cuando la pelota iba hacia adelante pero volvía rápido, porque el Mencho ya habia vuelto a ser el de los últimos tiempos.
Terminó empatando, igual, porque con tanta posibilidad de variantes no podía ser que no se acertara con alguna. Pero la conclusión es una sola y seguramente le servirá al propio River más que a nadie: es un equipo terrenal, de este planeta, falible Y si en una tarde así sumó de todas maneras, deberá concluir en dos cosas: por un lado, que la sacó barata; por el otro, que algo deberá aprender de todo esto.
La gente se fue en silencio, paladeando una sensación rara para los últimos y exitosos tiempos: preocupación. Puede ser por todo esto expresado hasta aquí, porque el gran Enzo volvió a errar un penal, porque el equipo no divirtió ni se divirtió, porque no se ganó -aunque se mantuvo el invicto-, porque cayó el cero en el arco de Bonano... O porque el domingo hay que recibir a Boca, eesa sombra.
La mente en blanco y la mirada perdida de los hinchas de San Lorenzo, como queriendo encontrar alguna explicación lógica en la festiva tribuna calamar, tenía una respuesta: jugar sin Gorosito, Zapata y Biaggio es dar demasiadas ventajas, porque ninguno de sus reemplazantes -Fleita, Rivadero y Arbarello, respectivamente- estuvieron a la altura de quienes viven en La Quiaca con el seleccionado.
Fleita, un goleador de raza cuyos mejores movimientos se ven en el área rival, se sintió desubicado en su función de creador; Rivadero no tuvo el despliegue ni el quite de Zapata en la mitad de la cancha, y Arbarello fue, sencillamente, uno de los mejores defensores de Platense.
Que quede claro: la derrota no es culpa exclusiva de los mencionados, ni de Luis Fernando o Passet, quienes tuvieron participación directa en los goles de los locales, sino de un equipo que fue cómplice de sus limitaciones y que no supo superarse a sí mismo.
Qué habrá sido de aquel equipo arrollador, de aquel juego práctico y por momentos lujosos, de aquellas individualidades que bien se merecían los aplausos. Qué habrá sido de ellos.
En los primeros minutos el conjunto arrollador fue Platense, que salió a escena sin importarle los pergaminos que traía bajo su rival. Casi faltándole el respeto a los 12 goles marcados en apenas tres fechas, los locales pusieron de espalda a su arco a los dirigidos por Castelli.
Durante quince minutos, San Lorenzo no le encontró la vuelta al juego. Parecía desorientado, perdido en la vorágine que imprimían los volantes locales y desacertado a la hora de hacer circular el balón.
Después de ese lapso, San Lorenzo hizo pie en Vicente López, más precisamente en el área Monasterio, donde Abreu estrelló la pelota en el travesaño, luego de que el arquero la perdiera de las manos. Daba la impresión que aquellos primeros minutos habían sido apenas una mala sensación y que San Lorenzo estaba dispuesto a hacer olvidar a quienes ahora están bajo las órdenes de Passarella. Y así fue, aunque el logro sólo duró tres minutos.
A los 31, Silas le pegó a la pelota como si fuese la clonación de Gorosito y la gente de San Lorenzo se hizo escuchar por primera vez en una tarde dedicada al desaparecido Osvaldo Soriano.
El festejo duró lo de un suspiro, porque Di Carlo aprovechó dos errores de Luis Fernando, uno en combinación con Passet, y la alegría cambió de dueño con la misma celeridad que se instaló la desilusión en la tribuna visitante. Es que la gente no encontraba respuesta en un equipo que se quebró defensiva y anímicamente con la salida, por lesión, de Ruggeri.
No conformes con los daños cometidos, Luis Fernando y Passet tuvieron una nueva actuación. El brasileño le entregó mal la pelota a Passet, quien, para evitar un mal mayor, se interpuso en el camino a Di Carlo cometiéndole penal. Giménez no lo entendió así y le perdonó la vida a ambos.
En el segundo período hubo un hecho clave que varió el desarrollo del juego: la expulsión de Bustos.
Con un jugador menos, Platense sólo atinó a defenderse con dos líneas bien marcadas, cuya mayor virtud, con Díaz y Lorenzón como abanderados, fue contrarrestar los centros que caían en el área del atento Monasterio y que tenían como único destino la cabeza de Abreu.
Así, sin tener muchas más variantes que la citada, San Lorenzo tuvo cuatro situaciones para empatar, pero por errores de los delanteros o por aciertos de Monasterio no pudo ser. En cambio, Platense acertó en su único contraataque. La condena quedaba dictada: Platense 3 v. San Lorenzo 1 y bo hubo objeción.
Como anécdota quedó aquel balón que le pasó por debajo del botín a Passet -tras un pase de Luis Fernando, quién otro si no- y que bien pudo terminar en gol de Platense. En esta jugada se puede sintetizar la desconcentración que tuvieron los visitantes. Por eso, la ausencia de Gorosito, Zapata y Biaggio fue apenas uno de los motivos del resultado.
Sin excusas: Más allá de diferentes matices, en San Lorenzo todos coincidieron en la justicia del resultado.
La euforia de días pasados quedó archivada para otra oportunidad. San Lorenzo, sin los jugadores del seleccionado, jugó mal, perdió ante Platense y sufrió la lesión de Oscar Ruggeri, quien sufrió un esguince en la rodilla derecha y tendrá para tres semanas de inactividad.
Pero esta vez no hubo lugar para las excusas. Todos admitieron que Platense aprovechó sus momentos que lo llevaron a edificar el triunfo. Paulo Silas fue uno de ellos. "No tuvimos la atención necesaria en los noventa minutos y eso nos costó el partido. Nosostros teníamos que haber efectuado lo que hizo Platense: esperar ordenados y lastimar de contragolpe. Pero ellos, ante nuestra insistencia de ataque, pusieron una barrera cerca de su arco que no pudimos pasar".
El brasileño señaló las equivocaciones que tuvo su equipo. "Los goles de ellos fueron por errores nuestros, algo que seguramente vamos a trabajar en la semana", expresó.
El técnico Castelli, muy resistido por la parcialidad local, también analizó las fallas de San Lorenzo. "Platense hizo un buen partido, contragolpeó muy bien. Nosotros tuvimos cinco minutos de distracción que nos costaron dos goles. Después buscamos, pero desprolijamente. En suma: no jugamos bien".
En cuanto a los reemplazantes de Zapata, Gorosito y Biaggio, el DT fue contundente: "Los jugadores que actuaron hoy tienen chapa de primera división, pero hoy no jugaron bien. El viernes tendrán otra oportunidad. Por lo que pudimos ver hoy en la cancha, es muy difícil reemplazar a los muchachos que están con la selección".
Sebastián Abreu, irónicamente, indicó: "Al equipo le faltó hacer cuatro goles. Si los hacíamos, nos hubiésemos llevado el triunfo. Estoy caliente por esta derrota, más allá de que no jugamos bien. Sólo queda seguir trabajando".
El delantero, además, tuvo varios roces con jugadores rivales. "¿Ellos me acusan de haber dado un codazo?, cada uno puede hacer el circo que quiera. Yo no le doy importancia, siempre hay roces y fricciones, pero dentro de lo normal".



