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La más larga lista de principios éticos y la más profusa escala de valores podría quedar corta para encuadrar el caso Lance Armstrong. Las consideraciones sobre el norteamericano van de héroe a tramposo. De ejemplo de lucha contra la adversidad a cínico sin escrúpulos. De paradigma de causas nobles a perverso manipulador.
En un deporte como el ciclismo, saturado de prácticas de doping en los últimos años, Armstrong fue condenado y desposeído de sus siete Tours de Francia sin haber dado positivo en todos los controles que le hicieron mientras participó en la alta competencia. Todo se destapa por una investigación de la Agencia Andidoping de los Estados Unidos (Usada) a partir de una serie de delaciones y ex compañeros de Armstrong arrepentidos y dispuestos a dar testimonio de lo que pasó a caratularse como un "sofisticado sistema" de doping. Nunca falta alguien que por conveniencia o cargo de conciencia destapa la cloaca que en su momento ayudó a encubrir.
El mundo deportivo asiste al mayor escándalo de la historia. Todo un legado que fue adquiriendo un carácter heroico pasó a la papelera de reciclaje, listo para eliminar. Del disco rígido del ciclismo se borra lo que era uno de los tramos más gloriosos de la actividad. Es como si se anulara la obra de Jordan, se bajaran los siete títulos de Schumacher, se declarase nulo el récord de Grand Slam de Federer o se dieran por inválidas las proezas de Pelé y Maradona en los mundiales.
El ciclismo está tan podrido que necesitaba una purga que expulsara a su mayor figura desde mediados de la década del 90. No logró recuperar la credibilidad ni al descubrir el doping de Alberto Contador, un triple campeón del Tour de Francia. Hay un estado de sospecha permanente sobre varios médicos, jefes de equipo y dueños de laboratorio. Una mafia que fue creciendo al amparo de una Unión Ciclista Internacional (UCI) demasiado complaciente y distraída. A tal punto que la UCI terminó yendo a remolque del lapidario informe de la Usada para destronar al texano. Se despertó tardísimo para hacer justicia.
La imagen del ciclismo, deporte que en su esencia está muy vinculado con el esfuerzo, el sacrificio, el largo aliento y la perseverancia, ya venía por el piso. Lo de Armstrong tiene el peso suficiente para establecer un cambio de era, un antes y después de la trayectoria del norteamericano. Lo que se acaba de cerrar es de lo más sombrío y lo que está por venir es una incógnita.
El caso adquiere una gran repercusión, y está bien que así sea, porque los defraudados son miles de espectadores que creían ser testigos de hazañas sobre ruedas y, en realidad, fueron engañados por años. Los estafaron en su confianza.

