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"A mi me gustaría dar mi opinión sobre todo lo que está viviendo el rugby. Creo que tengo derecho con los casi 70 años que llevo en este juego, pero no sé si a alguien le interesará". Rodolfo Aracama, el Pardo Aracama, quien ayer se fue de gira a los 76 años, hablaba, como tantas veces, ante este cronista hace no mucho tiempo, en una confitería enfrente de la Catedral de San Isidro. Se trataba de un encuentro fuera de rutina, porque el Pardo atendía todas las noches en lo de Cacho, otro bar, pero a 200 metros de lo que fue su segunda casa, el Club Atlético San Isidro.
Claro que tenía cuerda para opinar de rugby. Fue el prototipo de maestro, hombre del césped y no de escritorios, con un bagaje que lo llevó a entrenar cuanta camada y división hubo en el CASI, y también algún que otro seleccionado. Campeón desde el otro lado del touch con el Atlético en 1967, campeón con la Reserva en múltiples oportunidades, lugarteniente de Rodolfo Michingo O’Reilly en la trilogía 74-75-76, pero, sobre todo, formador de personas y jugadores, en ese orden. Y con un ojo clínico que, por ejemplo, le sirvió para subir a la Primera nada menos que a Alejandro Chiquito Travaglini.
Hombre de códigos inalterables, el Pardo Aracama. Duro de carácter, o "cascarrabias", como lo definió ayer en el Cementerio de San Isidro su fiel compañero de mesa en lo de Cacho, el Colorado Martín Bayá. Amante de las sobremesas, sin grises y con un humor ácido, como esa máxima que pronunciaba cada vez que se hablaba de dos personas con las que no coincidía: "Me quedo con el del medio".
Pero lo que se intenta en estas líneas no es sólo un homenaje al Pardo Aracama, sino a los cientos de anónimos alejados de la gran escena que, como él, le dan todos los días vida al rugby argentino dentro de los clubes. Enseñando las virtudes de un juego que trasciende a cómo se pasa la pelota, llegando los fines de semana antes para armar las canchas, contratando los micros, recogiendo las pelotas y corriendo a la par de los c



