El plan de Sabella en la batalla del Itaquerao

Christian Leblebidjian
Fuente: AFP
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10 de julio de 2014  • 00:45

SAN PABLO.- No recuerdo haber visto un partido así. Tan táctico, tan posicional, tan estratégico desde sus duelos en los uno contra uno, desde las telarañas defensivas y las búsquedas de contraataque. Algo muy parecido se vio en el calor de Barranquilla, en 2011, en aquel partido que la Argentina le ganó a Colombia 2 a 1. Leonel Álvarez, DT local, pensó: "Para que a Colombia lo agarren con espacios en su defensa, primero tiene que atacar". Y no atacó, le planteó un partido "espejo" al plan argentino, cortándole la posibilidad de contraataque, el mayor potencial del equipo de Sabella . Aquel primer tiempo fue como todo el partido de ayer. En el extremo de intensidades y búsquedas ofensivas se pueden ubicar los duelos entre el Barcelona de Pep Guardiola y el Atlético Bilbao de Marcelo Bielsa: golpe por golpe, defensas de dos contra dos, avances respaldados con cinco o seis jugadores, dos equipos asumiendo riesgos hasta el final de sus posibilidades, miles de situaciones. Lo de ayer fue distinto. Quedará como la batalla del Itaquerao: presión en la mitad de la cancha, marcas asfixiantes sin necesidad de abusar de las infracciones (sólo 10 de la Argentina contra 15 de Holanda), movidas de ajedrez, paciencia de ambos lados para jugar la pelota el mayor tiempo posible sin ponerla en riesgo, infinidad de pases atrás hacia los arqueros. Durante 120 minutos hubo apenas tres situaciones de gol: el tiro libre de Messi y la chance desperdiciada por Palacio. Por le lado holandés, el cierre salvador de Mascherano ante Robben. Casi no hubo remates desde fuera del área y de las 15 pelotas paradas (8 del lado argentino y 7 de Holanda), sólo la de Garay generó algún murmullo. Es que los futbolistas habilidosos tampoco estuvieron finos en las ejecuciones de los centros.

El pizarrón de Van Gaal fue interesante, como en toda la Copa: sorprendió con De Jong y aun así tenía la chance de armar cuatro equipos posibles. Pero, como se suponía, volvió al 5-3-2 que había utilizado ante España, Australia, Chile y México, porque no le había conformado el 3-4-3 planteado ante Costa Rica. No sólo eso: Sneijder arrancó haciéndole marca personal a Biglia, para taparle ese primer pase; Wijnaldum tenía que controlar de cerca a Mascherano (no encimarlo, tenerlo ahí), De Jong fue con Messi, Kuyt con Lavezzi y Blind con Enzo Pérez; incluso Van Persie, en el retroceso, tenía que bajar hasta la mitad de la cancha para tener en la mira a Garay en caso de que fuera alternativa de descarga. ¿Qué estaba en la mente de Van Gaal? Obligar a la Argentina a jugar por el callejón central, presionar y esperar el momento justo para anticipar, robar, y tratar de llegar en tres toques hasta Romero. Un par de veces logró que sus rivales cayeran en la trampa.

La Argentina salió 4-4-2, pero (para jugarle "espejo" a Van Gaal) durante varios pasajes utilizó la línea de 5. No le hizo falta a Sabella confirmarla desde los nombres, ya que la armó con Mascherano entre los centrales, pero también ocasionalmente con Lavezzi o Enzo Pérez como laterales derechos, cerrándose Zabaleta como un central más. "Vamos a atacar con la gente necesaria y no con más", había dicho el DT un día antes. Para que no lo agarraran mal parado, casi no atacó. Y, cuando lo hizo, apenas desprendió tres o cuatro jugadores. Así neutralizó la principal carta ofensiva de Holanda. Sabía que, en espacios reducidos, le cuesta progresar. Así fue.

Para que el plan fuera perfecto, a la Argentina le faltó insistir por la derecha, ir más decidido para atacar por el costado izquierdo holandés. Van Gaal vio el déficit y con un solo cambio (Janmaat por Martins Indi) modificó casi toda la defensa. Sabella tuvo, en un momento, a cuatro delanteros, pero nunca se salió del "espejo". No asumió riesgos y por eso fue empate. Y si bien Argentina festejó en los penales, los técnicos quedaron a mano.

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