El secreto del jugador invisible

Fernando Pacini
Fernando Pacini LA NACION
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10 de julio de 2014  • 23:06

Los análisis futbolísticos son insuficientes. Por mucho que busquemos pormenores tácticos, planes estratégicos más o menos exitosos, hay cosas más importantes. Ni siquiera los altos y bajos rendimientos individuales en cada partido alcanzan para explicar la dimensión de lo conseguido por la Selección Argentina. Atrás de los sistemas, atrás de Messi y de Mascherano, de los papeles y de las logísticas, atrás, hay un jugador invisible, el más importante del equipo y el mayor responsable de que la Argentina esté en la final: el deseo, de ganar, de ser, de historia.

El fútbol de Alemania se sustenta en cosas más explicables. El de la Argentina, en una atmósfera de pasión. No es solo eso, por supuesto. No se tarta de dejar todo librado al entusiasmo y el fervor, pero ahí está el motor. No hay equipo con más deseo de ganar que la Argentina. El músculo recibe la sangre urgente que bombea el deseo de gloria. El plan se somete a esa determinación grupal emocionante.

Luego, a la cancha, a ejecutar un fútbol de cuadrículas: distribución de espacios y de roles, respecto de la pelota, el compañero y los rivales. La Argentina no tiene vergüenzas. Puede ceder el protagonismo indefinidamente, esperando el momento oportuno para pegar el martillazo decisivo. No solo no reniega de su pragmatismo, se enorgullece de él. No hay pragmático pudoroso ni nostálgico. Esta Argentina, tiene tanta estima por el triunfo que a veces juega menos de lo que potencialmente puede. Domina la cadencia del partido mejor que a sus rivales, y resuelve en una jugada, sin necesidad de apropiarse del trámite. De a poco, se acostumbró a ese papel de cazador, expectante del instante preciso donde saltar sobre la presa.

Contra Holanda (ambos), jugaron un partido de otro Mundial, más de Italia 90 que de Brasil 2014. Contra Bélgica, castigó y acomodó el curso a su gusto. Contra Suiza arriesgó hasta el último instante, pero se impuso el deseo. Messi, Di María, Mascherano, Higuaín... Los destacados van rotando.

Alemania también es grande, por su orgullo, por su magnífica historia futbolística y por la nueva que ha empezado a escribir metódicamente. La selección se parece a su Liga y es el resultado de un proyecto que afecta a todas las estructuras del fútbol germano. El actual equipo de Löw es la primera selección, fruto de ese plan, en edad madura y con suficiente recorrido. Como la Argentina, también desea ganar, porque siempre es más sencillo sostener las ideas con éxitos deportivos.

No será solo una lucha futbolística, también será un tironeo emocional. La Alemania seria, refinada y prolijamente demoledora, tiene esta vez, un rival cuya arma secreta no está a la vista sino bajo la camiseta . Desde luego que hay mil cosas para extraer de cada partido y analizarlas y debatir. Los gustos, las sensibilidades, los criterios para afrontar cada desafío, todo vale la pena discutir. Hay tiempo de sobra y material abundante. Pero hoy, en este contexto de tamaña alegría colectiva, es pertinente rescatar la vigencia del orgullo que produce vestir la camiseta argentina. Todos acompañan ese deseo gigante de ganar de los jugadores, por más que la contienda del domingo sea la más brava de todas.

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