El sentido común de los idiotas

Andrés Prestileo
Andrés Prestileo LA NACION
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31 de mayo de 2015  • 23:53

Como en general se producen a gran escala, los hechos de corrupción tienen el poder de dejarnos perplejos. Algo de desconfianza existe en la naturaleza de todos nosotros, quien más, quien menos, y especialmente respecto de los poderosos cuyo gusto por alardear omnipotencia nos hace olfatear algo maloliente detrás. Pero cuando una olla tan enorme se destapa, el primer efecto que se despide de su interior es una sensación extendida de estupefacción, de incredulidad.

Es que en la corrupción -en los términos "rampantes" como la que acaba de ser descubierta entre la FIFA y agentes que la orbitan- hay algo que no encaja con el sentido común. Se forma a las personas en la idea de que es imposible acceder a importantes posiciones públicas desde la ignorancia, la falta de formación o la idiotez. Pero todo eso, además de la obvia deshonestidad, es justamente lo que, pruebas a la vista, ha impulsado a la red de atracadores que ya están a la sombra o que se ven venir la sombra en breve. Gente de mundo, hábil y experta, de la que podría haberse supuesto, cuanto menos, un sentido de supervivencia que los mantuviera al tanto de que en este planeta escudriñado hasta el último resquicio hoy no queda espacio donde esconder algo tan grande por tanto tiempo.

¿Tan cebados estaban como para creerse inalcanzables? Quizás haya que hablar de otro tipo de sentido común, el que practican idiotas impermeables al sentido común más conocido, que es el que suele hacer sonar una alarma cuando se está cruzando un límite. Y que además, lo más importante de todo, aconseja escucharla. Cuando el poder es tan inmenso parece alimentar una percepción de invulnerabilidad infinita, que puede llegar al colmo de la estupidez. Ayer leíamos una nota publicada en Clarín que describía los inverosímiles usos que algunos de los funcionarios involucrados le dieron al dinero de las coimas, como un suntuoso departamento exclusivo para el esparcimiento de una colección de gatos.

Comentaba ayer, desde Nueva Zelanda, Humberto Grondona: "Hoy, si estás manchado, no durás; y si durás es porque sos una persona inteligente". Más le valía detenerse en la primera parte de lo que dijo. Lo que viene ocurriendo desde el miércoles pasado le demuestra al técnico de la selección Sub 20 que ese tipo de "inteligencia", traducida como picardía o cintura política, no sirve para nada cuando se está "manchado"; aplicada a estos hechos, es pretender disimular un elefante en el cajero del supermercado. Más útil era antes, justamente para evitar la mancha.

En su sagacidad para escarbar en los rincones oscuros de la mente de las personas estaba una de las virtudes con las que Agatha Christie entretuvo a tantas generaciones, con sus historias de crimen y misterio. La escritora británica dijo una vez algo muy aplicable a todo esto: "Donde hay grandes sumas de dinero es recomendable no confiar en nadie". Sabias palabras las suyas, doña Agatha.

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