El Sub 20: un éxito reconfortante, pero para celebrar con cautela

Festejos después de lograr la victoria frente a Uruguay
Festejos después de lograr la victoria frente a Uruguay Fuente: FotoBAIRES - Crédito: Osvaldo Villarroel
Diego Latorre
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9 de febrero de 2019  • 23:59

La selección argentina Sub 20 dio la sorpresa del verano. Contra todo pronóstico, teniendo en cuenta lo ocurrido en los pasos previos al Sudamericano que se disputa en Chile, haber logrado la clasificación para el Mundial de Polonia y los Juegos Panamericanos de Lima una fecha antes del final y afrontar la última jornada con muchas opciones de levantar el título no entraba en los cálculos de mucha gente.

El éxito, con lo que tiene de reconfortante –siempre es mejor salir campeón que no hacerlo– no debería llamarnos a engaño. Un buen torneo, incluso una buena camada de jugadores, no vale como referencia, y emborracharse de este tipo de logros que no vienen acompañados de un proceso natural y lógico muchas veces termina teniendo un efecto contrario a corto o mediano plazo.

Lo sucedido, en todo caso, demuestra que siempre están surgiendo jugadores en la permanente fábrica del fútbol argentino. Ya sea por cuestión genética, por el entorno, la cultura o incluso los escenarios de adversidad que movilizan a miles de chicos en todo el país, uno mira la calidad de nuestros juveniles respecto a otros y nota la diferencia de materia prima, más allá de que los actuales no posean un nivel comparable con los de épocas anteriores. Los problemas aparecen más tarde.

El vaciamiento constante, la histeria existente en los equipos de Primera División, la irresponsabilidad, el ganar como sea, el cambio permanente de entrenadores y de rumbo motivado por la ansiedad, la búsqueda de una fórmula mágica y la indiferencia de los últimos treinta años han impactado en toda la pirámide.

En general, los pibes ven bloqueada su llegada al fútbol grande, y si consiguen sumarse al plantel superior ven impedida su maduración, sobre todo en los clubes más poderosos. Hoy en día son realmente contados los casos de chicos que cumplen el ciclo completo: hacer las inferiores en una institución, alcanzar el primer equipo y consolidarse por más de 30 o 40 partidos. Basta con echar un vistazo: Palacios y Montiel en River, Zaracho en Racing, algunos más en Independiente y San Lorenzo… No muchos más.

Todos se ven envueltos en el mismo clima de urgencia, y para alguien que está empezando es muy difícil rendir en Primera materias cuya aprobación dependen de la calma, de la tolerancia al error, del respaldo ante los cuestionamientos externos. Entonces se les descubre fallos conceptuales: exceso de traslado, vértigo improductivo, cierta desesperación con la pelota en los pies. La consecuencia, aun con la salvedad de que el equipo llegó a Chile con muy poco tiempo de ensayo, ha sido un nivel de juego que no fue ninguna una maravilla.

Si ponemos la mirada en la construcción del futuro, creer que ya está todo en orden porque el Sub 20 sea campeón este domingo tampoco sería de gran ayuda. En ese sentido, el proceso que acaba de iniciarse con la contratación de César Luis Menotti como Director de Selecciones Nacionales abre una puerta a la ilusión, más allá de aclarar que los futbolistas se forman en sus clubes y llegan al predio de Ezeiza reclutados a partir de la observación de las cualidades y el potencial que demuestran en sus equipos.

Recuperar lo perdido

Por primera vez en varias décadas veo que se está queriendo recuperar todo lo perdido. Y no solo por la nominación de Menotti, olvidado y desperdiciado durante demasiado tiempo. El perfil de la gente que va haciéndose cargo del proyecto, como Pablito Aimar, Diego Placente o el propio Fernando Batista , uno de esos técnicos dedicados en exclusiva a la formación que habría que recuperar en todos los clubes, habla de un estilo, de una manera de hacer las cosas expresada a través del comportamiento de todos ellos durante sus respectivas carreras profesionales.

La mejor de las recompensas que puede tener un proceso futbolístico es lograr que se determinen y se mantengan con firmeza ciertos parámetros y objetivos cuyo cumplimiento son independientes de que la pelota entre o se vaya afuera. Y en esta nueva etapa todo parece apuntar hacia ese lado.

Los que llevan las riendas son plenamente conscientes de lo que ha sucedido; así, las posibilidades de poder recuperar la esencia y la paciencia son esta vez mayores. Por otra parte, en juveniles será mucho más fácil alcanzar estas metas que con la selección mayor, porque la exigencia brutal de ganar, que ha llegado a frustrar a grandes jugadores como Mascherano , Messi , Higuaín , Agüero y compañía, simplemente no existen.

El éxito tal vez impensado de la selección Sub 20 es un paso adelante, pero hay que tomarlo con cautela. Tenemos que ir más allá. Deben fijarse objetivos a largo plazo, se tiene que desarrollar una idea, entender que una victoria o una derrota pueden ser accidentales y a partir de ahí no caer tan fácilmente en la crítica o el elogio, con un equipo o con un jugador, tal como pasó con el chico Gaich en este mismo torneo.

Si se logra esto que quizá suene utópico, si quienes toman las decisiones dejan de ser hinchas de tribuna manejando las instituciones, el flamante proceso abierto en las selecciones nacionales tendrá muchas más chances de empezar a girar el rumbo del fútbol argentino.

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