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La Argentina merecía tener un campeón mundial mediopesado en los años 70. Poseía un plantel de primeras figuras internacionales como Avenamar Peralta, Jorge Ahumada y Víctor Galíndez, en el pelotón central, y contaba con una reserva sobresaliente en este peso con Raúl Loyola, Juan Aguilar y Miguel Angel Cuello, que con el paso del tiempo llegaría a la distinción máxima.
El presente de ese entonces era brillante en la división de los 79,378 kg y hasta había " tiempo y espacio" para evocar hazañas en ese peso. Como la medalla de oro de Víctor Avendaño, en los Juegos Olímpicos de Amsterdam de 1928 y la frustración que sufrió "Goyo" Peralta ante Willie Pastrano, en 1964, en el primer intento de un argentino por la corona de los mediopesados.
Las circunstancias de la vida y del boxeo "desparramaron" al sexteto argentino de la categoría por el mundo y casi como pugilista exclusivo del Luna Park, permaneció Víctor Galíndez en Buenos Aires. Bob Foster, " El sheriff de Albouquerque", indiscutido líder de la categoría, se retiraba del ring tras empatar con Jorge Ahumada, y el cinturón reclamaba postulantes.
El inolvidable Tito Lectoure y el Luna Park habían sellado un compromiso de "lealtad y palabra" con la Asociación Mundial de Boxeo y sus dirigentes Elías Córdoba, Mandry Galíndez y Rodrigo Sánchez. "Galíndez tendrá su oportunidad en cualquier momento", ése era el mensaje general. Y la posibilidad llegó cuando nadie lo esperaba. Ni el mismo Galíndez, que tenía un tobillo seriamente lesionado.
Lectoure dijo sí y Galíndez le puso su cuerpo a las circunstancias. Tenía 26 años y toda la fuerza del mundo. Tenía aún esa mezcla de "fiereza y hambre" que lo había diferenciado de todos los demás; esos atributos que eran todavía parte de su personaje de época: "El Leopardo de Morón", un chico deambulante entre Vedia y Luján, que salía desde el humilde gimnasio Bezada Boxing Club, de Catoira y García, frente a la estación ferroviaria de Morón, donde acudía con su Fiat 600 negro con un leopardo dorado pintado a soplete sobre los guardabarros delanteros.
Len Hutchins era su rival. Fino y de buen boxeo. Ganador y de carrera corta. Derrotado por el célebre Richie Kates y vencedor de Eddie Jones. Pasaron 30 años de aquella pelea. Dramática, sangrienta, con caídas de Hutchins, con un quiebre físico de Galíndez, condicionado en su renquera para llegar al final del match. Los dos boxeadores con sus cejas cortadas. Y Hutchins con el alma herida sin piedad de nadie. Ni del venezolano Jesús Cellis, árbitro del match, ni de su esquina. En el round 13 todo terminó. Hutchins se quedó sentado en su banquillo y Galíndez se consagró campeón semipesado (AMB).
Enrique Macaya Márquez, relator por Canal 7, vivaba al nuevo ídolo del boxeo nacional y los 7225 espectadores que dejaban 84.146.000 pesos moneda nacional en las boleterías del Luna Park, en aquel 7 de diciembre de 1984, movían las rejas del recinto como nunca había ocurrido, a modo de festejo.
Galíndez celebraba sobre el ring y Hutchins sufría la derrota con traslado hospitalario incluido. Juan Carlos Pradeiro, su director técnico, y Roberto Paladino, médico personal, apelaron a diferentes tijeras para cortar las botas de Galíndez, por el estado de sus pies. Su carrera y su vida fueron casi iguales. Con todo y a fondo. Cara a cara, golpe a golpe y palo por palo.
Después vino la gran pelea con Richie Kates y los duelos con Mike Rossman y todo lo demás. Pero eso es otra historia...
Hace 30 años, Galíndez se consagraba campeón. Y eso, en los 70, significaba convertirse en un héroe; un héroe que dejo un legado de exigencia a sus atletas colegas, una lección de cómo entregarse en una competencia cada vez que la representatividad del país estaba en juego. Muchos lo entendieron así. Sobre todo gran parte del público que sentenciaba a los cultores, excesivamente cerebrales y fríos, de cualquier deporte, con aquel mensaje de: "Meter a lo Galíndez y arriesgar como Galíndez...".
Fecha y lugar de nacimiento : el 2 de noviembre de 1948, en Vedia. Murió el 26 de octubre de 1980.
Trayectoria:

