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Salvo su familia y sus amigos, cuyo vínculo sentimental con el muerto responde a los lazos inherentes a la naturaleza humana, la mayor parte de la sociedad ajena a las emociones privadas sólo conocía al José Barritta El abuelo público, que falleció ayer a los 48 años. Conocía al personaje: ese hombre algo mayor para ser un hincha de fútbol en ejercicio y en la línea de avanzada, y súbitamente entronizado en el podio de los malos.
El Abuelo se consagró como Barrabrava de perfil social impresentable y de pasión irracional incomprensible desde las convenciones sociales promedio. Un hincha de fútbol adulto deformado: estragado por una patología inmadura y discriminatoria donde su amor a un equipo en este caso Boca acababa potenciado en el umbral de la brutalidad y el ataque hacia su enemigo de otro equipo. Dos hinchas de Ríver fueron muertos a consecuencia de aquella patología y Barritta fue condenado a la cárcel; ya en libertad, y últimamente apartado del rol protagónico, lo tumbó una neumonía. El funeral en San Justo, con la sorprendente paradoja del color rojo de los flamantes Mercedes Benz del cortejo y la inhumación en la bóveda de la familia, tuvo su multitudinario público de pertenencia y de gueto.
El ataúd envuelto en la bandera azul y amarilla como si se tratara de un general caído en combate, el coro que lo acompañó con estribillos de tribuna, la hosquedad de algunos hacia el periodismo, al que suponen responsable del infortunio de su líder, y la resonancia y difusión del entierro no diferenciaron la ceremonia de la de uno de esos muertos de fama.
Sin embargo, la fama de El Abuelo fue oscura. Sobre él, como sobre un ingrato estereotipo elegido por sus méritos, fluyó la certeza de la justicia y la sociedad para hallarlo culpable. Una atmósfera de mafias y marginales, de resentidos y de vándalos casi siempre no identificados, denominada La Doce, era el ejército que él se arrogaba conducir con un fundamentalismo asiático.
El Abuelo suena como un sobrenombre tierno y probablemente justificado en la complicidad y en el solidario afecto del gueto. El no debió advertir la creciente pauperización y bestialización de sus tropas ni la anacronía de un fanatismo ridículo en un fútbol que ya había ingresado en la especulativa frialdad del mercado. Sus ídolos adorados ya no morían por la camiseta porque voluntariamente casi nadie muere ya gratis por nada. Barritta cometió el error de Al Capone salvando el abismo en aquella Chicago que cumplía su ciclo de sangre y empezaba a entretejer negocios igualmente mortales aunque ya sin aquel histrionismo de la metralla.
Algo pudo haberle fallado en su estrategia: imposible contener los excesos en tropas incontrolables y transculturizadas para las cuales el fútbol pasa a ser la vida, el modo de vida, el orgasmo y el vínculo carnal y la familia.
Aquellos que lo alentaron desde los palcos exclusivos porque encarnaba pintoresco el inconsciente feroz al que no se atrevían no fueron al funeral, obviamente.
Desde la ética y la razón El Abuelo pudo haber sido un hincha execrable que más le hizo mal que bien al fútbol. No era ni es el único. Fue enterrado en su ley: con una popularidad negra que resume el lugar de su pequeño imperio. Muchos que incitaron a su adicción enfermiza con dinero o prebendas, y muchos de los que azuzan el fuego desde ubicaciones preferenciales porque están a salvo mientras lo gozan, deberían sentirse culpables. Nadie está feliz porque muera nadie.
Habría que empezar a definir otra vez qué es un hincha de fútbol. Como quizá hay que empezar a definir otra vez qué es una persona en relación con los otros.
Un barra brava es un delincuente inapropiado. Un delincuente cuya brutalidad contradice el refinamiento del negocio.
El Abuelo fue vivado al partir más que cualquier otro abuelo.
Los restos de Jose Barritta descansan en una bóveda familiar del cementerio de San Justo. Un centenar de personas, con familiares y allegados, se acercó hasta la bóveda; y de ese grupo -no más de diez- surgieron cánticos. "Abuelo, querido, la Doce está contigo", fue la despedida.
José Novello, abogado de El Abuelo, comentó: "Los dirigentes se hacen presente cuando te necesitan; son como los políticos", en clara referencia a la ausencia de gente conocida en el cementerio.
Por la tarde, a través de radio MItre, Antonio Alegre, ex presidente de Boca, expresó: "Yo, lamentablemente, lo conocí en el año 87. Lo invité a comer en mi casa para terminar con esos problemas que había. Tuve contacto con él. Conocerlo, lo conocía de la tribuna". Con respecto a las muertes de los simpatizantes de River Walter Vallejos y Angel Delgado, Alegre dijo: "De acuerdo con los comentarios que escuché, él no tenía nada que ver. Pero bueno, ahora ha muerto y que Dios lo tenga en la gloria, que es lo único que puedo pedirle".
El tío de Walter Vallejos, Jorge Cárdenas, dijo que a raíz del fallecimiento de Barritta ayer fue el día más feliz de su vida. "Estoy muy contento de que haya muerto El Abuelo. Es el día más feliz de mi vida. Por culpa de él mataron a mi sobrino", expresó Cárdenas, que es presidente de la Asociación de Familiares de Víctimas del Fútbol Argentino.


