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PEBBLE BEACH, California.– El dato de humanidad del 110° US Open se sintetiza en la figura de Erik Compton, un discreto jugador de 30 años que consiguió un lugar en este major a través de una clasificación regional.
Hasta allí, nada fuera de lo común. Pero este oriundo de Miami batalló mucho fuera de una cancha de golf. Recibió dos trasplantes de corazón y sufrió un ataque cardíaco. Así y todo su espíritu de lucha pudo más que cualquier padecimiento. Y ayer se lo vio disfrutando de su primera experiencia en torneos grandes.
A los 9 años, Compton fue alertado por una cardiomiopatía viral, condición por la cual el miocardio se inflama y queda imposibilitado de bombear el corazón tan fuerte como debería. El tratamiento condujo a un trasplante de corazón y Erik recibió uno a los 12 años para continuar una vida normal. La intervención resultó un éxito, pero la medicación inmunosupresora le trajo efectos colaterales graves. A un año del trasplante duplicó su físico, perdió fuerza y se le desfiguró la cara.
Más allá de los percances, eligió el golf como mejor paliativo y pronto se convirtió en el mejor amateur de la ciudad. Los caminos de este deporte lo llevaron hacia el profesionalismo en el Nationwide Tour y a participar por invitación en algunos torneos del PGA Tour.
Su panorama se le oscureció en septiembre de 2007, dos días después de fallar un corte en Idaho. Sintió unos intensos dolores en el pecho y partió de urgencia al hospital Jackson Memorial; sufrió un paro cardíaco. Y el 20 de mayo de 2008, luego de una intervención de 14 horas, se sometió a un segundo trasplante. Tras una ardua recuperación volvió a encaminarse y desde ayer disfruta como protagonista de una cita de lujo.



