

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.
KEYBISCAYNE.- Hay un rasgo predominante en la personalidad de Larry Stefanki, coach de Marcelo Ríos: su permanente estado de ánimo positivo. Si Marcelo pierde, su palabra sonará como el bálsamo exacto que el tenista requiere para no hacer de la autocrítica un acto destructivo. Si Ríos gana, su estímulo no pasará más allá de esa sutil frontera que divide la alegría del triunfalismo desbocado.
Californiano, de 40 años, casado con Kelly y padre de tres varones, Stefanki predijo este presente del Chino. Fue en 1995, cuando ganó su primer título en Bolonia.
"Siempre supe que el día en que lograse adquirir la paciencia y el temple necesarios para luchar hasta el final, como lo hace ahora, vendrían los resultados", dijo.
-Usted entrenó a John McEnroe en la etapa final de su carrera. ¿Tiene alguna similitud con Marcelo Ríos?
-Sí. En su oportunidad, John fue el jugador más dotado del circuito. En 1998, Marcelo también lo es. Con excepción de la volea, que Ríos todavía puede mejorar, creo que en todos los otros aspectos del juego es igual o superior a Big Mac.
-¿Y en la personalidad?
-Son diferentes. John era mucho más extravertido, mostraba siempre sus emociones. Si creía que un fallo estaba equivocado, se lo enrostraba duramente al umpire. Marcelo, en cambio, se autocontrola muy bien.
-¿Cuál es el mayor progreso de Ríos en esta temporada? ¿Cómo llega a Nº 1? -Cuando Marcelo perdió frente a Rusedski un interminable tie-break del segundo set en Indian Wells, me puse en su piel, es decir, en alguien que lo dio todo en la cancha y pierde por una diferencia mínima. En el pasado, probablemente él se hubiese desilusionado y venido abajo anímicamente. Pero su fuerza mental es ahora todo lo poderosa que yo siempre quise que fuera. Ese es su gran progreso. Marcelo aprendió a no entregarse y a seguir luchando.
Transcurría la última semana y la pregunta era inevitable. ¿Realmente Marcelo Ríos merece ser el Nº 1 del mundo? Sin dar demasiadas vueltas, la respuesta es que, por ahora, Pete Sampras sigue siendo el mejor de todos, más allá de la licencia que se tomó después de un 1997 inolvidable.
Ahora bien: Ríos, con tres victorias en esta temporada (Auckland, Indian Wells y el Lipton) y una final de Grand Slam (Australia), ocupó la vacante y aceleró su llegada al trono.
Nadie puede negar sus virtudes tenísticas: el Chino es un verdadero crack, con un potencial increíble que le permite soñar con un futuro mejor. Pero, al hacerse realidad la posibilidad, se abre el primer interrogante. ¿Es justo que el número 1 del ranking haya llegado a ese lugar sin haber ganado, en los doce meses previos, alguno de los cuatro torneos más importantes? La contestación tiene que ser no, pero Ríos no es el que diseña el ranking. Comparte un circuito en el que las reglas de juego son iguales para todos. Y el mérito es haberlas aprovechado.
Los interrogantes continuaron: ¿por qué Guillermo Vilas no llegó a la cima en 1977, en el mejor año de su carrera, con éxitos en Roland Garros y Forest Hills, y Ríos sí pudo hacerlo con mucho menos? También hay que buscar las culpas en el sistema de puntuación que se utilizaba en los tiempos del zurdo marplatense.
La cuestión es que hoy por hoy, guste o no, Ríos es el mejor de todos, Sampras al margen. Y con un panorama abierto entre Ríos, Petr Korda, Greg Rusedski y Patrick Rafter, el chileno saca ventaja del grupo de los Top-5 por su manera de jugar y por la diferencia de actitud mental.
Claro está que a partir de hoy tendrá la presión de justificar el N¼ 1 en un torneo de Grand Slam. Es la materia pendiente que debe rendir Ríos. Ya no puede permitirse hocicar en los cuartos de final de un certamen grande. Es hora de que cante victoria. Por lo pronto, ayer, en la final con Agassi en el Lipton, una especie de quinto Grand Slam, tuvo la actitud que le faltó en la definición con Korda en el Abierto de Australia. Y eso sirve como un empujón para cumplir con sus nuevas obligaciones.


