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Para ponerles límites a los jugadores, parece que alcanza con las líneas demarcatorias de una cancha y las estrecheces tácticas de los directores técnicos. En el fútbol soplan aires renovadores, en busca de nuevas libertades, que pretenden derribar fronteras y restricciones. Es cierto que estas nuevas corrientes de conquistas se viven en la Argentina de manera lejana e indirecta, pero no por ello puede considerarse ajena.
A pesar de ser un deporte tradicionalmente conservador en sus formas, una serie de cambios estructurales puede alterar el escenario del fútbol internacional, que tiene en Italia una de sus sedes económicas más poderosas. La punta de lanza de toda esta reformulación comenzó hace cinco años, con la ley Bosman, que eliminó la condición de extranjero entre los jugadores pertenecientes a la Comunidad Económica Europea. Se creó la categoría de comunitario. Así, se abrió un espacio para los extracomunitarios -sudamericanos y africanos, entre otros- que ocupan la plaza de extranjero que, por ejemplo, ya no es necesaria para un holandés que actúa en un equipo italiano de la Serie A, que permite cinco foráneos en el plantel y no más de tres en la cancha.
Sin duda, fue una medida que movilizó el mercado laboral y la libre circulación de futbolistas, a pesar de que en Italia hubo reacciones proteccionistas, porque una masiva inmigración relegaba el surgimiento de los juveniles locales.
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Si la ley Bosman representó un cambio sustancial, ahora se avecinan otros dos que modificarán por completo el régimen profesional de un jugador. La Unión Europea emplazó a la FIFA para desterrar el mercado de transferencias en ese continente; esto significa que un club no deberá pagarle a otro una suma de dinero por un pase. El jugador gana poder de decisión para irse con el que le ofrezca mejores condiciones, ya que no dependerá del acuerdo entre dos entidades por el monto de su transferencia.
Mientras una comisión de la FIFA elabora un plan alternativo para atenuar el duro impacto que le asestó la Unión Europea, Italia se estremeció la última semana con lo que ya se conoce como la sentencia Ekong. Un tribunal ordinario de Reggio Emilia atendió la demanda del jugador nigeriano Ekong Ikpe, que exigió una indemnización de 50.000 dólares y el derecho a jugar en el Reggiana, de la Serie C, categoría en la que no pueden participar extracomunitarios. "La federación (de Italia) debe admitir su ficha inmediatamente, tratándolo (a Ekong) igual que a un italiano o a un comunitario. Lo impone una vigente ley del Estado, que tiene una fuerza superior a las normas federativas", argumenta el dictamen judicial.
Enseguida, el Milan pidió que la sentencia fuera aplicada a la primera división para que se diera de baja al cupo de los extracomunitarios. No en vano a Ekong lo asistió legalmente Leandra Cantonesa, apoderado legal del Milan. Otros seis clubes -Lazio, Napoli, Parma, Perugia, Reggina, Roma y Udinese- también reclamaron una homologación de la sentencia para poder disponer de sus seis extranjeros sin restricciones.
Este nuevo contexto legal viene a combatir un creciente delito en Italia: los pasaportes falsos y las ascendencias familiares fraguadas para conseguir la bendición de ser comunitario. Un pedido de enjuciamiento de este tipo afronta Sebastián Verón. La sentencia Ekong podría restablecer un orden natural: que un club italiano, a la hora de una contratación, se interese más por las aptitudes y capacidad del jugador que por saber si tiene o no pasaporte comunitario.

