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¿Qué pretendíamos? ¿Una final así nomás? ¿Un partido común y corriente? ¿Un campeón y punto?
Nada de eso, señores. Esto es fútbol argentino, en su máxima expresión, y ni siquiera cuando la casualidad del fixture ofrece la oportunidad de un fantástico broche entre dos equipos que merecen ser campeones las cosas transcurren por carriles imaginables, normales.
Fue presentada la final, quizá por contagio de esas elecciones legislativas que alargaron una semana la vigilia, como un plebiscito de estilos. Una injusticia, típica de la simplificación futbolera nacional, para dos equipos que en esencia se parecen. Ni el Huracán de Cappa -que al fin y al cabo perdió- necesitaba el título sí o sí para legitimar que su propuesta vale la pena y que de todos modos quedará en la historia ni el Vélez de Gareca -que al fin y al cabo ganó- necesitaba el título sí o sí para confirmar que lo hecho en el último semestre y más atrás es propio de un equipo grande, que eso es.
Estuvo rodeado el partido, tal vez porque así se viven las cosas por estas tierras y se le llama genéricamente folklore, de situaciones de lo más extrañas e insólitas. Si no existiera de por medio un tema tan serio como la epidemia de gripe A, se podría jugar con la imagen de que se abatieron sobre él las siete plagas, o casi. Pero lo cierto es que el fútbol, como casi siempre, hizo como que no escuchaba y no veía todo lo que sucedía alrededor y permitió que más de cuarenta mil personas se apiñaran en el estadio de Vélez: primero bajo la protección de una temperatura casi primaveral; luego bajo una fresca llovizna; enseguida bajo un terrible granizo; después, bajo una lluvia torrencial; finalmente, bajo un frío helado. En ese marco hubo un encuentro que arrancó pasadas las 15.20 -con demora, como corresponde- y terminó casi tres horas después: un gol mal anulado a Huracán, un penal no sancionado para Vélez, un gol decisivo que no debió ser convalidado, numerosas interrupciones, invasiones de campo, pelotas escondidas y una desprolijidad generalizada fueron escenas comunes de una tarde tan inolvidable como polémica, tan única como caótica.
Se sabía, de antemano, que sería una injusticia que uno de los dos perdiera. Pero sería una injusticia, también, no reconocer los méritos del club que -en medio de tanta polémica y tanto caos, que por momentos lo arrastró y del que por momentos fue protagonista- se convirtió en un campeón único e inolvidable. Porque Vélez, que quede claro, no es un campeón y punto: muy por encima de pelotas escondidas y de agravios gratuitos, deja un mensaje claro sobre cómo se pueden hacer las cosas para llegar al éxito. Por eso marca diferencias en un fútbol argentino que, sabemos, es... así.


