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Antonio Roma, gran arquero de fútbol de Boca, Ferro y el seleccionado argentino, falleció ayer en Buenos Aires, a los 80 años. Desde enero estaba afectado por un virus intrahospitalario que le había provocado una infección respiratoria, por la cual estaba internado en el hospital Santojanni, de Mataderos. Su cuerpo era velado desde anoche a las 20 en Cucha Cucha 1875, Caballito, y será cremado.
Si la Argentina es, o fue durante mucho tiempo, el país de los arqueros, Antonio Roma ocupa un sitio de privilegio en el fútbol mundial. El Tano fue dominador del arco en los 70; un indiscutible en un cuadro, Boca, hegemónico en aquella década con seis títulos y una final por la Libertadores. Y fue titular en la selección en dos mundiales. Muy pocos pueden ofrecer semejantes logros en sus currículum.
Se podía pensar que, grandote, robusto, era un guardameta más de ubicación que volador. Pero a Roma lo apodaban "Tarzán", por lo elástico y espectacular. "Me gusta salir bien en las fotos", explicó alguna vez, más chistoso que fanfarrón, sobre su hábito de ir de palo a palo. Pero no era meramente un arquero ágil que llegaba a donde pocos; sobrio –no sólo por su típica vestimenta oscura–, era también un patrón de su área. Con una particularidad: no empleaba guantes. "¿Para qué, si tenía unas manos enormes y la pelota no se me escapaba?", razonó en diciembre último, cuando Boca homenajeó en La Bombonera a los campeones de 1962, a 50 años de la conquista.
Aquélla fue la primera de sus seis vueltas olímpicas en el club (1962, 64, 65, 69 y 70, más Copa Argentina de 1969). Estuvo cerca de una en el nivel continental, cuando Boca llegó a la final por la Libertadores en 1963, perdida a manos del Santos de Pelé.
Roma no había salido de las inferiores xeneizes. Debutó en Ferro en 1954, a los 21 años. Como el presidente auriazul, Alberto J. Armando, iba a ver al equipo de Caballito cuando Boca actuaba como visitante, al tiempo quiso a Tarzán para de su club. Lo consiguió en 1960, en préstamo sin opción, y Roma llegó junto a otro futuro ídolo xeneize: Silvio Marzolini. "Era el pase de mi vida", comentó el guardavalla. Al año siguiente, Armando insistió por la transferencia definitiva, y la logró.
El Tano respondió con creces. Y vivió su cénit individual en aquella tarde del 9 de diciembre de 1962, cuando en la penúltima fecha se jugó el superclásico en La Bombonera y Boca y River llegaron empatados en la cima. El local ganaba por 1-0 por un penal de Paulo Valentim (también arribado en 1960), y a cinco minutos del final, Delem ejecutó otro para el rival y Roma, adelantándose más de dos metros (media área chica), desvió la pelota hacia el córner, en medio de la euforia de la hinchada. "Aire, aire. Penal bien tirado es gol", contestó el árbitro, Carlos Nai Foino, a las quejas de pateador. Con el triunfo, Boca se encaminó a uno de sus títulos más festejados.
Fue como un desquite de su criticado desempeño en el Mundial de Chile de ese año (eliminación en la rueda inicial); mejor le fue en Inglaterra 1966, cuando la Argentina llegó a un cuarto de final. En el ámbito continental, ganó como suplente (jugó medio partido) la Copa América en Perú 57 y fue subcampeón en Uruguay 67. Se retiró en 1972, cuando merodeaba los 40 años; había jugado 323 veces en Boca y 42 en el seleccionado.
Ayer, dejó de vivir Antonio Roma. Alguien que no necesitó la inmortalidad física para pasar al inmortalidad deportiva.
