
suicidio
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“Pensaba en pavadas. En quitarme la vida. Eso fue lo que me asustó”.
Una frase fuerte que describe un momento muy difícil en la vida de Alejandro Donatti, un futbolista (aunque se asume como ex) que atravesó muy buenos momentos en su carrera, pero también tuvo de los otros. Inició su camino en el 9 de Julio de Rafaela. Por cuestiones dirigenciales no logró quedar en clubes como River y Arsenal. Pudo irse a Italia. Pero un motivo personal empezó a hacerse frecuente y frustraba cada uno de sus posibles progresos: “No podía despegarme de mis padres. Los extrañaba mucho”.
Luego de que Donatti pasara por algunos equipos, un reconocido entrenador se cruzó en su vida y lo retó como un padre. La mente del defensor cambió. Conoció a su mujer, que lo destrabó, y gracias a a otras dos personas inició su recorrido en el fútbol grande. Fue feliz en Tigre y Rosario Central. También en Racing, en el que se coronó campeón. De hecho, hoy considera a Eduardo Chacho Coudet como su mejor director técnico.

Cuando se fue a San Lorenzo para cumplir un sueño, comenzaron sus episodios oscuros de salud mental. Primero, con su corazón. Luego, con su cabeza. La pasó muy mal y hasta, como dijo, evaluó suicidarse. Con apoyo profesional, logró recuperarse, y ahora aconseja hablar a aquellos que atraviesan una situación similar. Actualmente vive en Corrientes y piensa en el futuro junto a su esposa y sus pequeños hijos.
Alejandro César Donatti nació en Rafaela, Santa Fe, el 24 de octubre de 1986 y se relacionó con el fútbol desde pequeño. Por su cuñado, jugaba en la escuelita del Club Atlético 9 de Julio. A pesar de que el predio le quedaba en la otra punta de la ciudad, su mamá siempre se ocupaba de que fuera a practicar: “En bici, en moto, pero me llevaba. A veces no tenía ganas de ir porque quería quedarme a jugar en el barrio, pero ella me llevaba sí o sí”, recuerda.
Su carrera en las inferiores del “juliense” avanzó, y Alejandro nunca terminó la escuela. “En octavo o noveno dejé porque no me gustaba”, admite. Tenía claro que “quería ser jugador de fútbol”. La intención de la institución rafaelina era venderlo. Sus buenos rendimientos como marcador central, su altura y su potencia le abrían perspectivas y por eso comenzó a ser probado en distintos clubes. “Siempre quedaba, pero pasaban cosas por las que no se daban los pases”, explica. Fue a River, que quiso contratarlo en préstamo, pero no llegaron a un acuerdo los dirigentes. Lo mismo sucedió en Arsenal, que tenía como entrenador a otro rafaelino, Gustavo Alfaro. Sin posibilidades concretas, Donatti siempre se volvía.

Luego llegó San Lorenzo, pero al tiempo apareció otro destino, más rentable. “Ahí estaba muy bien, pero como me compró el pase Ricardo Giusti, vino un día y me dijo que preparara las cosas porque me iba a Italia a jugar en Genoa”. Tenía 17 años y en ese momento “a todo le decía que sí”. Sin embargo, existía un motivo por el que no quería irse: “Extrañaba mucho a mis viejos. No podía despegarme, pero me fui igual”. Cuando llegó al club la intención era jugar para el “equipo primavera”, aquí conocido como “reserva”. Pero al verlo en acción, el presidente de la institución italiana le hizo firmar un contrato por cinco años en el equipo de la primera división.
Llegó el momento de la pretemporada en Genoa, pero apareció ese motivo que le dificultaba irse de su casa. “En el plantel había tres argentinos: Toti Ríos, Lucas Rimoldi y Federico Nieto. Cuando llegaban ellos íbamos a irnos 15 días a Austria de pretemporada. Volvíamos una semana y terminábamos la preparación en Francia, otros 15 días. Pero como era chico y era un burro e ignorante, se me trabó la cabeza y pensé «¿más lejos de mis viejos?». Yo no sabía que en Europa quedaba todo ahí nomás, y como pensé que era más lejos, me volví a Argentina”, narra hoy.
Las pruebas continuaron. Arribó a Lanús, que por entonces contaba con los entrenadores Ramón Cabrero y Luis Zubeldía. El apego familiar resurgió: “Se enfermó mi vieja y me volví a Rafaela. Ahí Giusti medio se enojó conmigo y me agarró otro representante”. Joven, le hicieron creer que como no se quedaba en ningún lado, “no iba a jugar nunca más”. Y entonces apareció Tiro Federal, de Rosario, que había descendido a la B Nacional.

En el equipo rosarino Donatti estuvo un año, pero una vez más apareció la sensación del desarraigo: “Empecé a hacerme el lesionado y me volví. No me despegaba de mis viejos. Los clubes me querían, pero no podía despegarme”, cuenta. Finalmente, su carrera comenzó a tomar el camino deseado. El defensor se fue a Libertad, de Sunchales, a 40 kilómetros de Rafaela. Y en los Tigres coincidió con un entrenador que supo acomodarlo.
“Ahí conocí a Frank Kudelka, que me dijo que se iba a Boca Unidos, de Corrientes, y me llevó. Me fui con Cristian ‘Bocón’ Torres”, relata. Con el exdelantero de Quilmes lo unía una gran relación, pero Torres estuvo un tiempo y se fue. Por eso, Donatti quiso irse también. Pero el entrenador jugó un papel fundamental en su continuidad, tanto en el club como en Corrientes. “Fue el que me cambió la cabeza. Primero me cagó a pedos como un padre, porque me quería mucho, y después me preguntaba «¿qué querés hacer? ¿Dónde querés jugar? Así no vas a progresar nunca». Me explicó que también él extrañaba, y como era de Freyre [cerca de Rafaela] se ofreció a llevarme cada vez que él viajaba a la zona”, evoca el exdefensor.

Esas palabras calaron hondo en el jugador, que a partir de entonces no quería irse de Corrientes. Luego de estar un año solo allí conoció a Tatiana, hoy su mujer. “Gracias a ella, que se cruzó en mi camino, pude avanzar. Yo siempre fui flojo de la cabeza; si no hubiese sido así, estaría jugando en Europa. Empezaron a llamarme clubes de primera A y ella fue la que me decía que fuéramos y probáramos”, muestra su gratitud Alejandro. También se acuerda de otra gente que le hizo bien en su vida, en particular de dos personas: “Juan Alberto Romero Brisco y el profe Tedesco. Ellos me hicieron comprar todo lo que tengo hoy, como las casas y los lotes. Juan fue el que me sacó el pasaje y me dijo que me había llamado Tigre. Después, mi mujer me dijo que me fuera, que ella se encargaba de todo el tema de la mudanza”.
En el año 2012 se fue al Matador de Victoria, en el que jugó 39 partidos y marcó 6 tantos. “Esa época en Tigre me encantó. Además, me tocó hacer goles muy importantes”, remarca Donatti. Formó parte del equipo subcampeón de la Copa Sudamericana. El zaguero no protagonizó el partido de vuelta de la final en el estadio Morumbí, en la que tras el 2-0 de la primera etapa y serios incidentes en la zona de los vestuarios durante el descanso, se proclamó campeón a São Paulo. Donatti había sido expulsado en la ida (0-0), en la Bombonera. “Me sacaron la tarjeta roja porque Luis Fabiano me tiró una patada, no me tocó y yo me tiré. En Buenos Aires ya se había podrido”, confiesa.

Néstor Gorosito, entrenador del Matador en aquel momento, quiso que todos los futbolistas del plantel viajaran a San Pablo. “Todos estábamos en el vestuario y mientras Pipo daba la charla, me miré los cordones y me los até por si se armaba, porque podía tropezarme y caerme. Fue una pelea que no terminaba más, una locura. Los que no jugábamos estábamos en un palco y cuando nos llevaron al vestuario ya estaba todo manchado con sangre y los policías estaban cortando todo. En esa pelea todos tiraron trompadas. Los brasileños pensaron que nos pegaban y listo, se terminaba, pero a todos los que estaban en Tigre los encantaba pelear: Norberto Paparatto, ‘Lechuga’ Maggiolo, Diego Castaño, ‘Pato’ Galmarini, Rubén Botta, Lucas Orbán, Damián Albil... Todos peleadores”, cuenta Donatti, con cierto dejo de gracia en el remate.
Tigre fue la plataforma de su despegue y le permitió convertirse en 2013 en jugador de Rosario Central, otro club en el que fue feliz, y en el que marcó 12 tantos en 109 encuentros. Después de tres años en el conjunto canalla, se fue a Flamengo e hizo su primera experiencia como profesional en el extranjero. Luego pasó a Tijuana, de México, y en 2018 volvió al país para ser futbolista de Racing, que disfrutó durante dos años y ganó la Superliga 2018/2019 y el Trofeo de Campeones del 2019. De su paso por las dos Academia destaca a su mejor entrenador: “Chacho Coudet sabe un montón. Trabaja muy bien, sabe separar las cosas, está reloco por el fútbol y es un enfermo del laburo”, lo describe.

Donatti gozó esos lindos momentos que le dio el fútbol, y a la vez pensaba mucho en los demás. “Me llenaba que la pasaran bien mi mujer, mis viejos, mi cuñado. A la fiesta del campeón de Racing llevé hasta a mis amigos de la infancia y les decía que miraran alrededor y disfrutaran. Chacho le decía bromeando a mi viejo: «Mirá que el papá del flaquito soy yo, vos no sos el papá». Y mi viejo lo miraba con admiración, porque es hincha de San Lorenzo y lo había visto jugar ahí”, relata sonriente Alejandro.
Tuvo enfrente a varias figuras. Ganaba y perdía, tanto batallas individuales como partidos. “Me tocó marcar a fenómenos. A los partidos entraba enojado, a cara de perro, y los cagaba a patadas. A Mauro Zárate, por ejemplo, y ahora somos amigos. Darío Cvitanich, que no es grande pero era difícil de marcar”. Siempre estudió los movimientos de sus rivales para saber cómo defender contra ellos. Con uno en particular no pudo: Julián Álvarez.

“Lo recagaba a puteadas. Él no me decía nada, porque era pibe. Los delanteros que corren mucho tiran diagonales y después van bajando la intensidad, pero ¡éste no la bajaba nunca! Todo el partido tirando diagonales con pique. Yo le decía «¡pará, hermano! ¿Tanto vas a correr?». Era insoportable. Lo puteaba y él me miraba como diciendo «¿qué querés que haga?»“. Tuvo una historia similar con el atacante brasileño Richarlison, hoy de Tottenham Hotspur. “Él jugaba en Fluminense y lo marqué en un clásico. También lo cagué a patadas, lo puteaba y él no decía nada. Son jugadores que por eso llegaron al nivel en el que están”, valora Donatti.
Para él, San Lorenzo era un deseo. Alejandro quería jugar en el equipo del que es hincha su papá. Y en enero del 2020 se convirtió en futbolista del Ciclón. Pero no se dio como lo había soñado: por aquellos años, en la vida de Donatti todo empezó a aparecer mucho más oscuro. “La pasaba mal. No se daban los resultados, no había un grupo consolidado y los jugadores estábamos muy solos. Las cosas no estaban bien, no era un buen momento institucional”, lamenta. Cada vez que salía de su casa de Nordelta hacia el Nuevo Gasómetro para entrenarse, su cuerpo le daba señales de que algo no estaba bien. “El corazón me latía con todo y yo me asustaba. El psicólogo, Marcelo, hablaba con todos, pero a mí no me gustaba ir a hablar. No quería contar nada”, retrotrae.
Estos episodios de malestar le sucedían cada vez más asiduamente. Y aparecieron otros problemas en la vida y en el cuerpo de Donatti: “Sentía que el corazón se me salía del pecho y después empecé a decaer de la cabeza y me amargaba”, expresa. Su salud mental era cada vez peor. “Pensaba en pavadas, en quitarme la vida, y eso fue lo que me asustó. Mi mujer estaba embarazada y lloraba porque yo estaba perdido. El despelote que tenía en la cabeza era cada vez más largo y más recurrente. Y me asusté mucho más”, reconoce Alejandro. Mientras tanto, el defensor callaba todo. Pero como su esposa se daba cuenta, llamó a sus amigos más cercanos del fútbol para que también lo acompañaran: “Javier Pinola, Elías Gómez, Nery Domínguez. Ellos me llevaban a comer asados”, menciona.
En su depresión pasaban ideas muy fuertes por su mente. “En mi casa tenía las camisetas, como en un museo, y las armas, pero mi mujer me las sacó. Quería hacer algo con eso, pero yo pensaba que iba a hacer mucho ruido o que iba a hacer un despelote. Mi miedo era que me viera mi nena”. Las armas no eran una única posibilidad de suicidio. La idea seguía dando vueltas. “¿Sabés lo que es estar en el patio de mi casa, mirar los árboles y buscar ramas para ver de dónde poder colgarme? Entonces me asusté, porque todo lo que pensaba era hacer esa cagada“, repasa ahora.

El llanto lo invadió. Con una llamada a un psicólogo, Donatti hizo un pedido desesperado de ayuda. “Marcelo llamó al psiquiatra del club, Gustavo Fantino. Él me dijo que tenía un cuadro depresivo mayor con ansiedad y me recetó dos pastillas. El cuerpo fue asimilando la droga y yo no estaba tan dopado por la medicación. Me hicieron un certificado para que no fuera al club durante 15 días y vieran cómo estaba, pero yo no quería ir porque me hacía mal. Los dirigentes no me creyeron nada, pero yo no les di bola. Mientras tanto, le pedí a mi mujer que no me dejara solo”, se anima a recrear esa historia.
Es mucha la gente que atraviesa problemas de salud mental y no se anima a expresarlo. Aunque Donatti sabe que no es fácil, hoy, recuperado, tiene una recomendación: que siempre se hable del tema. “A mí me sirvió. No es fácil, porque uno ve alrededor a todos llorar, y yo estaba encerrado en la mía. La cabeza se va, es muy difícil. Tienen que hablar. Tienen que salir. Todo eso fue haciéndome bien, junto a las pastillas. No fue fácil, pero salí”, celebra. Ahora, de vez en cuando agradece con un mensaje tanto al psicólogo como al psiquiatra que lo ayudaron.

Sin haber anunciado su retiro del fútbol, ya asimila la situación. Mientras, todavía no piensa en qué hacer con su futuro. Entre sus pasatiempos aparece la pesca, pero Alejandro quiere hacer algo en lo que su esposa, Tatiana, sea lo primero: “Después veré qué hago yo. Mientras tanto, estamos bien con alquileres y demás, pero quiero hacer cosas, porque al estar todo el día en mi casa me siento inútil. Queremos tener algún negocio para ocupar la cabeza”, enuncia.
Donatti se había alejado del fútbol, pero de a poco se acerca de nuevo. “Miro poco. Antes me hacía mal porque me daban ganas de estar ahí. En San Lorenzo me curé de la cabeza, pero no quedé bien en cuanto a entrar a una cancha. Me fui a Sarmiento porque Licha López e Israel Damonte me dijeron que iba a ser tranquilo, pero me di cuenta de que no era lo mismo", concluye.
Hoy puede contarlo. Gracias, principalmente, a su familia. Todo un soporte, con los pilares de Tatiana y sus hijos, Imalai Olivia y Giorgio Capri.


