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Desbordado por la responsabilidad y los múltiples focos problemáticos que hoy presenta Boca, Abel Alves perdió el equilibrio. Al técnico lo traicionó su amor ardiente y extremo por los colores azul y oro. Desde que asumió en el verano pasado, después del traumático alejamiento de Coco Basile, y hasta la jornada de ayer, en la que el equipo xeneize volvió a derrumbarse, como en casi todo el año, la gestión del Chueco fue un constante tembladeral. Es tan angustiante como real, pero Boca es un club que marca a fuego las carreras de los entrenadores, que puede alterar –o borrar, directamente– en un simple chasquido de dedos la imagen que una persona construyó con obstinación; le ocurrió al Chino Benítez, que antes del penoso escupitajo a Bofo Bautista en la eliminación boquense de la Copa Libertadores, en 2005, ante Chivas de Guadalajara, ostentaba un perfil positivo. Después del 15 del mes próximo, cuando deje su buzo de DT en el casillero del vestuario local de la Bombonera, Alves ya no volverá a ser considerado ese hombre hábil para advertir nuevos valores y conducir categorías menores (antes de asumir en la primera, en enero, el Chueco era el conductor de una reserva que se destacaba).
Es una pena, pero Alves desgastó su credibilidad a fuerza de continuas contradicciones. Se hizo cargo del plantel y uno de sus primeros mensajes fue: "Los dirigentes no me pidieron que hiciera limpieza". Sin embargo, a las semanas les quitó la titularidad a dos veteranos con decenas de medallas colgadas: Hugo Ibarra y Roberto Abbondanzieri, que, triste y ofuscado con Alves, emigró a Brasil.
El campeonato siguió su curso. En el apático empate sin goles con Atlético Tucumán, en la propia Bombonera, Alves sacó a Palermo, en una señal de que todos ponían en juego su continuidad, más allá de los 13 contratos que finalizarán en junio. El DT siempre quiso demostrar que "no le temblaba el pulso" para hacer cambios, pero esa vez no tuvo tacto para mandar al N° 9 al banco. Tampoco lo tuvo ayer cuando reemplazó al Titán por Viatri, pese a que Boca perdía 2-1 con Chacarita y que hace tan sólo unas semanas había afirmado: "Por más que me lo pidan diez veces, a Palermo y a Riquelme no los saco jamás". El delantero, delante de todos, le cuestionó la decisión. El Chueco, incómodo, queriendo ocultar la realidad, se defendió tras la goleada 1-4: "Lo saqué porque jugó dos partidos en tres días y estaba cansado. No busquemos polémicas, déjense de embromar". Claro, nadie le creyó. Después de la caída 0-3 ante Tigre, en la 9a fecha, Alves acusó a sus jugadores de falta de "actitud" y la distancia con ellos creció.
Alves perdió la brújula... hace tiempo. Claro que los dirigentes, encabezados por Jorge Amor Ameal, también son grandes responsables del mensaje equivocado y la inestabilidad deportiva. "Lo que me sobra es huevo, no me va a parar nadie. De acá me van a sacar con los pies para adelante. Me voy a ir de Boca ganador", lanzó Alves, arrogante, casi altanero (y eso que el club contrató a asesores de imagen), después del triunfo del jueves pasado en el superclásico con River, una contundente excepción en el espinoso camino. El técnico quedó preso de sus propias palabras y comportamientos.
Boca está perdido. Su imagen es de las peores de su rica historia. Su conducción es deficiente. Pide a gritos un golpe de timón.

