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LONDRES.- Si esta era en el fútbol recibe su merecido de la posteridad, lo que se recordará de ella no serán los mejores talentos que surgieron y el clima dramático y el entretenimiento que crearon con sus jugadas. Los recuerdos que definirán los años del pasaje entre el siglo XX y el XXI serán los que tienen que ver con el dinero, la locura financiera que rodea al juego más popular del mundo y los criterios distorsionados para definir el valor profesional de quienes lo juegan.
Cualquier recordatorio de estos tiempos que sea fiel a lo que sucede tendrá que reconocer a David Beckham como una figura central y muy importante. Obviamente eso no se deberá a su talento como jugador, que es (o al menos fue) totalmente excepcional, pero de limitado alcance. Su significado histórico surge de haber podido demostrarse como el más dispuesto y mejor equipado para abrazar y explotar las oportunidades de alcanzar una fama infinitamente lucrativa, creada por lo que sus arquitectos y admiradores gustan considerar la era dorada de la comercialización del deporte. Los comentarios en el último par de días respecto del acuerdo de Beckham de unirse a Los Angeles Galaxy, comprensiblemente, han tendido a señalar que, dado que su carrera tiene tanto de los rasgos arquetípicos del negocio del espectáculo, resulta apropiado que la última fase se dé en la vecindad de Hollywood.
Pero para muchos esta noticia es simplemente otro recordatorio deprimente de cómo la noción actual de realidad de este deporte ha emigrado hacia el Oeste. Por supuesto que es debatible que puedan darse por ciertas las sumas impresionantes que se publican, asociadas con su pase del Real Madrid a la Major League Soccer (MLS) en EE.UU. La afirmación de que amasará aproximadamente US$ 250 millones por un contrato a cinco años se basa mucho más sobre proyecciones y estimados de ganancias potenciales que en sumas de dinero garantizadas en el banco. Pero es razonable suponer que su migración a California lo convertirá en el jugador con más alta paga en los anales del juego.
Lo extraño de esa probabilidad se puede mostrar haciendo una pregunta simple y directa. ¿En que lugar se ubicaría Beckham en cualquier ranking actual de los jugadores europeos más solicitados, es decir, entre los hombres que los DT de los clubes más fuertes estarían más interesados en tener a su disposición? Las respuestas podrán variar mucho, pero la lógica sugiere que incluirlo entre los 50 primeros sería demasiado halagüeño. Cualquiera que considere a ese ranking no adecuado puede simplemente contar los individuos que tan solo en Gran Bretaña serían preferidos instantáneamente en una mayoría de las listas de los más deseados antes que el ex capitán del seleccionado inglés, a partir exclusivamente de los que hoy tienen en sus nominas el Chelsea, el Manchaster United y el Arsenal, como punto de partida. Si se agrega nombres tomados de los clubes de España, Italia, Alemania y Francia, alcanzar una lista de 50 jugadores preferidos antes que Beckham no sería para nada difícil.
Lo que explica la discrepancia entre el cada vez menor interés que pueda despertar como presencia competitiva en equipos serios y la monstruosa valuación que se le asigna en la MLS es bastante simple. Su identidad como futbolista se ha visto reducida sistemáticamente y casi hasta la irrelevancia por su sistemático desarrollo como artefacto comercial, instrumento de merchandising y promoción. No se lo ha comprado como jugador sino como marca que, para ser justos, es como se lo vio principalmente desde que fuera transferido de Old Trafford al Bernabeu en 2003, en una operación que parecía más el resultado de su prodigiosa efectividad como herramienta de marketing que de lo que prometía rendir en el campo de juego.
Aunque la gente de este lado del Atlántico pueda sentirse abrumada por la extravagancia norteamericana a semejante escala, no tiene derecho a mirar con desprecio a quien tienen prioridades que por cierto no se inventaron en los EE.UU. Rendir pleitesía a Mamón es una práctica igualmente generalizada en el juego aquí.
Durante seis meses Beckham fue exitoso en gran medida en Madrid, compensando su total falta de estado y ritmo con su energía y su pie derecho gloriosamente preciso, que lo hacía el encargado sin rival de los córners, los tiros libres y los pases largos.
Sin embargo, al implotar el ridículo concepto de los "Galácticos" que se impuso en el Real y al hundirse el nivel de todos los que jugaban a su alrededor, sus propias limitaciones quedaron al desnudo. Y los tres años y medio que pasó en España sin ganar un trofeo han estado marcados por una triste deriva hacia un rol cada vez más periférico en un equipo inadecuado. Bajo el actual DT italiano del Real, Fabio Capello, está viviendo nuevamente el dolor del rechazo que sufrió cuando fue despreciado por el seleccionado inglés.
Insiste en que recordará con gusto el tiempo que pasó en el Bernabeu pero, al fin de cuentas, diría lo mismo y con vehemencia mayor de su carrera internacional, a pesar de que sus performances memorables por siempre quedarán oscurecidas por la sombra que proyecta el hecho de que no logró nada en cinco torneos mayores importantes.
Ahora nos asegura que, a los 31 años, no está montado en una nube de dinero rumbo a un atardecer en el Pacífico, sino enfrentando un nuevo desafío, el de imponer su liderazgo en la MLS, que se debate con sus dificultades (algunos diríamos su total incapacidad) para abrir el corazón de Estados Unidos al deporte que gran parte de la humanidad ama por sobre todos los demás. Uno de sus amigos periodistas nos dijo el otro día que EE.UU. aún era la frontera salvaje del fútbol y que Beckham se había convertido en el gran pionero del juego allí. Por algún motivo no imagino que le caiga bien un disfraz de Davy Crockett. Creo que se vería más cómodo en traje de vendedor, especialmente cuando se trata de venderse.
