Boca goleó a River en la Bombonera, pero el triunfo fue de todas: la intimidad del primer superclásico profesional femenino

Los secretos del primer superclásico profesional femenino
Los secretos del primer superclásico profesional femenino Crédito: Mauro Alfieri
Ariel Ruya
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24 de septiembre de 2019  • 17:10

La ansiedad por escribir la historia es tan poderosa, que no la frena ni el reloj del tiempo: el partido empieza a las 15.08, dos minutos antes de lo previsto. Se entiende: ya era hora de que el fútbol profesional femenino se aferre al pitazo inicial. Se parece a una fiesta semivacía en un templo a cielo abierto, un día de semana, con unos 4000 invitados. La Bombonera es testigo del primer episodio: las chicas del fútbol, ya vestidas de profesionales, se encuentran con un ideal primer acto, auspiciado por la AFA y motorizado por largas noches sin sueño. Boca superó a River por 5 a 0, pero en realidad, el resultado es lo de menos: ganaron todas.

Cómplice de lo que se juega, de los tiempos en los que las mujeres luchan por la igualdad, el sorteo de la primera fecha del torneo femenino no podía ser más potente: Boca y River, en la Ribera, a una semana de la primera semifinal de la Copa Libertadores en el Monumental. El súper profesional, el de siempre. Sin embargo, no se trata de un aperitivo. Hay otras cosas en juego. Las chicas cobran como los futbolistas de la primera C, estudian y trabajan. Hoy, la igualdad parece imposible. Pero es un primer paso. Enorme, transmitido al mundo por TV.

El sol broncea como si se tratara de un partido de verano. La Bombonera es un testigo silencioso: solo pudieron ingresar los socios con la cuota al día, instalados en las plateas, de un lado y del otro. Las tribunas vacías, el 12 gigante en la cabecera principal, no cambia la ecuación: la pasión se transmite de la misma manera. Los cánticos son los de siempre: "Vos sos de la B" y "el que no salta es una gallina", entre tantos otros, cuando las chicas, unidas, ingresan en la cancha. Se reúnen de un lado y del otro del círculo central y se motivan, se dan aliento. No hay tácticas introductorias: lo que se juega es mucho más importante que un clásico de chicas.

Las hinchas de Boca con carteles, en la platea de la Bombonera.
Las hinchas de Boca con carteles, en la platea de la Bombonera. Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

Hay banderas, aliento y hasta plateístas que se toman la cabeza por una oportunidad perdida. Boca ataca, River se defiende. Boca se parece al River de Gallardo en el Monumental y River se asemeja al Boca de Alfaro en la misma función. Se invirtieron los roles. Fabiana Vallejos, la número 10 xeneize, es crack: lo entiende todo. Boca juega a su disposición. Florencia Chiribelo, la arquera de River, no se parece a Armani. Un centro de la número 10 encuentra el cabezazo goleador de Florencia Quiñones, petisa pero de alto vuelo. Se grita como si se tratara de una final de Copa. Van 42 minutos de la primera mitad.

"Tocá, pasá, salí, ¡bajala!". Se escucha todo, a metros del césped del escenario de tantas batallas gloriosas, hoy preparado para una función especial. Al fin, profesional, Muchos pelotazos, pocas gambetas. Cambios de frente erráticos, potencia en exceso. Nada diferente a lo que muestra la Superliga todos los fines de semana. Andrea López, la número 2 de River, se arroja con los dos pies hacia adelante. Recibe una lógica tarjeta amarilla de María Laura Fortunato, la jueza. A Carolina Troncoso le duele todo, pero se levanta. Sigue.

Las jugadoras de Boca ingresan a la Bombonera. El público local siguió el partido desde la platea baja.
Las jugadoras de Boca ingresan a la Bombonera. El público local siguió el partido desde la platea baja. Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

La AFA exige que los planteles tengan, como mínimo, a ocho futbolistas con contrato profesional. Boca es un adelantado: firmaron todas. River suma 15, pero serán más en poco tiempo. El grito por la igualdad es incontenible. A simple vista, sin embargo, se nota la diferencia.

Las plateas son un mundo aparte. Hay mate, bizcochos y hasta bronceador: el caos de tránsito, las marchas y las desventuras de un país que parece no tener arreglo quedaron a cuadras de la Bombonera. La alegría es desbordante, excede el súper. Boca, sin embargo, ayuda: por momento, es imparable. Vallejos manda otro mensaje: envía el balón al travesaño, como si lo hiciera con la mano, preciso y potente. Al rato, Fanny Rodríguez marca el segundo, a los 11 minutos de la segunda mitad. La fiesta parece completa. "Ole, ole", gritan los hinchas. En realidad, chicos, mujeres, familia. River está encapsulado: no puede pasar la mitad de la cancha.

Los secretos del primer superclásico profesional femenino.
Los secretos del primer superclásico profesional femenino. Crédito: Mauro Alfieri

"La Copa Libertadores es mi obsesión", surge, de pronto, mientras Boca hace lo que quiere con River. Falta una semana para esa otra historia, gloriosa o dramática, con el recuerdo de Madrid, según el caso. Pero esto es otro mundo: no hay ganadoras ni vencidas. Ni revanchas de ningún tipo: todas corren con la brújula del mismo destino.

¡Penal! Fanny Rodríguez, que casualmente antes era jugadora de River, es indescifrable para la defensa millonaria; en este caso, la derriba Daiana Leguizamón. Vallejos, la fuera de serie, sella el 3 a 0. Rodríguez es un huracán: sella el cuarto y el quinto.

Boca se queda con el primer superclásico profesional con destellos de su historia: fibra, valentía y clase. Sin embargo, los saludos, los abrazos, simbolizan que el futuro ya llegó. Están unidas. Tal vez por eso, al final, el aplauso es para todas.

Por: Ariel Ruya
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