

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.

Boca es ese lugar donde en tres años, todo sigue igual y en un mes, todo cambió. Las necesidades y los deseos permanecen idénticos a la última vez que había jugado la Copa Libertadores, la de la final frente a Fluminense en 2023. Incluso en este lapso no se coronó, ya no sólo en lo internacional, sino tampoco a nivel local en este fútbol que obsequia estrellas al por mayor. Pero hoy no está como parecía que estaría. Lo fluctuante del fútbol y la jerarquía de sus jugadores lograron que, donde había incertidumbre, ahora haya ilusión.
Un resultado puede ser casual, una racha larga tiene sus causas. Boca no pierde desde hace diez partidos. Tres de los primeros cuatro fueron empates que abonaban aquella falta de expectativas; el restante, una victoria lógica a Gimnasia de Chivilcoy en la Copa Argentina. El quinto fue Lanús, que como dato morboso presentaba la carta de haber sido un equipo que había eyectado técnicos rivales: Renato Gaucho, de Fluminense; Gustavo Álvarez, de Universidad de Chile; Jorge Sampaoli, de Atletico Mineiro, y Filipe Luís, de Flamengo. El 4 de marzo, Boca le ganó 3-0 y esa previa fue la última vez que se dudó de la continuidad de Claudio Ubeda.
Quedó dicho en esta columna con anterioridad: a Juan Román Riquelme no lo mueven las ansiedades ajenas. Maneja los tiempos a su manera. A veces, cuesta comprender por qué se dilatan tanto algunas negociaciones de refuerzos o de renovaciones de contratos. Otro dirigente hubiese decidido prescindir del entrenador apenas lo sintió cuestionado. Nadie puede asegurar cómo jugaría Boca hoy con otro técnico, pero lo cierto es que Ubeda encontró un equipo al que se le nota funcionamiento y sabe ocupar su espacio. No se trata de un doble comando, justamente lo que existe es un superior en cada sector: uno para el pizarrón, otro para el vestuario; ambos, para el estilo de juego.
Un futbolista como Leandro Paredes en una liga donde se iban los excelentes, pasaron a irse los buenos y ahora también se van los aceptables brinda una ventaja abismal. Está en vías de ser más determinante que cualquier jugador que haya pasado por Boca desde Riquelme en 2007, incluso por encima del Carlos Tevez que volvió en plenitud de la Juventus.

Su liderazgo es absoluto. Contrastó de entrada con el del uruguayo Edinson Cavani, más encerrado en su profesionalismo y sin ánimo de armar grupos. En el fútbol, además, liderar sin jugar se torna complicado. Y las lesiones sacaron demasiado a Cavani de las canchas. Lo último que se le vio fue un posteo en el que realizaba ejercicios de kinesiología; con un detalle: lo subió a sus redes mientras jugaban sus compañeros. En cualquier otro caso, generaría empatía un futbolista de 39 años que se resiste a que llegue el final de su carrera. El suyo, tal vez por el contraste con Ander Herrera, que aceptó firmar un contrato por productividad, ya genera más murmullos de fastidio que exclamaciones de admiración.
Paredes significa una solución para cualquier entrenador. Le da forma al fútbol de Boca. Es el inicio y el desarrollo de las secuencias de pases que ya acostumbra a armar el equipo, a veces para encontrar el espacio en ofensiva y en otras, como en un largo tramo en Chile contra Universidad Católica, para que el equipo rival no ataque. Arma el que muy probablemente ya sea el mejor mediocampo del país. Cada pieza encastra con la de al lado. El socio de Paredes es Milton Delgado, que le realiza el trabajo sucio y lo ayuda en el limpio. Delgado está en plena evolución: pasó de ser un volante posicional a ser uno más expansivo, de cancha entera, uno que se anima al pase decisivo y a acercarse al área. Tenía que agregarle novedades a su juego; si no lo lograba, corría el riesgo de quedarse otra vez en el banco aun con sus condiciones interesantes. Santiago Ascacíbar aporta un desorden productivo y Tomás Aranda nos recuerda la fertilidad del suelo nacional.
Así como Riquelme se tomó un tiempo con el técnico, la demora para concretar una incorporación sirvió para que apareciera la gran promesa. Si en enero Boca hubiese contratado un creativo o en febrero hubiese acelerado por Alan Lescano, Aranda habría quedado tapado. Del defecto nació una virtud. El pibe no había sido parte de la pretemporada, pero ante la plaga de lesiones tuvo su chance y, aunque luego de otros chicos (Iker Zufiaurre, Gonzalo Gelini), se ganó un lugar. Tiene una dualidad extraordinaria: gambeta y pase, desequilibrio y concepto. Su ingreso frente a Gimnasia de Mendoza impactó pese al empate final. Luego de ese partido, quedaron claras las opiniones que reinan en Boca: un capitán que es capaz de decir abiertamente que su entrada era necesaria, un técnico que lejos de sentirse desautorizado reconoce que es el momento del pibe y ya no lo saca más.

La decisión de haber reemplazado a Zeballos en el último partido del año pasado, y las críticas que generó, habían dejado tocado a Ubeda. Hasta pareció dudar a quién cambiar en encuentros de este torneo; contra San Lorenzo, esperó al minuto 90 para hacer el primer cambio (y sacó al 9, Adam Bareiro, cuando su equipo buscaba el gol). Hoy ya luce más seguro, gestiona mejor la amplitud del plantel. Si las encuestas no lo imaginaban llegando a abril, las probabilidades lo encuentran renovando en junio. Todo a su tiempo, claro. Los tiempos de Román y los del fútbol. Tiene todos los objetivos del semestre por cumplir: el superclásico, la clasificación a octavos de la Copa como primero de grupo y nada menos que el torneo Apertura en un club que lleva demasiado sin coronarse. Demasiados compromisos como para que en esta montaña rusa se pueda realizar una proyección. Eso sí, cuenta con varias a favor: se sabe a qué juega, gana con frecuencia, tiene un técnico afirmado y, sobre todo, un líder empoderado. Boca hizo, en definitiva, todo lo que debía hacer antes de que llegaran los momentos de definición.



