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Claro que podía ocurrir. Las rachas están para romperse. Tanto las negativas como las positivas. Para el caso de Boca y Hugo Ibarra alguna vez llegaría el final de lo que ya eran 15 encuentros sin tropezar. Newell’s fue el responsable de sacudirle la estantería en Rosario. Porque el momento marca una pequeña herida y, ahora sí, el equipo puede haber quedado sin margen de error: si bien resta conocer el resultado de Racing (el único que puede quitarle el liderazgo el martes), ya debe anticiparse e instalar en su cabeza la necesidad del triunfo ante Gimnasia, cuando el miércoles se reanudarán los 81 minutos que restan de aquel suspendido por represión policial, acaso el encuentro que le da al elenco xeneize la ventaja de seguir dependiendo de sí mismo.
En el peor de los escenarios, el conjunto de Avellaneda se impondrá en el Sur a Lanús y, a falta de su último partido (ante River), alcanzará las 50 unidades, dos más que la institución de la Ribera, al que le quedarán el compromiso pendiente en La Plata y el desenlace en la Bombonera ante Independiente. Todo permanece en sus manos. En el mejor de los casos, una caída de la Academia elevará la auto-obligación del triunfo en el Bosque, pero ya con posibilidades de trofeo. Una calculadora cargada que Boca prefiere no utilizar: es más fácil aprender de la derrota y entender que su destino en la Liga Profesional lo escribe con tinta propia.
Así lo entiende Ibarra. Esbozó varias sonrisas entre las relajadas declaraciones. O, al menos, la intención fue mostrarse de esa manera: en realidad, la flojísima actuación de sus hombres debería causarle preocupación, porque aparece cuando la definición de la competencia está a seis días.
“Es una tranquilidad que todo siga dependiendo de nosotros, de lo que hagamos en los próximos partidos. No pasa nada. Muchas veces, estos partidos están dentro de las posibilidades. Hoy nos tocó, tenemos que levantar la cabeza y seguir”, eligió el entrenador no dramatizar con sus palabras y confió que el plantel estará animado: “En Boca no tenés que trabajar tanto en lo anímico porque el próximo partido está a pocas horas”.
Estos momentos definitorios hacen que la lupa esté puesta sobre las decisiones. En el Marcelo Bielsa sucedió algo semejante en el entretiempo: nadie critica la (correcta) elección de sacar del campo al amonestado –y tocado físicamente– Carlos Zambrano, sino más bien la rareza del rearmado de la defensa.
Ibarra optó por cerrar como primer central a Luis Advíncula y convertir a Cristian Medina en lateral derecho al momento del ingreso de Sebastián Villa, queriendo aprovechar esos huecos que podían aparecer en Newell’s por tener un hombre menos. “Como Carlos estaba amonestado y el partido estaba difícil, traté de cuidarlo porque con los centrales estamos escasos”, explicó Ibarra sobre el motivo –entendible– de sacar al peruano. La defensa ya era una desorganización, incluso, con Zambrano en el campo, pero todo se volvió más endeble a partir de esos movimientos.
El gol, a los dos minutos del segundo tiempo, fue una fatalidad (o, mejor dicho, varias) que excede a esas decisiones, pero quedaron marcados: un error no forzado de Advíncula, una insólita displicencia de Facundo Roncaglia al disputar la pelota suelta y la flojera del lateral convertido en “2″ para cuerpear a Juan Manuel García, que firmó el 0-1. Boca nunca se repuso.
“No hice tantos movimientos en el fondo. Tuvimos un error y, lamentablemente, lo pagamos caro, nada más. El partido estaba bien controlado, teníamos la pelota, pero nos equivocamos. Nos faltó meterla: tuvimos varias situaciones de gol”, agregó el técnico sobre cercanías al arco que ocurrieron recién cuando la derrota (0-2) se consumaba.
Boca tiene claro que depende de sí mismo y está sereno, pero debe evitar entrar en la confusión a días de la definición de la Liga Profesional. De acá en más, ganará el más tranquilo.


