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Tanto le machacaron y refregaron durante la semana la histórica supremacía de San Lorenzo, que Boca respondió con una goleada antológica. Así de lapidario y demoledor está el bicampeón. Con su fabulosa actualidad, desautorizó a los archivos que supuestamente lo tenían reiteradamente acomplejado cuando enfrente se le paraba San Lorenzo. Lo trituró con una contundencia que da miedo. Ni siquiera necesitó bailarlo o darle un concierto de toques o lujos. Fueron golpes secos (tres goles en igual cantidad de llegadas en el primer tiempo) que fueron dejando exánime a San Lorenzo. Con este inolvidable 7 a 1, Boca consiguió algo más importante que el liderazgo con puntaje ideal; sigue ganándose el respeto como ningún otro equipo del Apertura.
Más allá de la secuencia ganadora de Boca (once partidos consecutivos), el resultado no deja de ser asombroso, insólito. San Lorenzo había tenido un comienzo de torneo medianamente estimulante, potenciado por aquel 5-0 a Colón y por el aparente acierto de Ruggeri en acomodar a un equipo renovado en la mitad de su formación. Mazazos como el de ayer resquebrajan los cimientos instalados, dejan una sensación de tierra arrasada.
Arrigo Sacchi suele decir que el fútbol es un deporte de equipo con momentos individuales y no al revés. Boca responde a pie juntillas a esa definición. Es una garantía como bloque y tiene individualidades capaces de decidir un encuentro (Palacio y Palermo), de darle un estilo (Gago), de aportarle firmeza y serenidad (Silvestre y Cata Díaz).
La goleada no se vislumbró desde el comienzo. Ni mucho menos. Aunque parezca irrisorio, Boca tuvo un comienzo flojo, abúlico. Y hasta se expuso a quedar en desventaja con un error de cálculo de Díaz y otro de Bobadilla. San Lorenzo tenía más movilidad, controlaba la pelota en el medio y Lavezzi había sido incontrolable en un par de incursiones.
¿Cuándo se produjo el quiebre, el vuelco tan drástico? Poco después del primer cuarto de hora. San Lorenzo sufrió un imponderable que lo desacomodó más de lo debido: al lesionarse Adrián González ingresó el juvenil Acevedo y Rivero se ubicó sobre la derecha. El Ciclón quedó desestabilizado porque el chico deambuló en la zona central y Rivero dio ventajas sobre la banda. Estas cuestiones también sirven para diferenciar a un muy buen equipo de uno que no lo es. Así como San Lorenzo no supo ni pudo asimilar la contingencia del reemplazo forzado, Boca absorbió sin costo las ausencias de Ibarra y Battaglia. Calvo y Ledesma respondieron con una solvencia que va más allá de los titulares y abarca a todo el plantel.
No bien San Lorenzo ofreció la primera grieta, Boca se dedicó a convertirla en un cráter. Palacio, que se encontró con una habilitación de Marino que iba para Palermo, aplicó su especialidad: aceleración, quiebre de cintura sobre la salida de Saja y toque al gol. Se ponía en marcha una goleada insospechada, que empezó a tomar forma con dos profundas proyecciones sobre la derecha; primero fue un desborde de Marino y después uno de Calvo; mientras amagaba y se llevaba las marcas, Palermo aparecía por detrás de todos para definir. La defensa de San Lorenzo, ausente; Saja, desaparecido. En diez minutos, entre los 22 y 32, Boca sacaba una ventaja que se antojaba indescontable con una lección de practicidad.
Ruggeri pensó que todavía había partido y sumó a un delantero (Silvera) por el pobre Acevedo. A una oportunidad desperdiciada por Lavezzi le siguió el cuarto tanto, de Palacio, que usufructuó un error de Saja. San Lorenzo había dispuesto su habitual esquema de cinco volantes, a ninguno de los cuales se le ocurrió tapar a Gago. Un contrasentido. Luego, con un mediocampista local menos, el N° 5 dio uno de sus acostumbrados conciertos de quites y distribución elegante. También se llevó varios golpes por atreverse a tanta vistosidad (uno fue del expulsado Méndez). Cardozo amplió el repertorio de goles con un remate bajo desde fuera del área. El nivel de eficacia de Boca en relación con sus llegadas era tan alto que sólo cabía compadecerse del derrumbe de San Lorenzo, más allá del descuento de cabeza de Hirsig.
El viento le soplaba tan de cola a Boca que hasta el pibe Franzoia se dio el gusto de festejar su primer gol en primera, mientras Palermo celebró el 150 de su prolífica carrera. Ahora Basile puede ir tranquilo a dirigir el domingo al seleccionado y La Volpe ya sabe que su mayor acierto será no frenar ni desviar a un equipo lanzado al tricampeonato.


