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Desde que Esteban Cambiasso llegó a Real Madrid con su hermano Nicolás, en 1995, con apenas 15 años, soñó con un día como el de ayer y aunque le resultaba imposible imaginarse dónde, cuándo y con quiénes cumpliría el sueño, de algo estaba seguro: Fernando Redondo, uno de sus ídolos y a quien imitó desde el momento en que decidió dedicarse al fútbol en lugar del basquetbol, estaría a su lado como símbolo del club merengue.
Pero un día Redondo dejó de ser el capitán de Real Madrid y se marchó a Milan, donde, por culpa de una lesión, tuvo que esperar más dos años para debutar. Ayer, el volante de andar elegante regresó a la cancha, justo el mismo día que Cambiasso, ese niño al que le enseñó a dar los primeros pasos por el Santiago Bernabeu conquistó la Copa Europeo-Sudamericana.
Lo que Cambiasso tenía como una fija en su sueño no se había cumplido. Redondo había quedado a miles de kilómetros de Yokohama, la ciudad de la coronación. En su lugar había quedado otro argentino, Santiago Solari. El Indiecito, que en silencio se ganó un lugar en esa envidiable selección internacional.
Ni con la ayuda de Julio Verne, Cambiasso hubiese imaginado en 1995 que el día soñado lo compartiría con cinco de los diez mejores futbolistas del mundo: Ronaldo, Zinedine Zidane, Luis Figo, Raúl y Roberto Carlos. Sin embargo, él estuvo allí.
A muchos aún les causa sorpresa ver a Cambiasso, con sus 22 años, en medio de los mejores, pero habrá que acostumbrarse y entender que el ex volante de Independiente y de River ya forma parte de ellos y que Real Madrid es una cosa con el argentino como titular y otra sin él. En poco tiempo, mucho más corto que lo esperado, el volante se ganó la titularidad y al reconocimiento de la afición e hizo olvidar dentro del campo a quien la gente recordará por siempre fuera de él: Fernando Redondo.
En el triunfo sobre Olimpia por 2 a 0, Cambiasso demostró la importancia que tiene para el equipo: dio 37 pases bien y sólo tres mal; recuperó siete pelotas, perdió cuatro y no cometió ninguna infracción. Estos números asombran y ayudan a entender por qué el técnico Vicente Del Bosque considera al Cuchu una pieza clave para que esa constelación de estrellas brille como ni siquiera Julio Verne lo imaginó.



