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Los 100 años de vida de Chacarita saben de felicidad y sufrimiento; de grandes saltos y de tropezones; de prestigio y de humillaciones. Por eso, quienes lo siguen lo acompañan desde el corazón. En su nacimiento, cerca del cementerio, en sus años en Villa Crespo, y ahora en San Martín. Con grandes gestas en el ascenso; con el memorable equipo campeón de 1969; con sus crisis pronunciadas y sus resurrecciones. Chacarita es centenario y ayer tuvo su fiesta con una caravana de pasión que unió la sede de Colegiales con la gente que esperó ansiosa en su estadio.
La historia comenzó a escribirse el 1° de mayo de 1906, cuando un grupo de románticos excluidos del club Defensores de Villa Crespo, con mucho entusiasmo, pero con los bolsillos vacíos, fundó el Club Atlético Chacarita Juniors. Un nombre sin muchos secretos, en representación del barrio que lo vio nacer en un local del Partido Socialista, en Dorrego y Giribone (hoy, avenida Córdoba). Los sueños se mudaron a una lechería, en Jorge Newbery 3636. Y en la trastienda de una cigarrería de la calle Rivera nacieron los colores que lo marcaron a fuego: el rojo, por el socialismo; el blanco, por la pureza, y el negro, por la cercanía al cementerio, que le imprimiría para siempre el apodo de “funebreros”.
El primer desafío deportivo fue ante el Club Atlético Victoria, al que venció por 3 a 2, y lo enfrentó con una camiseta celeste, con los puños y el cuello blancos. El equipo estuvo integrado por los socios fundadores, entre ellos, el primer presidente del club, don Maximino Lema. Chacarita peregrinó hasta asentarse en San Martín. Las primeras instalaciones las levantó en Federico Lacroze y Alvarez Thomas, pero la municipalidad necesitaba construir una calle y lo desalojó. Sin un lugar estable, se le hizo complicada la existencia; se inscribió en la Nueva Federación Argentina, pero en 1915 quedó al borde de la desaparición.
En 1920 se afilió a la AFA, que le pidió el cambio de nombre porque no era conveniente para un club deportivo. “Chacarita Juniors o nada”, fue el título del diario local Defensor de Maldonado para informar la decisión de la asamblea de los socios. Y, finalmente, mantuvo su nombre. En los años de la cancha en la calle Humboldt, donde hoy está la de Atlanta, disfrutó de glorias como Isaac López, Ernesto Duchini, Renato Cesarini y Fabio Cassán (el máximo goleador del club, con 76 tantos).
Después de un atraso en el alquiler del terreno de Villa Crespo, se asentó en San Martín el 8 de julio de 1945, algo que multiplicó el sentimiento de pertenencia al club. Entonces, los hinchas gozaron de una delantera grabada en la memoria: Pessarini, Coll, De Luca, Campana y Busico.
El tiempo pasó. Los almanaques de Chacarita están marcados con días inolvidables. Pero entre todas las fechas hay una grabada como ninguna: la que habla de un sueño hecho realidad, la tarde del 6 de julio de 1969, cuando Chacarita ganó el Metropolitano y obtuvo su único título en primera al vapulear por 4-1 a River, en la final en la cancha de Racing.
Aquella tarde, los 30.000 hinchas tricolores ingresaron en puntas de pie en las tribunas bajas del cilindro de Avellaneda. El público de River, que acumulaba 12 años de espera, copó los sectores altos. Chacarita no tenía nada que perder y mucho para ofrecer: amor propio, atrevimiento y la fantasía de esos “irreverentes del toque”, según las crónicas de aquellos días.
Ese equipo fue moldeado por Argentino Geronazzo, que se marchó antes del comienzo del campeonato. Interinamente, lo dirigió Juan Manuel Guerra, hasta que fue nombrado Francisco Pizarro, que por diferencias con algunos futbolistas renunció antes de las semifinales, y el plantel quedó en manos de Víctor Rodríguez. El campeón fue la mixtura de un arquero como Eliseo Petrocelli; dos centrales técnicamente óptimos como Abel Pérez y Angel Hugo Bargas; la entrega incansable de Raúl Poncio y Leonardo Recúpero en la mitad de la cancha; el Manija Juan Carlos Puntorero, siempre con la pelota bajo la suela para tirar caños: la magia cerebral de Angel Marcos (figura en el fútbol francés), que sacaba conejos por la derecha del ataque; los goles del Cuza Rodolfo Orife y la potencia del Tanque Horacio Neumann (jugó en Colonia, de Alemania). Y como alternativas de ataque, Carlos María García Cambón y Juan Antonio Gómez Voglino.
A los 12 minutos, Neumann abrió el marcador de media vuelta. Trebucq marcó el empate, pero nuevamente el Tanque puso el 2-1 con un zurdazo impresionante. En el segundo tiempo, Marcos estampó el 3-1 con dos enganches y caño incluido. Imborrable. Y a los 11 minutos, Frassoldatti selló el 4-1. El festejo fue para los menos. Un alarido entre los grandes. Este mismo equipo gambeteó el descenso en el Metropolitano de 1970, y un año después estuvo a poco de repetir la hazaña, pero por la venta de Marcos a Nantes, Chacarita relegó posiciones y quedó a cuatro puntos de Independiente, el campeón.
Con el descenso de 1979, comenzaron las penurias. El golpe más duro lo recibió un año después, cuando perdió la categoría y tuvo que pelearla desde la C. Pero enseguida ascendió, junto con Lanús, y luego, en 1983, subió a primera de la mano de Juan Manuel Guerra, con quien también ascendería en 1994, de la Primera B al Nacional B. En 1999, después de 13 años, regresaría al fútbol grande con Héctor Rivoira como DT. El mismo que hoy, en la B Nacional, comanda el sueño por volver a ser el que fue. A lo largo de su vida fue una demostración de fe inclaudicable. Ayer, la barriada estuvo excitada. Hubo familias, banderas, fuegos artificiales, murgas, payasos, euforia, grito descontrolado, baile y lágrimas. Porque Chacarita es eso, y hay que entenderlo así.


