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Cerca del mediodía, el barrio Rivadavia, en el Bajo Flores, demuestra un ritmo de sábado, lento, cansino, como aletargado por el sol del novato invierno. Frente a la plaza, donde confluyen las serpenteantes calles del vecindario, se encuentra el Centro de Atención Familiar N° 3. Allí, chicos carecientes de distintas edades se preparan para un día inolvidable. Para algunos será el debut en un estadio de fútbol, para la mayoría será el día en que por primera vez disfrutarán en una cancha con una selección argentina, en este caso la Sub 20.
El agua jabonosa va lamiendo las persianas de los comercios que están desperezándose y arroja sobre la vereda un río de cigarrillos marchitos. Janet Lucía Coronel, de 9 años, se adelanta al paso de su mamá y va hacia el encuentro de su prima Jessica Alejandra Guzmán. Esquivando charcos se desesperan por alcanzarse. "Yo soy hincha de Boca por mi mamá y por mi papá, pero también soy de River por mi prima. Hoy vamos a hinchar juntas por la selección", comenta con voz apurada.
La ansiedad amanece antes que la actividad. De las veredas desparejas, zigzagueando entre cascotes y raíces eternas, aparecen los grupos de chicos. Los albañiles comienzan a apilar los primeros ladrillos en casas a medio hacer mientras remolinos de picardía deambulan alrededor de los ómnibus que los llevarán hacia el estadio de Vélez. Como tantos otros chicos sin recursos de la Capital Federal, los del barrio Rivadavia son conscientes de que vivirán un día distinto.
En medio de una improvisada rueda de mate entre padres y colaboradores del Centro de Atención, se reparten las entradas a cada uno de los chicos. En cada partido del seleccionado Sub 20, la AFA y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires distribuyen 5000 localidades entre los centros comunitarios y las escuelas. Salvo en las semifinales y en la final, ya que en esas instancias se entregarán 2500.
El viaje hacia Liniers comienza con media hora de retraso. La Nación comparte el traslado. Gritan los cánticos de cancha y luego siguen con los clásicos de la cumbia villera , como les dicen.
Por unos minutos se olvidan de la escenografía de todos los días. De las travesuras cotidianas en la escuela, en el comedor infantil o en el gimnasio del barrio. Sus acelerados gritos obedecen a una excitación novedosa. En definitiva, lo que enseñan sus ojos inmensos luego se pone en marcha con el corazón.
Cuando llegan al estadio de Vélez todos se amontonan sobre las ventanas que dan a la vereda. Se sorprenden por la inmensidad de cemento que se les presenta de golpe y por la cantidad de gente que hay alrededor. "Don, mire la gente que hay. ¿Toda esta gente va a entrar con nosotros en la cancha?", pregunta Julio César Pereyra, de 12 años, identificado por sus compañeros como Piraña, hincha de San Lorenzo y admirador de Fabricio Coloccini.
Con orgullo exhiben sus entradas al ingresar en la cabecera oeste. Tanta sorpresa demora el acomodamiento en las butacas de plásticos. Janet y Jessica saltan con cada gol argentino con una felicidad contagiosa. Cristopher Caliva, de 8 años, comenta: "Es la primera vez que veo a la selección. Aparte, nunca me tocó estar en un partido con tantos goles".
Saltan, gritan, se hacen bromas y corren para todos lados. El final del partido se dispone a cerrar una tarde de ensueño. Aplauden por el triunfo argentino y se preparan para el regreso. Se hacen comentarios a los gritos, como lo hicieron durante todo el día, y van hacia sus casas. De nuevo en el barrio, saturan a los padres con sus anécdotas.


