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SEUL.– Se mueven de manera desinhibida. Con los pelos teñidos y el infaltable celular en la mano. Jeans, zapatillas y remeras es el vestuario más repetido entre los adolescentes. La minifalda es para unas pocas. Los aros, para muy pocos. Y si bien he visto un par de punks, debo reconocer que son más los hip hop, esos jóvenes que se identifican con la música parecida al rap y visten pantalones anchos, amplias remeras de béisbol y zapatillas inmensas.
La relación es como la de todo adolescente. Se mueven en grupo entre los paraguas que utilizan las señoras mayores para protegerse del sol; estudian de día, salen de noche; no todos hablan inglés y el subte es el medio de transporte que más los convence. Las mujeres se caracterizan por caminar de la mano y los hombres no ven la hora de que empiece el Mundial. Spiderman (El Hombre Araña) es la película del momento y Myeong-dong el punto de encuentro más concurrido.
Por decenas se cuentan las parejas de novios, que tienen la particularidad de no besarse en público; y no hablamos de besos apasionados, sino de simples muestras de cariño en las mejillas. Apenas se toman de la mano o entregan alguna caricia.
Ante singular comportamiento, mi inquietud fue trasladada a una de las voluntarias que trabajan en el centro de prensa del local, quien inmediatamente se puso colorada y lanzó una tímida carcajada, que le permitió tomarse unos segundos antes de dar la respuesta.
“Es que aquí está mal visto. Es muy difícil ver a novios besándose en público, aunque cuando están solos la historia es diferente. Es una cuestión de costumbres y esto no sólo pasa en Corea, sino en la mayoría de los países asiáticos”, comentó Lee, aún ruborizada.
Esta costumbre también se traslada a las series televisivas locales, en las que encontrar a dos jóvenes besándose es tan difícil como toparse con un coreano con bigotes. No sucede lo mismo con las series norteamericanas, cuyos actos amorosos no son censurados.
Pero la carencia del beso no es la única diferencia que distingue a los coreanos de los adolescentes occidentales. Fumar es otra. Si bien es más sencillo cruzarse con algún varón con un cigarrillo, resulta prácticamente imposible individualizar a una mujer fumando. Aunque cuando el sol se pierde y las adolescentes se reúnen en la casa de alguna amiga o en los boliches, la historia es diferente...
Saab, es una de las tantas discos del barrio Hongik University. Es pequeña y la música tecno y el hip hop le ponen ritmo a la noche que tiene como invitados a varios marinos norteamericanos. La Budweiser le gana la pulseada a la coreana Cass, los novios mantienen la costumbre de no besarse, y el humo del cigarrillo pinta un ambiente distinto, que no sé si está relacionado con la libertad o la rebeldía. La mayoría fuma, y, o casualidad, las mujeres lo hacen en mayor proporción. “A los mayores no les gusta que fumemos y por eso no lo hacemos en público o delante de algún conocido de nuestros padres. De a poco esto va a cambiar y creo que cuando nuestra generación sea mayor no existirá tanta represión”, dijo Goyi, de 22 años, mientras daba una nueva pitada a su cigarrillo made in Corea, ya que son muy pocas las marcan internacionales que se venden. Tan distinto es el mercado, que la única referencia a la marca Marlbolo la noté en la televisión, a través de la Ferrari durante el Gran Premio de Mónaco de F.1.
La noche se cierra. El humo se dispersa y los novios se marchan. Les espera un nuevo amanecer, lejos del humo y de los besos.

