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Cinco minutos. Recibe la pelota en la línea del área. Está dentro de la "gabbia", la jaula italiana de la que no había podido salir en San Siro. Lo rodean bien de cerca cinco rivales. Los medios Ambrosini, Montolivo y El Sharaawy le miran el número. Los defensores Zapata y Mexes le miran la cara y salen a asfixiarlo. Tiene menos de medio segundo para controlar y patear. Si demora una décima más, la pelota rebotará en uno de los centrales que achican para bloquearle el tiro. Aprovecha esos ínfimos cinco centímetros de distancia entre las líneas. Suave y al segundo caño, la deja colgada del ángulo. Abbiati, el mueble que aprendió a volar de grande, ejerce de estatua. Sus compañeros lo tapan con abrazos. A él sólo le interesa que Milan saque del medio para que el partido siga.
Todavía no alcanza. Un ratito más tarde, se disfraza de torre inglesa y le sirve de cabeza un balón a Iniesta, que hace volar a Abbiati. Se le nota la furia en el rostro, como nunca antes. Siente la sed de revancha, ese combustible infalible para motivar a deportistas y a equipos. Muy participativo, se beneficia con esos pases rasantes de 10 metros para adelante que sus compañeros aciertan como en las mejores noches. Diez de los once habían sido titulares en la final de Wembley 2011 contra Manchester United. Jordi Alba por Abidal sería el único cambio. Villa lo acompaña por el centro del ataque. Pedro está en la izquierda. Dani Alves hace la banda ancha por la derecha. Dos extremos y dos centrodelanteros. Detrás de ellos, Xavi, Busquets, Iniesta, el triángulo de gala. Mano a mano en el fondo. Presionar bien arriba para evitar las contras. Moverse todo el tiempo para ofrecer una opción de pase. Atacar con once y defender con once. El equipo está en una misión y plasma la idea casi a la perfección. Mascherano falla en un cálculo. Niang tiene la serie en su pie derecho. No es ni Pazzini, ni Balotelli. Clank. Él toma la señal. Recibe de Iniesta. Está fuera de juego, entre Mexes y Constant. Tiene más tiempo para pensar, decidir y ejecutar. Seco y al primer caño, la clava abajo. Hay festejo con la certeza de que aún no terminó su tarea.
Segundo tiempo. Hace amonestar a Ambrosini y a Mexes por sendas patadas. Es un hombre poseído, ensimismado. Esa cara mete miedo. No parece la de un ídolo de los niños. Es la de un homicida serial. Mascherano acierta en un notable anticipo. Balón recuperado. De Xavi a Villa, siempre importante. 3-0, la remontada es un hecho. Hay diez minutos de jolgorio, a puro toque. Pero un gol de Milan cambiaría todo. Por fin, muestra su orgullo de grande. Robinho entra picante. Allegri apuesta a la ley del ex con Bojan, que enseguida muestra su desborde made in La Masía. De golpe, Barcelona se ve acurrucado contra Víctor Valdés. El duelo está hermoso. El fútbol se inventó para estos partidos. Arde el whatsapp de Vilanova. Roura pone ladrillos en la pared. Alexis entra para ayudar a Alves en la derecha. Adriano por Pedro para marcar a Abate, devenido wing. Línea de cinco defensores, si así lo pide la jugada. Cierre milagroso de Alba. Puyol saca a todos para adelante. En el minuto 90, el equipo provoca un fuera de juego achicando en el círculo central. Segundos más tarde, el líder recupera una pelota a 70 metros del arco rival. Conduce el contraataque. Alexis premia el último pique de Jordi Alba. 4-0. Lo pedís, lo tenés. Como en la radio. Ahora sí, misión cumplida. Omnipresente, más Michael Jordan que nunca, Lionel Messi lo hace una vez más. Para salir de una jaula, nada mejor que comportarse como una fiera asesina e indomable.




