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SAN PABLO (De un enviado especial).- Franco Costanzo atajó un penal decisivo, el primero de la serie que anteanoche River le ganó a San Pablo por 4 a 2, tras la derrota por 2-0, para llegar a la final de la Copa Sudamericana. Eso, sumado a una actuación muy buena durante el partido, lo transformó en la figura ante los brasileños. Pero la historia del héroe millonario en la noche paulista no está escrita con los códigos del ambiente del fútbol, sino en silencio, lejos de las luces del éxito.
Sería muy bueno que él contara con sus propias palabras qué siente, cómo se emociona, si se pone nervioso, si se agranda en las difíciles, si siente el agotamiento físico o si festeja a rabiar los triunfos. Pero Costanzo no habla con la prensa, y esas sensaciones quedan sólo para la intimidad de sus afectos o para sus compañeros de equipo.
Costanzo tomó esa decisión porque no está de acuerdo con las costumbres del mundo de la pelota. Es de esos personajes que parecen extraídos de otro lado y que, misteriosamente, alguien decidió que fueran futbolistas. Muy respetable, aunque a veces le cueste hasta sonreír o saludar. Si pudiera, evitaría los mínimos diálogos.
El arquero sabe que esa decisión tiene algunos costos. Por ejemplo, no ser más popular por medio de la promoción que resulta de la exposición en los medios, u obtener importantes contratos de publicidad, teniendo en cuenta que las chicas mueren por su imagen de galán desalineado. Pero él prefiere sostener la intimidad de su mundo.
Costanzo, de 23 años, no siempre fue así. Cuando pasó por los seleccionados Sub 17 y Sub 20, todavía tenía el pelo corto y hasta se permitía hacer producciones fotográficas, como la que hizo para LA NACION antes del Mundial Sub 17 de Egipto 97. Hoy, eso es una utopía.
Sus padres y su hermano menor siguen en Río Cuarto, mientras que su hermano mayor vive en Buenos Aires. Costanzo mantiene los afectos de la infancia, entre ellos Pablo Aimar (hoy en Valencia) y Guillermo Pereyra; suele irse de vacaciones con sus amigos y siempre se adapta a las posibilidades de ellos.
En su tiempo libre le da rienda suelta a su pasión por el cine, el rock y la lectura. Franco, que se crió en una familia de clase media, comenzó la carrera de medicina, pero abandonó por el fútbol. Lleva el pelo largo, no se peina y se lo corta muy de vez en cuando. No le interesa demasiado la imagen; suele andar con la barba crecida y no le preocupan los dictados de la moda. Así y todo, siempre hay chicas esperándolo a la salida del vestuario para sacarse fotos con él.
En su carrera pasó varios sinsabores. A pesar de que muchos dicen que es el predilecto de Marcelo Bielsa, sólo disputó un partido en el equipo mayor, el 16 de julio último, ante Uruguay (2-2). En septiembre de 2001, ante Palmeiras, en el Monumental, sufrió la rotura de ligamentos de la rodilla derecha. Se recuperó y estuvo en el banco durante algunos partidos del Clausura 2002 que ganó River, pero descubrieron que un ligamento se le había deshilachado y fue sometido a otra intervención. Volvió ante Emelec, por la primera rueda de la Copa Libertadores, el 17 de abril último; recuperó la titularidad en el Clausura 2003, ante Boca (2-2), y ya no la abandonó.
Para mucha gente del fútbol, tiene un futuro enorme. A Costanzo no lo encandilan los flashes ni las cámaras, y tampoco les teme a los desafíos. En silencio, vuelve a abrirse camino. Como en la noche paulista en la que se vistió de héroe millonario y se ganó el abrazo fraterno del técnico. Pero estas cosas, está claro, no le cambian la vida.

