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Antes del presente exitoso que vive Boca desde hace ya una década, desde el superávit, de los títulos en cadena y del posicionamiento internacional, el club de la Ribera vivió, hace 25 años, un acontecimiento vergonzoso, en medio de un 1984 patético desde todos los aspectos posibles.
Esa fría tarde de julio, el Xeneize recibió a Atlanta en una Bombonera semihabilitada, por le fecha 15 del Campeonato Metropolitano de Primera División. Como ambos equipos coincidieron en sus colores, se realizó un sorteo para determinar cuál de los dos debía cambiar su casaca. Boca perdió ese sorteo (y también el partido, por 2 a 1), pero el club estaba en tal desastre financiero, que ni siquiera tenía camiseta suplente.
La "solución" fue utilizar camisetas blancas, sobre las cuales los utileros les pintaron los números a mano, y con rapidez. La leve llovizna terminó por consumar el bochorno: los números se fueron despintando con el correr de los minutos (y de las gotas) y en los últimos instantes del primer tiempo ya nadie distinguía qué número tenía cada uno. En la segunda mitad, Boca usó su casaca tradicional.
Hoy, sólo un cuarto de siglo después, cualquier tipo de crisis resulta completamente menor si se la compara con la que ocurrió por ese entonces, cuando Boca tocó fondo y se salvó, gracias a la posterior gestión de Don Antonio Alegre y Carlos Heller, no sólo del descenso, sino de la desaparición como club.



