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Justo que ayer Juan Román Riquelme volvió a entrenarse en Boca y luego de haberse jugado la 1a fecha del torneo Final, la pregunta invita al debate: ¿cuántos conductores hay? Jugadores habilidosos hay muchos; talentosos de esos que son capaces de ganar un partido con alguna genialidad, que pueden ser vistosos en el uno contra uno o que tengan una buena pegada, también. Pero "conductores" es más abarcativo. El término no sólo está ligado a su condición técnica y a su posibilidad de desequilibrio en lo individual, sino en lo que pueda influir en relación a todo el equipo, en el contagio que pueda generar desde el estilo y la forma de atacar o defender, según requiera la circunstancia; en la orden precisa a un compañero para acomodar el dispositivo táctico o en marcarle un error puntual sin necesidad de decir una sola palabra. Otro ítem es la personalidad, que se puede nacer con ella o desarrollarla durante la carrera, para ponerse el equipo al hombro en momentos complicados y hacerse cargo no sólo de sus responsabilidades, sino en forma conjunta de las de todo el equipo.
La experiencia tiene que ver y por eso los últimos grandes referentes del fútbol argentino en la materia de "conductores" son Riquelme y Juan Sebastián Verón. Ellos se encargaban de hacer fácil lo difícil, de limpiar la jugada con un simple pase, de asistir a los compañeros menos pensados, de sorprender ejecutando rápido una falta, de vulnerar hasta al arquero más preparado con un tiro libre al ángulo, de hacerse fuerte con (y sin) la pelota. Los conductores no desaparecen nunca de los partidos. Aunque el balón no pase por ellos, marcan el circuito necesario de acuerdo a lo que está pidiendo la acción. Sabían (saben) manejar los tiempos, hacer la pausa justa para que un compañero pase al ataque. Hasta se daban el lujo de declarar ante los micrófonos que si el rival les hacía marca personal los beneficiaban, aunque muchas veces no era cierto. Y cuando la pelota estaba en su defensa ellos ya se ubicaban para fabricar el próximo ataque.
Leandro Paredes es joven, hay que darle tiempo y enseñarle. Pero estará en él ser inteligente para saber escuchar los conceptos que lo harán mejor. Durante la pretemporada, Bianchi le puso una pechera verde, distinta a la que tenían los titulares de Boca, para obligar a los compañeros (y obligarlo a él mismo) a que entre seguido en juego. En el partido posterior a este ensayo, ante Independiente, el Nº 10 se involucró más pero al siguiente, con River, estuvo lejos de lo esperado y, ante Quilmes, también. Muchas veces les hacía señas a sus compañeros para que le den la pelota, pero siempre estaba marcado o no ofrecía la movilidad necesaria para generar el espacio y poder recibir. En la misma situación de Paredes, con matices, están Fariña, Lanzini, Mugni, Chávez, Pablo Hernández, Alan Ruiz, Pérez García y Botta, con más explosión y desequilibrio en lo individual que participación colectiva constante. Grazzini, Rolle y Alexis Castro, con más rodaje, son demasiado intermitentes.
Hoy, quien más se aproxima –por características, personalidad y capacidad– a la definición de "conductor" en la Argentina es Román Martínez. Inteligente para ver pases donde los demás ven callejones cerrados, técnicamente lúcido para tocar e ir a buscar, para entender que la movilidad es clave para volver a ser alternativa de descarga y darle la posibilidad de pase a un compañero. También puede destrabar el partido con un remate desde afuera del área y advierte si algún compañero está mal ubicado o desequilibrando la estructura del equipo. No le tiene miedo al roce. Sin embargo, en el debut de Estudiantes fue suplente. Leandro Romagnoli, en San Lorenzo, también entra en una clasificación privilegiada, aunque las lesiones le vienen jugando una mala pasada. David Ramírez fue más discontinuo. Federico Insúa se fue adaptando a las necesidades de Vélez, ya sea jugando suelto o como volante por la izquierda en un 4-4-2 y, a su manera, se mantiene vigente. Clase le sobra. Rolfi Montenegro abre la incógnita sobre si hoy puede ser más pensante que explosivo en Independiente. Se verá. Lo cierto es que el fútbol argentino tiene muchos jugadores habilidosos, pero "conductores", "distintos" en la influencia global, muy pocos.

