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MANAOS, Brasil (De un enviado especial).- De la risa, a la decepción. Del buen trato, a los gestos desafiantes. Del crack de Real Madrid, al pálido jugador de Portugal. Cristiano Ronaldo vivió una tarde noche amazónica para olvidar. Contra todo y todos. Sufrió el intenso calor de esta ciudad, la frialdad de sus compañeros y los silbidos de la mayor parte de los 40.123 espectadores que colmaron el imponente Arena Amazonia. canchallena.com hizo un seguimiento minucioso del siete luso.
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Cristiano Ronaldo está poseído por su publicitaria sonrisa. Sólo transmite seguridad y confianza, un sello en su carrera. Saluda al capitán rival. También lo hace con Néstor Pitana -el árbitro del partido. Y comienza, uno por uno, a arengar a sus compañeros. Es "el" partido de Portugal en el Mundial Brasil 2014. ¿Será "el" partido de la reivindicación del portugués?

Los equipos ingresan a la cancha bajo una ensordecedora ovación. Él se desprende del niño que lo acompaña y da tres saltos dentro del campo. "Acá estoy yo", da a entender. Pero sabe que las cámaras están sobre su imagen, también sabe lo que sufrió Lionel Messi la desatención con el pequeño que lo quiso saludar en el Maracaná, el día del debut. Por eso, vuelve sobre sus paso para agarrarle la mano. Le dice algo y continúan caminando.
Están por comenzar los himnos. Los once portugueses se unen en un sentido abrazo a lo largo. Él entona una y cada una de las estrofas del himno, al tiempo que completa los espacios instrumentales luciendo su dentadura. Se retroalimenta, se potencia. Sobre el cierre de la canción patria, asoma por detrás de sus compañeros y, al mejor estilo Maradona en 1990, lanza un grito alentador. Luego, vendrán las risas en el sorteo con Pitana, la foto de protocolo y el pitazo inicial.
Tarda cuatro minutos en despertar el delirio del público. Un enganche, otro y uno más, para dejar en el camino a cuatro norteamericanos y descargar hacia atrás. Fue la ovación. Singular, claro: no hubo otra más. En la cancha, y sin mostrar rastros de su problema en la rodilla, tiene mucha movilidad. Por momentos, es un extremo izquierdo. Por otro, un nueve bien definido. Hasta llega a pararse de enganche, justo donde le gusta moverse a Juan Román Riquelme.

Su rostro no muestra signos de sufrir el calor, aunque él en reiteradas oportunidades se hincha sobre sus rodillas. La desconexión con sus compañeros, luego del tempranero gol, empieza a denotar fastidio sobre sus gestos. Con el paso de los minutos, también incorpora los brazos para hacer sentir su malestar. Contra los lusos, contra los rivales, contra los árbitros. Contra todos.
Los dos goles de Estados Unidos son el detonante. Los abucheos del público cada vez que entra en contacto con la pelota, un condimento más. Ya es otro Cristiano Ronaldo. No, el de la risa publicitaria no es. Tampoco, el líder emocional del equipo tampoco es. Sí sigue siendo el único medio que puede llevar a Portugal a un empate, a salvarse -aunque sea por unos días- de la pronta eliminación.
Pero falla cabezazos. Los remates salen desviados. El tiempo lo apremia y no encuentra el camino. Hasta la última jugada, eso sí. En su única acción que generó realmente peligro para el arco norteamericano, Cristiano Ronaldo sacó un exquisito, preciso y certero centro al corazón del área, para que Silvestre Varela ponga el 2-2 definitivo.
Pitana marca el final del partido. Y él se desploma sobre el campo de juego. Agacha la cabeza en busca de respuestas que no va a encontrar. Las matemáticas aún le dan vida a Portugal en la Copa, pero su actitud lo dice todo: "Estamos afuera". Pero con los cracks nunca hay que relajarse. Tal vez, en la última fecha ante Ghana, vuelva a aparecer la sonrisa publicitaria.



