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River dejó de ver al futuro repetir el pasado. Necesitó tocar fondo y vivir una pesadilla tan dolorosa como antinatural para aprender de los errores. Sufrió, se embarró, luchó y se desahogó. Pasó 363 noches en la B Nacional sin pegar un ojo. Pero regresó más fuerte que nunca para descansar en el mejor de los laureles. Resurgió de las cenizas. Cambió su imagen. Dejó atrás años de penurias, cachetazos y saqueos. Reconstruyó toda su estructura para volver a creer. Ganó mucho más de lo que imaginó. Y hoy puede exponer con orgullo aquella bandera que un premonitorio hincha desplegó en el momento más triste de la historia: "Me verás volver y te arrodillarás".
Nada queda del aquel viejo River que parecía desvanecerse el 26 de junio de 2011. La recordada fecha fue únicamente la gota que desbordó un vaso repleto de problemas que llevaron al club a la debacle total entre las presidencias de José María Aguilar (2001-2009) y Daniel Passarella (2009-2013), dos presidentes que dejaron el cargo siendo investigados por administración fraudulenta y anomalías constantes.

Así, el club vivía con gestiones deficitarias, sobreprecios en la ejecución de obras, contratación de barrabravas como empleados del club sin contraprestación, irregularidades administrativas por alteraciones en el libro de actas con los traspasos de los jugadores, contratos sin cumplir, firmas apócrifas en contratos, entrega de facturas sin respaldo legal, empleados sin cobrar en tiempo y forma su sueldo, cheques librados sin fondos y facturas truchas.
Un mundo oscuro y tenebroso que fue carcomiendo a un gigante del fútbol sudamericano hasta dejarlo en el fondo más profundo, afectando directamente al rendimiento del equipo profesional, con altibajos constantes en los torneos locales (solo se lograron cuatro títulos y el ascenso en 12 años), una débil presencia internacional, angustiantes derrotas frente a Boca, planteles desvalorizados con futbolistas de medio o bajo nivel, directores técnicos sin espalda ni buenos resultados y un inexistente proyecto futbolístico con constantes cambios de rumbo que derivaron en el fatídico descenso.

Hace más de ocho años, la primera decisión para recuperar la memoria de lo que supo ser un club modelo fue volver a las bases, con entrenadores que supieran lo que significa el lugar de privilegio: Matías Almeyda fue el sufrido conductor para lograr el rápido ascenso; Ramón Díaz empezó a construir el plantel multicampeón y logró los primeros dos títulos; y Marcelo Gallardo fue el estratega multifacético que pateó el tablero y cambió la historia para siempre.
Los tres nombres fueron vitales en la reconstrucción. Pero Gallardo se llevó el premio mayor: por su trabajo en los últimos cinco años que sigue más vigente que nunca, se transformó en uno de los máximos ídolos de la historia. No solo por haber eliminado cinco veces consecutivas a Boca en definiciones directas, haber conquistado 10 títulos (siete internacionales y tres locales) y estar a un partido de conquistar la tercera Copa Libertadores en cinco años, sino también por la renovación y revolución absoluta que realizó en la institución.

El actual entrenador, un líder por naturaleza, es el gran artífice del exitoso presente futbolístico al haber construido un equipo que logró sostenerse con una clara idea de juego a lo largo del tiempo pese a los cambios de apellidos. Pero su mirada va más allá de lo que ocurre en el terreno de juego: fue uno de los grandes impulsores de la renovación del predio de Ezeiza que hoy se llama River Camp, desarrolló un plan estructural para reformar y potenciar las categorías infanto-juveniles que se está llevando a cabo, se puso al frente de la remodelación de la concentración del Monumental, colabora activamente con la Fundación River y está al tanto de toda la vida social del club.
Aquel consejo de Enzo Francescoli a Rodolfo D'Onofrio para buscar al Muñeco tras la intempestiva salida de Ramón en mayo de 2014 terminó siendo el puntapié fundamental de la reestructuración que se inició en diciembre de 2013 tras las elecciones que ganó el actual presidente. Con aciertos y errores, la estructura dirigencial refundó al club desde todas sus áreas y apostó fuerte a la profesionalización de la conducción del fútbol de primera e inferiores.

A partir de una gran relación que se formó entre el cuerpo técnico y los dirigentes, mantener una misma línea de trabajo fue un punto fundamental. Y juntos se prometieron cumplir con la promesa de campaña: "River vuelve a ser River". Se equivocaron. River no volvió a ser River. River hoy es más de lo que era antes. Todo cambió. Ya nada es igual.



