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Si la confiable exhibición ante Independiente, por la Copa Sudamericana, hacía presumir que el parate futbolístico le había permitido a River reconstruir su imagen de equipo poderoso, Quilmes lo devolvió a su impiadoso complejo de identidad: otra vez víctima de la confusión, presa del enredo defensivo y la anarquía conductiva. Entonces, la escala en Avellaneda se redujo a un espejismo porque el conjunto de Núñez retomó esa marcha a los tumbos que vuelve insostenible cualquier sueño de campeón. Ahora River es la imagen de la desolación, tanto que sólo un pasaje de infantilismo en los visitantes lo rescató de otra evidente derrota.
Apenas 38 segundos se disputaban cuando el estatismo de la retaguardia millonaria frente a un tiro libre cruzado de Benítez desde la derecha -la falta la había cometido Virviescas- permitió la apertura de Herbella. Y desde la inseguridad en el traslado del balón, River se mareó ante ese Quilmes tan concentrado como ordenado, atento a aprovecharse de cualquier distracción. Como la libertad que tuvo Benítez para enviar otro centro pasado que inexplicablemente Virviescas definió con sutileza sobre su arco. Con rotundos fracasos individuales -Montenegro, desconocido- River no inquietó ni una vez a Pontiroli.
Las modificaciones que ensayó Manuel Pellegrini en el comienzo de la segunda etapa renovaron el impulso. Pero el equipo mantuvo la ceguera futbolística. Después de una hora de tiempo neto de juego, aún River no había creado ninguna situación de peligro. Quilmes tenía el partido controlado. Pero por un par de minutos se apartó de ese libreto prolijo y cuidado para propiciar su propio descalabro. Seguramente sin proponérselo, los visitantes se apiadaron de ese River desconcertado, a la deriva del impaciente rechazo popular. Entonces Rodrigo Braña se complicó en un despeje sencillo, cerró para adentro y le entregó a Fernando Cavenaghi el descuento.
Y de inmediato llegó el reparto de expulsiones, todas correctas por cierto, como para no intentar lavar culpas en el arbitraje de Rafael Furchi. Porque Saavedra -había sido amonestado en el primer tiempo por una falta a Ludueña- derribó al Chori Domínguez luego de varias infracciones menores y fue justamente penado. Después, Ariel López y Camps sentenciaron a su equipo, dilapidaron la victoria que laboriosamente había edificado Quilmes, con una bochornosa escena de patoterismo que terminó con ambos fuera de la cancha. Como debía ser.
Desde allí y hasta el final se jugaron 22 minutos que les alcanzaron a los locales para que el Chori Domínguez llegase al empate. Pero la igualdad golpeó como una derrota. Por la hibridez del juego, porque River quedó a nueve puntos de Boca que parecen indescontables y porque los hinchas picaron en el trampolín de la decepción para despedir al conjunto bajo una hiriente cortina de silbidos. Quilmes festejó escudándose en el heroísmo de la resistencia. Cuando abandone el victimismo se dará cuenta de que despilfarró la oportunidad -como en 1982, cuando ganó por 3 a 2- de hacerse patrón del Monumental. Perdieron los dos, aunque lo sufren distinto.
El equipo de Núñez estaba perdido, pero, primero, un error de Braña facilitó el descuento, y después, las tarjetas rojas para Saavedra, Ariel López y Camps derrumbaron la buena actuación de los visitantes
EL HISTORIAL
Pasaron más de 11 años
River y Quilmes no jugaban desde el 5 de julio de 1992, por el torneo Clausura; esa vez ganaron los millonarios por 3 a 1.
LO INSOLITO
Tres expulsados en el banco
Entre las expulsiones de Saavedra, López y Camps y el final hubo 22 minutos. Los tres siguieron el cotejo desde el banco.
EL DATO
Un partido tras otro
Desde ayer comenzó para River una seguidilla de partidos que encadenará 12 encuentros en los próximos 42 días.
LO CURIOSO
Dos recuerdos bien distintos
Mientras los hinchas de Quilmes le tributaron una ovación a Vivas, silbaron cada intervención del Chori Domínguez.



