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En la Inglaterra de los años ?80, los hooligans eran una cara "indeseable" de la "revolución conservadora" de Margaret Thatcher. Ellos, pero también otros muchos miles de hinchas que iban a las canchas, eran "animales" que debían ser tratados como "animales". Hasta que estalló Hillsborough, la tragedia que marcó una bisagra en la historia del fútbol mundial y cuyo vigésimo aniversario se recordó la semana pasada. Hinchas de Liverpool, el mismo club cuyos hooligans habían provocado en 1985 la masacre de Heysel, que mató a 39 hinchas de Juventus, pugnaron el 15 de abril de 1989 por ingresar a una tribuna que ya estaba colmada. Noventa y seis de ellos murieron aplastados, casi todos por asfixia. "¡Otra vez estos hooligans!", fueron las primeras reacciones. Pero un informe final del juez Peter Taylor estableció que los hinchas no habían sido los responsables. Que la tragedia fue obra de increíbles errores de la policía. Los juicios posteriores, sin embargo, no arrojaron ninguna condena. Por eso, el pasado no pasa para los familiares de las víctimas, que el miércoles último, en plena ceremonia recordatoria, interrumpieron el discurso del ministro de Cultura, Medios y Deporte, Andy Burnham. "¡Justice for 96!", cantó durante dos minutos enteros una multitud de 30.000 personas. El gobierno aceptó finalmente, el domingo pasado, que abrirá los archivos policiales del caso diez años antes del plazo legal. "Ya no pedimos justicia -dijo Margareth Aspinal, familiar de las víctimas-, pero, al menos, queremos que nos digan la verdad".
"The truth" (la verdad) fue el titular gigante que publicó en su portada el diario The Sun tres días después de la tragedia. En letras catástrofe, The Sun habló de "hinchas borrachos que echaron a patadas a los policías, robaron a las víctimas e, incluso, orinaron sobre sus cadáveres". La crónica contó, además, que hubo hinchas que abusaron sexualmente de una joven muerta. La versión había sido difundida por fuentes policiales. La infamia fue demolida por el informe del juez Taylor. Esas mismas fuentes, tal vez, fueron las que luego destruyeron numerosas pruebas que desnudaban la negligencia de una policía que primero dejó entrar a los hinchas de Liverpool al matadero y luego les cerró las puertas hasta que se ahogaron. La policía, que acaso en su odio a los hooligans temió una invasión de campo, trabó los accesos al césped y prohibió el ingreso de las ambulancias. El dislate quedó impune porque la justicia estableció que los hinchas ya habían muerto en la tribuna, incluyendo al niño de diez años Jon-Paul Gilhooley, primo del hoy capitán del Liverpool, Steven Gerrard. Las preguntas son muchas, pero las imágenes de hinchas desesperados que se ven en la Web, clamando por ayuda mientras la policía hace guardia impasible, son de una violencia brutal.
Dice Adrian, sobreviviente de la tragedia: "Ya veinte minutos antes de que empezara el partido comenzamos a sentir pánico. Sólo podía mover mi cabeza, mis ojos y mi boca, no más. Había gente parada ya muerta alrededor mío, otros gritaban por ayuda, y otros «nadaban» por encima de la gente, escapando para trepar la reja. Increíblemente empezó el partido y yo me sentía en un túnel hacia la muerte. Crucé mi mirada con la de un policía. "¡Ayúdanos!", alcancé a decir y él se rió." A Michael, otro sobreviviente, un policía le dio un beso en la frente creyéndolo cadáver. Y una persona que lo había cacheteado en la tribuna para que no se rindiera le dijo al reencontrarlo unos días después: "Cuando te vi la última vez estabas muerto". La semifinal de Copa Inglesa ante Nottingham Forest comenzó, pese a todo. A los cuatro minutos, Liverpool estrelló un tiro en el travesaño. Y la tribuna, sacudida ante la inminencia del gol, registró una ola de muerte. Dos minutos después, un policía entró al césped y el partido quedó suspendido. Tony Edwards conducía la única de las 44 ambulancias que pudo ingresar en el campo de juego. "La policía decía que no podíamos entrar porque los hinchas se estaban peleando. Los mandé al carajo y me encontré con el desastre."
El esposo de Jenny, un enfermero psiquiátrico, también sobrevivió a Hillsborough, pero jamás pudo recuperarse. Se ahorcó en el garaje de su casa hace poco más de dos años. En los días previos, contó Jenny, su esposo estaba alterado porque había escuchado por TV a Kelvin MacKenzie. El ex editor de The Sun reivindicaba su versión de que los hinchas de Liverpool robaron y orinaron sobre sus compañeros muertos. "Cuando publiqué estas historias no eran mentira. Eran grandes historias que luego se descubrió que no eran verdaderas, lo que es algo distinto. ¿De qué tendría que avergonzarme?", se preguntó MacKenzie. The Sun , que sólo pidió disculpas quince años después, con un informe a toda página que hablaba del "error más grande" de su historia, sigue bajo boicot de los hinchas de Liverpool, donde dejó de vender unas 50.000 copias diarias y sufrió pérdidas millonarias. MacKenzie no paró allí: publicó en tapa una foto de una joven violada, escribió mentiras sobre líderes sindicales y políticos opositores a su admirada Thatcher y aseguró que Elton John pagaba a menores de edad para tener sexo, lo que le valió a The Sun una condena judicial que fijó una indemnización de un millón de libras esterlinas. En la Guerra de Malvinas, MacKenzie publicó misiles exocet que tenían dibujado el logo de The Sun y celebró en portada preguntándose "si 1200 «argies» murieron ahogados" tras el hundimiento del Belgrano. Podría tratarse de una escoria aislada. Pero MacKenzie trabaja hoy en la respetable BBC y sigue en The Sun , como uno de los columnistas favoritos de su patrón, Rupert Murdoch, el hombre más poderoso en la prensa mundial.
"The Sun was Wright, you are murderers" (El Sun tenía razón, ustedes son asesinos), se burlaron en un clásico reciente hinchas de Manchester United a los de Liverpool. Los propios hinchas de Liverpool recibieron durísimas críticas en la final europea contra Milan, de Atenas 2007, cuando miles de ellos fueron al estadio sin boleto y provocaron graves desórdenes, como si Hillsborough no hubiese ocurrido.
Hillsborough no fue la tragedia con mayor número de muertos del fútbol. Pero sí la que cambió definitivamente al fútbol inglés. La que, como dicen algunos críticos, "mató a un monstruo" (los hooligans), pero creó otro (la Premier League). El juez Taylor, al evaluar el impacto que provocaría construir nuevos y más modernos estadios para aficionados todos sentados, pidió que el precio de las entradas no subiera a más de 14 libras, a valor de hoy. Sin embargo, los boletos cuestan 40 libras o más. Los precios los fijan los nuevos dueños de los clubes, como los de Liverpool, dos empresarios norteamericanos con sede en las islas Caymán. En nombre de la seguridad, la nueva Liga inglesa de patrones y de cracks globalizados, abrió las puertas a un nuevo y diferente espectáculo, sostenido por el último contrato de 5400 millones de dólares de la TV satelital de Murdoch. Muchos partidos se juegan ya sin policía y el mayor riesgo, ironizó un hincha, es "cuánto dinero pedirá el cuidacoches cuando estaciono el Mondeo". El nuevo y gran espectáculo atrae a cerca de un treinta por ciento más de hinchas que en los tiempos de Hillsborough, cuando los clubes ingleses, que hoy dominan en Europa, tenían prohibido competir en el Viejo Continente por la violencia de los hooligans. Pero la nueva Premier League, advierten sus críticos, no sacó solamente a los hooligans de las canchas. Sus dineros obscenos excluyeron también al viejo público de clase trabajadora que había honrado al fútbol como "the people´s game" (el juego del pueblo).
¿Y Argentina? Nuestro Hillsborough fue tal vez la Puerta 12, la tragedia de 1968 en el estadio de River que mató a 71 hinchas de Boca. El drama ya se ha naturalizado en nuestras canchas. Año tras año siguen muriendo hinchas y otros miles continúan siendo tratados como animales, mientras las barras bravas viven a la sombra del poder. Pablo Tesoriere, autor de un documental sobre la Puerta 12, presentará este jueves en Buenos Aires un segundo trabajo, "Fútbol Violencia S.A." Lo apoya una enjundiosa organización de nombre elocuente: Salvemos al fútbol.




