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El tiempo le robó seis años de su vida en Parque Patricios. Dejó las calles amplias invadidas de ausencia, los adoquines lustrosos hablando de nostalgia y al gigante Ducó añorando su presencia. Aquella idolatría que se ganó en el histórico equipo campeón del 73, hoy no es más que un dulce recuerdo. El presente a Carlos Babington lo transformó en una persona poco grata para los hinchas de Huracán y la devoción mutó a una proscripción. Sin embargo, el exilio momentáneo que padece como castigo a su controvertido mandato en el club (2006-2011), no le resigna el amor que siente por el Globito, donde jugó 13 temporadas (305 partidos y 126 goles), ganó un título y obtuvo dos ascensos como técnico (1990 y 2000). "Mis sentimientos por el club no lo van a cambiar cuarenta estúpidos que comenzaron a inventar una historia para denostarme. Podrán insultarme y prohibirme la entrada al estadio, pero al hincha que tengo acá adentro (se toca el pecho) no me lo quita nadie", reflexiona, sentado en un cómodo sillón del hall del San Juan Tenis club, donde pasa la sus días y recibe a la nacion.
A los 67 años, la voz del inglés suena con una seguridad inconmovible. No muestra grietas de nerviosismo a medida que la memoria va buscando los recuerdos. El escarmiento que purga lo llena de melancolía. Piensa en Huracán y el optimismo lo invade. Dice lo que siente tratando de apoyarse en el pasado para revertir el oscuro presente. Es un hombre al que sus años de bohemia curtieron de palabras. "Hay algo de los hinchas de Huracán que nunca me gustó: tienen poco respeto por los ídolos. Este maltrato es una tremenda injusticia. El club estaba deteriorado en todos los sentidos y uno hizo las cosas como pudo, a los ponchazos", alega Babington, con el amargo sabor que genera el destierro.
Si es cierto que los destinos están señalados, el de Carlos Babington estuvo marcado a poco de nacer con Huracán. Tal vez ese chico que jugaba en la plaza Zavaleta y que era solamente hincha del club, jamás se imaginó que el tiempo lo volvería protagonista de una historia intensa en sus facetas de jugador, técnico y presidente. Ni vislumbró lo que le costaría intentar engrandecer su adoración. "Cuando sos jugador tenés una idolatría total, cuando pasás a ser técnico empieza a declinar y cuando sos presidente, si no ganás un campeonato, sos un ladrón", explica. El Inglés llegó a la presidencia del Huracán el 2 de julio de 2006, con el equipo jugando el Nacional B, y en menos de un año lo posicionó en Primera. A fines del 2008, contrató a Ángel Cappa y con un presupuesto bajísimo logró armar el mejor equipo del Globo en los últimos 43 años. Sin poder obtener el Clausura 2009, pero respaldado por el tiki tiki del entrenador, fue reelecto en el cargo con el 62 por ciento de adhesión. "Al torneo siguiente, Ángel se volvió loco, quiso armar el equipo con Bolatti y diez más. Me trajo cualquier cosa y salimos últimos", recuerda.
Sin reparar en antecedentes, en un santiamén, pasó de héroe a villano. Y aquellas costumbres que alimentaron su bohemia debieron suspenderse. Caminar tranquilo por Amancio Alcorta e ir al Ducó se volvió una utopía; visitar a su madre de 92 años, que vive cerca de la cancha, se convirtió en una odisea e ir al café de siempre se tornó un problema. Todo cambió para mal. "Fue un grave error meterme en la política del club. Perdí muchos amigos y dejé de frecuentar lugares que hacen a mi esencia", lamenta Babington, quien asume estar saliendo de un calvario.
Los ejemplos de viejas glorias que se animaron a incursionar en la política de los clubes donde brillaron son muchos en Argentina. Sin embargo los dos más emblemáticos de los últimos años -Daniel Pasarella, en River, y Carlos Babington, en Huracán-, no terminaron bien ¿Por qué? "Ser ídolo te da cierta inmunidad que, si no la administrás, corrés el riesgo de ser víctima de tu propio ego", razona Babington, quien admite que "sin plata y sin logros futbolísticos es muy difícil mantener la idolatría como presidente. A Daniel y a mí nos pasó algo parecido cuando asumimos nuestros cargos: los dos clubes estaban devastados. Y la gente no entiende lo económico, la gente quiere títulos. Si a mí alguien me putea, lo de él hay que multiplicarlo por diez", dice.
Nadie que haya sido jugador y técnico potencia como presidente la idolatría que pudo tener en el club que ama. El que se expone en Huracán, pierde
A la hora de hacer una autocrítica de sus cinco años al frente del Globo, Carlos Babington es consciente de los errores que cometió y lo poco político que fue. También, reconoce el modo personalista con que tomaba algunas decisiones. "Creí que a Huracán lo podía manejar por fuera de la política, tomando decisiones futbolísticas sin consultar", admite. Pero justifica su proscripción en un hecho puntual: la venta de Javier Pastore a Palermo, de Italia: "La gente piensa que yo traje a Pastore sin cargo y sin opción para hacer mi negocio. Y la verdad es que lo traje en esa condición porque no teníamos un mango. Pastore llegó a Huracán por obra y gracia de la amistad que yo tengo con Marcelo Simonian, su representante", explica. Y, lamentándose, agrega: "Estuve en el lugar no indicado en el momento que no era justo. Si yo no iba a la Quemita y veía al pibe Pastore jugar para Talleres, la historia hubiese sido otra. Nadie me hubiese culpado, erróneamente, de construir un edificio, y caminaría tranquilo por el barrio".
Sin embargo, el inicio de su "calvario" -según Babington-, tiene una fecha clara: 7 de julio de 2009. Ese día Vélez le ganó 1 a 0 a Huracán y se adjudicó el torneo Clausura con un polémico arbitraje de Gabriel Brazenas. "De ahí en adelante nada fue igual, caí en una pendiente que no pude remontar", justifica con dolor un momento de su gestión en el que creyó tener todo y se quedó sin nada a tan sólo siete minutos de finalizar el partido, cuando el árbitro sancionó un penal en favor de los de Liniers. "Esa tarde hubo un gol que fue legítimo y marcó offside, y un penal a un jugador de Huracán que tampoco cobró. No desconfío de la honestidad de los referees, pero esas dos jugadas dejaron a un gran equipo con las manos vacías", recuerda, ofuscado, Carlos, quien descarta la mano negra de la AFA. "Si había alguien que no quería a Vélez campeón, ése era Don Julio. Si hubo un arreglo lo hizo Vélez con la terna arbitral", denuncia.
Los equipos de Menotti y Cappa son los mejores de la historia de Huracán, Pero el del 73 fue mejor; parecía Barcelona
El apodo de Inglés, que heredó de su abuelo nacido en Londres, hoy tiene otra denominación para los hinchas de Huracán: Ladrinton lo llaman en las redes sociales y los foros partidarios. "Nadie repara que agarré un club devastado económicamente, jugando en la B, con 180 juicios en contra, con pedidos de quiebras y el estadio clausurado; que pagué más de cien demandas penales, que lo llevé a Primera y que, con muy poco, estuvimos a siete minutos de ser campeones del fútbol argentino", reflexiona Babington, quien enfrenta varias causas en la justicia por supuestas irregularidades en la transferencias de algunos jugadores. Además, la actual comisión directiva lo culpa de haber generado, en sus cinco años de gestión, un pasivo superior a los 90 millones de pesos. "Yo estoy seguro de que dejé al club con muchas menos deudas que cuando lo agarré. Tengo la conciencia tranquila y confío en mi absolución cuando llegue el juicio", aduce.
Carlos Babington, seis años después de haber abandonado el poder en Huracán, siente que está saliendo de un infierno. De a poco. Con el apoyo de sus amigos de siempre, Coco Basile, Carlos Leone y Jorge Carrascosa, y el tiempo como principal aliado, confía en que pronto todo volverá a la normalidad. Y que aquella herida que le sacó el aura de ídolo cicatrizará. "Le prometí a Joaquín, mi nieto de seis años que es fanático de Huracán, que un día vamos a ir juntos al Ducó. Ése es el gran anhelo por el que quiero que este calvario se termine pronto. Porque antes de ser jugador, técnico y dirigente, soy hincha. Eso es lo que más valor tiene, mal que les pese a muchos?", comenta el Inglés, con un temperamento a prueba de balas y un brillo esperanzador en su mirada.

