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Un día, su destreza con la pelota lo hizo ciudadano del mundo y le fijó domicilio formal en Madrid, pero para Alfredo Di Stéfano siempre habrá una parte del corazón clavada en Barracas. En Salmún Feijóo al 700 quedó la niñez feliz de la Saeta, de la pelota de fútbol y de los amigos. Como en cada regreso a la Argentina, hoy don Alfredo vuelve al barrio. Otra vez se emociona cuando, sin la ayuda del bastón, gesto altivo para entrar en su mundo de la infancia, cruza la calle que sigue siendo empedrada y se apoya en el enrejado vecino de la que era su casa. "De acá me agarraba cuando empezaba a andar en bicicleta. Tenía una con piñón fijo que me trincaba los tobillos; entonces yo me agarraba del balcón para no caerme. Cuántos y qué lindos recuerdos me trae esta cuadra..."
Ya no está la vieja panadería de la esquina. "Una vez, en Oviedo, cuando hacía poco que yo había llegado a España, estábamos dando un paseo por la mañana y oigo que me gritan "¡Alfredito, Alfredito...!". Era Jesús Menéndez, el panadero de ahí...". La chapa del 770 es una emoción en sí misma; allí estaba su vieja casa.
"Siempre que vengo a Buenos Aires paso por Barracas. Yo me acuerdo de todo, podría escribir un libro. Lo primero es el lugar donde nací, claro. En la esquina había un comité radical. Yo tenía cuatro años cuando fue lo de la revolución de Uriburu, pero lo recuerdo bien. Le tiraba de los pantalones a mi viejo del c... que tenía por los tiros que se escuchaban... En mi calle, cuando hicieron el empedrado, pusieron unos caños grandes. ¿Sabés de dónde viene la palabra "atorrante"? De unos caños que traían de Barcelona, que eran marca "A. Torrant". Recuerdo también que iba en bicicleta hasta la fábrica de galletitas Canale, que estaba enfrente del parque Lezama. Pasaban carros y esquivábamos a los caballos...". LA NACION escucha cómo desgrana recuerdos un Di Stéfano emocionado, feliz. La visita al viejo barrio es, tal vez, uno de los momentos que más lo conmueve en sus diez días a corazón abierto en Buenos Aires.
"En realidad, yo nunca pensé en ser profesional", cuenta don Alfredo. Parece un chiste, tratándose de uno de los más grandes jugadores que se hayan visto. De alguien a quien, cuando jugaba en la calle, le decían Minellita. "Yo no sabía quién era Minella. Hasta que uno me dijo: Un centrojás de Gimnasia, rubio, buen jugador, está en la selección... Los trabajadores de la fábrica me veían y decían ahí va Minellita. Fijate vos: después, con él como técnico, fui campeón en River", rememora la Saeta cuando se le pide que rescate su mejor recuerdo ligado con el fútbol.
Todo en él converge en el fútbol, por supuesto. El suyo y el de hoy. El de una época en la que reinaba por clase y por coraje. "Yo era toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno. A los hinchas contrarios los amenazaba yo: no me griten que es peor, eh..., les decía. Había algunos jugadores que tenían cementerio propio. A veces me gritaban que cuando fuera a tal cancha me iban a matar... Entonces, les decía: dame la dirección, así le digo a mi señora que me mande flores...". Eso pasaba, por ejemplo, en un clásico que en su tiempo se vivía con la misma rivalidad que hoy: Real Madrid-Barcelona. "Hacia mí, hoy hay respeto. Si vos vas fanfarroneando no llegás a ninguna parte. Pero si caminás tranquilo y te tomás un vino en algún bar, te piden autógrafos. El problema es que ahora los jugadores se ocultan. Para las publicidades no, porque ahí cobran. Pero no quieren que los vean en la calle. Yo digo que si la gente te ve diez veces, después dice: a tomar por c.. con éste".
Di Stéfano es también un lúcido seguidor del fútbol de hoy. Tiene sus preferencias y también sus aversiones. "El que se parece un poco a mí es Zidane. Por la manera de correr, por sus movimientos. Aunque yo era más rápido. El es un dominador de la pelota, es un espectáculo, tiene un guante en los pies." El francés es una estrella del Real Madrid de hoy. ¿Qué argentino deslumbró a don Alfredo entre los que últimamente hayan pasado por el equipo merengue? Pocos. Repasa con la memoria y le cuesta dar con un nombre.
-¿Redondo, tal vez?
-Sí, ése era un gran jugador. Tiene una clase muy buena. Ha sido de lo mejor que vi.
Don Alfredo enciende otro cigarrillo Marlboro Light y paladea un sorbo de whisky "cortito y al pie". En la charla ya hay un clima bien futbolero. Se mezclan los temas. Jugadores de hoy y de su tiempo. "Aquí había un chico en Independiente, Insúa, que jugaba bien. ¿Está en Málaga, no? Juega y no juega. También está la adaptación... El jugador tiene que tener personalidad para superarla. Yo escucho a algunos que dicen me voy a casa, me falta el barrio... Los del barrio no te dan un mango después". Sobre la mesa se arrojan dos nombres: Tevez y Cavenaghi. "Tevez juega en un equipo que está bien acoplado y Cavenaghi en uno que no lo está", define el Maestro.
-Don Alfredo, ¿quién fue el más grande de la historia?
-Es que las personas tienden a individualizar. Y lo que hay que ver es de qué manera hicieron rendir al equipo. Algunos resaltan, sí, pero no hay forma de medir quién es o fue el mejor. Si el nueve de Chacarita no tiene alimentación, ¿qué va a hacer? Lo que sucede es que, para cada uno, su pasado fue el mejor tiempo.
-¿Es decir que para usted no existe el mejor de todos?
-Seguro, no ha existido. En el basquetbol estuvo el Michael Jordan ése, o Miguel Jordán en castellano, que sobresalió. Pero tiene que ver con la época. Antes estuvo Alí Babá y los cuarenta ladrones -alguien acota que habla de Kareem Abdul-Jabbar-, que era un fenómeno metiendo pelotas. Todos fueron grandes, pero el mejor... Si fuera un boxeador, un tenista, puede ser. Pero el fútbol es colectivo. Acá los morfones juegan un partido bien y tres mal.
-¿Y usted tampoco fue el mejor?
-No, no. A mí no me vengan con eso del mejor...



