El adiós a Cidade do Galo, el lugar donde se forjó el sueño finalista

Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
Desde las obligaciones propias de un seleccionado hasta los partidos de truco y los asados, el búnker albiceleste es un lugar que los jugadores extrañarán; mañana se despedirán de él con la esperanza del título
Nicolás Balinotti
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10 de julio de 2014  • 23:27

BELO HORIZONTE.– Un hombre subido a una escalera se la ingeniaba para colgar los carteles que decoran la hilera de balcones del edificio que da la bienvenida a Cidade do Galo. "Viajan 23, empujan 40 millones. Hasta la final", decía uno de los mensajes, escoltado por dos soles risueños y el celeste y el blanco como colores dominantes. Hoy, 32 días después, el cartel sigue allí, intacto, apenas con una pátina de tierra, aunque con un simbolismo único.

Para algunos, la estada se habrá pasado en un parpadeo. Para otros, transcurrió una eternidad. Sobre el kilómetro 21 de la Rodovía MG 424, enclavado en un morro y alejado del ruido urbano, el seleccionado argentino se enclaustró durante un mes con una única meta: llegar a la final. Y lo logró, como si la leyenda del cartel hubiera sido un presagio.

Considerado uno de los mejores centros deportivos de Brasil, Cidade do Galo, el predio de 10 hectáreas del Atlético Mineiro, se convirtió en la fortaleza del seleccionado durante su aventura mundialista.

Al filo del cierre de la Copa, dormirán hoy allí por última vez los 23 jugadores y los más de 50 colaboradores que componen la delegación nacional, entre cuerpo técnico, dirigentes, sparrings y utileros. Para algunos, será como irse de su propia casa. La secuencia de recuerdos es infinita: entrenamientos, concentraciones, partidas de truco, asados, visitas familiares y hasta un show musical animado por el grupo Los Totoras y la Princesita Karina, novia del Kun Agüero.

A diferencia de otros equipos, la Argentina jamás tuvo un día entero sin obligaciones ni ensayos. No pisó la playa ni el casco urbano de Belo Horizonte. A lo sumo la recreación fue de media jornada, con familiares y amigos, pero siempre en el morro de Cidade do Galo. No hubo salidas fugaces a un shopping, como en Sudáfrica 2010, ni paseos turísticos como en Alemania 2006.

Tan cómodo se lo notó allí al plantel que quizá salir del enclaustro no hacía falta. En una atmósfera en la que gobierna la buena vibra y el sentido de pertenencia, el equipo se encerró en el predio, con el Mundial en la mente, casi como una obsesión.

"Es el lugar ideal, por la ubicación, las comodidades y la luminosidad. Los jugadores van de la habitación al entrenamiento, se sienten tan cómodos como en el predio de Ezeiza. Concentrar en un hotel, encerrado, con la gente agolpada en la puerta se siente más la presión y no es lo mismo. Acá se nota que están focalizados en un objetivo como no vi en otros grupos", dice a La Nacion Carlos Capuchetti, el jefe de seguridad del seleccionado en los últimos tres mundiales.

La elección de Cidade do Galo como búnker no fue casualidad. Es un refugio prohibido para la mirada espía. Pero, sobre todo, es un predio con todas las comodidades necesarias en un mismo lugar: tres plantas con dormitorios condicionados como un hotel de primera categoría, cuatro campos de juego, zonas de recreación, un sofisticado consultorio kinesiológico, vestuarios, gimnasio con piletas climatizadas, sala de masajes, sauna y una sala de prensa con capacidad para 170 personas. Un lujo.

En la cúspide del morro está el plantel. El lugar favorito de los jugadores es la sala de juegos, con metegol, pool, ping pong y un televisor de 55 pulgadas enmarcado en un arco de fútbol. El televisor tiene una consola de Play Station, un desafío clásico después de la cena. También hay una sala de cine para las charlas técnicas. Y como no podía faltar hay un quincho con tres parrillas al estilo chulengo, ubicado en una suerte de mirador que pende de una ladera. Desde allí la vista tropieza con el barrio Jardim da Gloria, el morro del otro lado de la autopista.

Julio Grondona negoció cara a cara con Alexandre Kalil, presidente de Atlético Mineiro, para el alquiler del predio.

Inicialmente, Cidade do Galo no figuraba en la lista de campamentos que había sugerido la FIFA. La negociación entre los dirigentes, según contó Carlos Bilardo en canchallena.com, duró un santiamén. La relación que se forjó desde entonces es tan buena que el Atlético Mineiro está ahora hospedado y se entrena en el predio argentino de Ezeiza a la espera del choque con Lanús, por la Recopa Sudamericana.

Aislado, en la cima de un morro, el seleccionado igualmente cautivó a los vecinos de la zona. No hubo día en el que los brasileños de los barrios aledaños no se hayan agolpado en el acceso, ilusionados con ver a los jugadores detrás de la ventanilla de un ómnibus que los saca de Cidade do Galo únicamente los días de partido o para ir al aeropuerto de Confins. Messi logró que muchos brasileños se enfunden en camisetas celestes y blancas. Lo logró él, porque casi todas lucen su nombre y el diez en la espalda.

Cuando mañana los jugadores abandonen Cidade do Galo, una gigantografía del plantel con el papa Francisco los despedirá de manera inevitable. Su ubicación no es casual: la imagen sobresale en el trayecto por donde cruzará el ómnibus oficial. Es una pendiente algo zigzagueante que parece conducir a la gloria.

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