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En silencio, casi en puntas de pie, se mezcló entre los grandes, entre los poderosos. A cuatro fechas del final, Chacarita está cuarto en el torneo Apertura, con 26 puntos, uno menos de los que logró hace tres temporadas, cuando ascendió a primera, en la que fue la mejor campaña del club en torneos cortos. El fenómeno Chacarita es una realidad. Los secretos, los motivos, la intimidad de un grupo que tiene como objetivo clasificarse para la Copa Libertadores y que, desde la humildad y una apuesta a las divisiones inferiores, sorprende a propios y a extraños.
Primer dato sorpresivo: los jugadores de Chacarita no cobran primas ni premios, simplemente un sueldo a fin de mes. El presupuesto anual, que incluye los torneos Apertura y Clausura, es de 1.300.000 pesos. Boca, por año, le abona a Guillermo Barros Schelotto 500.000 dólares.
“Pensar que nos p... cuando no traíamos refuerzos. Con dos mangos se puede conseguir una epopeya. Trajimos a Navarro Montoya y Gamboa, dos jugadores de renombre, pero que no nos nos van a esquilmar, pero la clave fue la elección de Pastoriza. Nos demostró que sabe mucho, tiene personalidad, hace asados, bromea con todos. Une mucho al grupo. Hay que saber armar un equipo con dos pesos, y los resultados se disfrutan el doble. Podríamos haber vendido a Rosada, Furios, Romero y Rivero, pero Pastoriza nos dijo que no lo hagamos, que iban a valer el triple si se quedaban. Ahora, la idea es no desmantelar lo que creamos”, explica el vicepresidente Armando Capriotti.
Otra sorpresa: sólo tres jugadores están a préstamo (Navarro Montoya, Gamboa y Pena), el resto del plantel es del club, algo raro por estos días. Todos rescatan la buena onda que existe en el grupo, que tiene como referentes al arquero y al defensor nacido en Newell’s. Las cargadas son una constante; cuentan que en un partido, Navarro Montoya quedó tendido y el árbitro se acercó para ver cómo estaba. “No lo levante, espere que llamemos al PAMI”, le dijo uno de los irreverentes compañeros, causando la risa de todos. Así y todo, el Mono y Gamboa son los últimos en irse de los entrenamientos y, según Pastoriza, “marcan la pauta, son un ejemplo para seguir por los pibes. Son clave en esta campaña”.
Este equipo aparece como un cóctel lindo para degustar. Tiene experiencia en el fondo, un medio campo con velocidad, pero sobre todo con manejo de pelota, y una delantera molesta, movediza, con muchos chicos. Atrás, a los 36 años, Navarro Montoya pasa por un momento bárbaro; Gamboa (32) está afilado, Pena (26) recuperó la confianza y Furios (22) se muestra como uno de los jugadores más dotados físicamente del torneo. En el medio, Ariel Rosada es el tiempista, quita y traslada con la misma eficiencia; parece un veterano y sólo tiene 24 años; si él no juega, lo hace Ernesto Pedernera, un cinco clásico, criterioso. El Burrito Rivero (21) es un tractorcito por la derecha. Un poco más adelantados, Sebastián Romero (22) se hace cargo de la derecha y el capitán, Mariano Mignini (26), de la izquierda, con la característica de que, si bien tienen responsabilidades defensivas, tienen gran vocación de ataque. El enganche es Matías Delgado, un pibe de 19 años que va a dar que hablar (ver aparte). Arriba, Román Díaz (22) se ganó un lugar indiscutido; es rapidísimo, zurdo, y tiene algo que hace rato no se ve: le encanta abrir la cancha, se siente cómodo contra las líneas, como los wingers de antes; Jorge Torales (18) es el delantero de área; le falta experiencia, pero es escurridizo y oportunista.
José Omar Pastoriza es el responsable del equipo, y los jugadores se encargan de remarcar su trabajo integrador, además de la libertad que les da dentro de la cancha, con la premisa indiscutida de jugar al ras del piso, tratando bien la pelota. “La base de esta campaña es el silencio y la humildad del grupo. No me resultó difícil amalgamar las distintas edades. Uno siempre trató de conformar buenos grupos, y éste es uno de los mejores que tuve. Yo trato de compartir cosas con los jugadores. Soy un poco el padre de ellos... bah, poné el hermano mayor, porque si no después me cargan. ¿Los asados? Ultimamente no los estamos haciendo y ganamos igual... En realidad es una excusa para charlar, para divertirnos todos juntos. Antes de los partidos, lo único que les digo es que jueguen bien al fútbol y que el abrazo de campeón es distinto de todo, porque acá no hay muchos que hayan ganado cosas, hay que alimentarles la ilusión. Nosotros queremos seguir como estamos, hacer muchos puntos y participar en una Copa Internacional”, comenta el Pato.
En los entrenamientos se nota la buena relación, el buen humor está a la orden del día. Obviamente, los resultados acompañan y eso es clave para que esto pase. Es más, Matías Delgado asegura que sus únicos amigos son varios de sus compañeros de Chacarita, algo extraño en este medio, que marca la unión de un grupo humilde, pero con grandes aspiraciones.
Así va Chacarita, con la cabeza levantada, en el barrio como en la cancha; plantándosele a los más grandes en la tabla, diciéndoles: “Acá estoy; para estar arriba no hace falta tanto, básicamente, hay que intentar jugar bien al fútbol”.
Matías es hijo de Eduardo Emilio Delgado, ex delantero de San Lorenzo, entre otros clubes. Tiene 19 años y a los 17 ya había debutado en primera. Esta temporada demostró que condiciones le sobran para ser el conductor de Chacarita. “Este torneo es muy positivo y estoy feliz, pero sé que me falta mucho por aprender. El equipo y el cuerpo técnico me bancan en todo momento. El técnico me dice que juegue como yo sé, no me presiona. Si intento y no me sale, me alienta; eso te da tranquilidad”, dice.
“El cambio de ritmo de las inferiores a primera fue monstruoso, en los físico y en cuanto a las responsabilidades. Mi juego cambió mucho; ahora piso más el área; intento dar pases seguros y hacer la más fácil. Creo que no sentí el peso de ser el conductor por la tranquilidad que me dan mis compañeros”, señala este pibe que vive en Boulogne y que aparece como una fuerte promesa del fútbol argentino.


