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Barcelona sigue haciendo oídos sordos a la AFA, la FIFA y el COI, y subió a Messi al avión que llevó al plantel a la pretemporada; el brasileño Rafinha dejó plantado a Schalke 04 en el aeropuerto para poder ir a los Juegos Olímpicos, Real Madrid le hizo decir a Robinho que no irá a Pekín, supuestamente por una lesión, aunque había otra razón más disuasoria para que el delantero no atendiera la convocatoria de Dunga: el club le renovará el contrato por cinco años y le aumentará las remuneraciones de 1.800.000 a 3 millones euros netos por temporada.
Un poco más allá, Ronaldinho hizo uso del margen de autonomía de decisión que tácitamente le corresponde a quien reúne trayectoria y es primera figura internacional, aunque él haya dejado de serlo en las últimas dos temporadas, ganado por el desgano y una vida de tentaciones fuera de las canchas. Pasado un largo período de declive futbolístico, Ronaldinho apuesta a relanzar su carrera con la obtención de la medalla dorada (lo que le falta en una vitrina personal que ya tiene títulos mundiales en juveniles y mayores, Copa América y Copa de las Confederaciones) y el cambio de aire que necesitaba con su transferencia a Milan, al que le impuso su deseo de ir a los Juegos Olímpicos. La entidad lombarda, a regañadientes y para no entrar en conflicto, aceptó la voluntad de Ronaldinho, pero ejerció su autoridad para retener a Kaká, que verá los Juegos por televisión.
Futbolistas que resuelven por su cuenta, algunos que delegan voz y voto, otros que esperan que los dirigentes se pongan de acuerdo para no quedar en la encrucijada de tener que elegir entre la patria y el patrón que le solucionó el futuro económico... Todos los casos citados, distintos en su complejidad y resolución, reflejan las arduas disputas entre los clubes y los seleccionados para quedarse con los jugadores. No es casual que se trate de jugadores de la Argentina y Brasil, las dos grandes canteras que nutren a Europa. Los dos países que son favoritos para encontrarse en la final del 23 de agosto en el estadio olímpico. Estos equipos, encuadrados en la extraña categoría Sub 23, con la posibilidad de incluir a otros tres sin límite de edad, son las últimas víctimas de un calendario tan sobrecargado que asegura varios contrapuntos por año.
El fútbol mundial necesitaría que el año tuviera más de 12 meses para satisfacer a todos. Mientras esto sea imposible, la lucha de intereses y de poder va tan lejos que pasa por encima de los reglamentos o se acomoda a las conveniencias de cada uno. La Argentina y Brasil vienen jugando partidos virtuales tan importantes como el que podría enfrentarlos en China.


