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La convivencia interna, esa herramienta de doble filo, de moda últimamente en los planteles, empujó a River a una zona de riesgo y, enseguida, a una realidad que no esperaba en el arranque de 2006. Los minutos posteriores a la renuncia de Reinaldo Merlo fueron los de mayor tensión en los últimos tiempos del club. Urgía encontrar una respuesta rápida para ratificar, hacia afuera y hacia adentro, un objetivo común que antes no compartían todos. El elegido para enderezar el rumbo fue un hombre que sabe de desafíos difíciles, tanto en el fútbol como en la vida: Daniel Passarella.
Dice que no es más que "un hombre bravo". Que está más tranquilo. Que la etapa de roces con el periodismo quedó atrás. Que la muerte de su hijo Sebastián -cuando era técnico del seleccionado- se atrevió a digerirla ahora que es abuelo. "El hombre común que ves ahora será el que verás todos los días", afirma. En sus primeras determinaciones volvió a demostrar dos cosas. Primero, que está aprendiendo aceleradamente a sacarse de encima la coraza de hierro que se puso por "defectos propios"; sabe que no basta con decirlo en un encuentro informal después de una práctica para darlo por entendido y, entonces, se esfuerza por demostrarlo minuto a minuto. Segundo, su capacidad para asumir los costos de sus decisiones. Aunque provocó reacciones negativas por no viajar a Salta, mantuvo con firmeza su preocupación por preparar el equipo que definirá, ante Oriente Petrolero, su participación en la Copa Libertadores. Se perdió la posibilidad de ganarle a Boca, pero eso lo tiene sin cuidado.
El flamante entrenador asegura que River está algunos escalones abajo de lo que pretende, que encontró un equipo "en construcción" y que tiene a los jugadores en un preocupante nivel físico. Se le piden algunas palabras para entender sus sensaciones en estos primeros días y contesta: "Los jugadores comparten mi manera de jugar, eso es lo más importante". Con estos conceptos se agigantan las diferencias con respecto al proceso anterior, que encabezaba Merlo, que no tuvo el consenso de los jugadores.
El Káiser se define como un entrenador al que cuesta clasificarlo dentro de "los estereotipos históricos". En el tiempo que lleva como técnico se lo vinculó progresivamente con modelos diversos: de una expresión ambiciosa dio vuelta la hoja hacia otra más contenida y calculadora varias veces. Uno de sus hombres de confianza, Héctor Pitarch, confió: "Daniel hace hincapié en una versión compacta, que presione lejos de su arco y que sea efectiva". Y por lo que se vio en los últimos ensayos ésa es la idea que quiere marcar "a fuego".
El hombre se encuentra con la autoestima alta. Ya convenció a los jugadores y está seguro de que el recelo de los hinchas por aquel coqueteo con Boca lo superarán pronto. Y sabe que ése es un punto preciado para enfrentar los desafíos que se avecinan.


