El Maracanazo

Ezequiel Fernández Moores
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3 de julio de 2013  

De repente, "O pais do futebol" disparó contra el fútbol. "A Patria em chuteiras", "El país con botines", una frase célebre del periodista Nelson Rodrigues, se convirtió en "A patria sin chuteiras". El país de los 190 millones de técnicos, me dicen desde Río, pasó a ser de 190 millones de cientistas sociales. Los hospitales fueron más importantes que los estadios. Y los médicos, que los jugadores. Y la pelota, ya no más un trampolín, se convirtió en un búmeran: a la presidenta Dilma Rousseff, una de las mujeres más poderosas del planeta, la silbaron en la apertura y faltó a la final; Lula dejó de ser el Pelé de la política, y Brasil, la octava economía del mundo, recordó a Belindia, pero no por su "mitad Bélgica", sino por la otra "mitad India". Si en México 70, en plena dictadura, intelectuales de izquierda aplazaron protestas para celebrar el "Tri", hoy, 43 años más tarde, jóvenes de izquierda primero y cientos de miles después archivaron la fiesta y usaron en cambio la gran vidriera del fútbol para explotar su rabia en las calles. La Copa Mundial, históricamente juguete comercial de la FIFA y herramienta de dictaduras y democracias, está en zona de riesgo. El dictamen se conocerá con la Copa de 2014. Y, quién lo iba a pensar, lo pronunciará Brasil, el país que elevó el fútbol a la categoría de inclusión, felicidad y arte.

Las protestas, en rigor, avisaron en diciembre pasado, en el sorteo de la Copa de las Confederaciones. "Queremos un Mundial del pueblo", reclamaba un millar de manifestantes. Enfurecieron al enterarse de que la municipalidad y el gobierno estadual de Río dieron 22 millones a Geo Eventos para que organizara la fiesta. Geo Eventos pertenece a la empresa Globo, cuyos medios, igual que muchos otros, casi ignoraron esa protesta. La fiesta del sorteo, que por exigencia de la FIFA obligó a cerrar durante cuatro horas el aeropuerto Santos Dumont, se celebró en Marina de Gloria, propiedad de Eike Batista. Forbes señalaba entonces a Batista como el hombre más rico de Brasil, número 8 del mundo. Su fortuna de 35.000 millones de dólares se redujo hoy a unos 5000 millones. Es otro imperio en peligro, que incluye a IMX, la firma contratada para la administración futura del Maracaná. El escenario de la final de la Copa de las Confederaciones que Brasil ganó el último domingo 3-0 a España fue remodelado con dineros públicos a un presupuesto duplicado de 600 millones de dólares. Una vez finalizado el Mundial, será explotado 35 años por dueños privados. El nuevo Maracaná dejó de ser el templo que era. El de 1950, primer Mundial jugado en Brasil, tenía capacidad para más de 200.000 personas. El 80 por ciento de sus instalaciones eran populares. Para negros, blancos, mulatos y mestizos. Ahora, es una "arena" para menos de 80.000 personas. De boletos más caros y con más espacios VIP. Un estadio blanco. Con "estándar FIFA".

"Queremos también hospitales y escuelas con «estándar FIFA»", reclamaron miles de jóvenes. "¿Su hijo enfermó? Llévelo para el estadio", decía un cartel. La protesta inicial por la suba del boleto de los jóvenes del Movimiento Pase Libre (MPL) derivó en furia masiva. También mejor salud y educación. Ya no estaban sólo jóvenes de izquierda y grupos gays, indigenistas y otras minorías sociales. Duras represiones iniciales avivaron la llama. Salieron barras bravas, narcos y chorros. La calle fue de cualquiera. Jóvenes del movimiento negro sufrían palizas de ultranacionalistas que cantaban el himno. Y el tema central pasó a ser "la corrupción". "Fuera Dilma." "Lula andate a Cuba." Todavía causa risa Arnaldo Jabor, columnista de TV Globo, crítico de las protestas primero, su defensor apenas horas después. Los cronistas de la Globo cubrieron las calles sin el logo. El torneo fue lo de menos. Lo importante sucedía fuera de los estadios. Autopistas bloqueadas. Edificios públicos atacados. ¿Quién dijo que el pueblo brasileño jamás luchó? Tiene una historia rica en revueltas de indígenas, negros y esclavos. Una célebre rebelión por el boleto del tranvía en 1880 en Río. Luchas independentistas. Brasilia. Diretas Ja. Y Lula, primer presidente obrero. "Mi generación luchó para que la voz de las calles" sea escuchada, expresó, rápida de reflejos, la presidenta Rousseff, torturada por la dictadura (1964-85), líder de un PT que, a diferencia de gobiernos anteriores, incluyó a decenas de millones a la vida social. Les mejoró el consumo y dio trabajo. Ahora exigen una mejor vida cotidiana. Y no soportan esos estadios cinco estrellas de la FIFA.

"Todo pasará cuando la pelota comience a rodar." "Se aprovechan de la popularidad del fútbol." Joseph Blatter siempre complica todo. Fue una rock-star en Sudáfrica 2010. También la Rusia de Putin y el Qatar de los petrodólares le agradecieron las próximas sedes de los Mundiales 2018 y 2022. Pero en Brasil, más que en ningún otro país, saben que el fútbol no le pertenece a la FIFA. ¿Por qué entonces estadios FIFA, zonas FIFA, recorridos FIFA, patrocinadores FIFA, exenciones fiscales FIFA, normas FIFA, leyes FIFA y seguridad FIFA? ¿Por qué escuchar como a un gurú a Jerome Valcke, echado por la FIFA tras un escándalo judicial de patrocinios de tarjetas de crédito y reincorporado meses después como director ejecutivo? ¿Por qué el 50 por ciento de los derechos de TV van a Infront, la empresa suiza de marketing liderada por Philippe Blatter, sobrino del presidente? ¿Por qué ceder los palcos VIP a Match, firma vinculada también a Philippe en sociedad con los hermanos mexicanos Jaime y Enrique Byron? ¿Y por qué el monopolio de las entradas a Big One? ¿Por qué aceptar las advertencias del jefe de Departamento de Comercio Legal Jorg Vollmuller cuando corre peligro de exclusividad algún sponsor FIFA? ¿Para qué construir estadios que serán elefantes blancos por miles de millones y dejar que la FIFA embolse la cifra récord de 1800 millones de euros por un Mundial que se jugará en Brasil? La FIFA anunció el lunes boletos más baratos para la Copa de 2014. Está inquieta. Igual que el Comité Olímpico Internacional (COI), que dio a Río los Juegos 2016 y que mañana votará la sede de los próximos Juegos de la Juventud, entre Buenos Aires, Medellín o Glasgow. Distinciones que, como sucede en Brasil, ahora sabemos que, si se hacen las cosas mal, tienen su contracara.

Curioso, Joao Havelange y Ricardo Teixeira, artífices de las designaciones del Mundial 2014 y Río 2016, fueron echados el último año por corruptos. Dilma Rousseff finalmente cedió y, el día de la apertura de la Copa de las Confederaciones, sonrió para las fotos con José María Marín, nuevo capo de la CBF, acusado de vínculos con la dictadura. "Y Dilma capituló", escribió el periodista Juca Kfouri. Y agregó: "La torturada confraterniza con quien elogió al torturador". "Los errores, de derecha o de izquierda, deben ser pagados por quien los comete", me responde Juca cuando le pregunto si acaso el viejo poder no aprovechó las protestas para dejar nocaut a Dilma, cuya imagen cayó bruscamente. Kfouri integraba una agrupación clandestina durante la dictadura cuando se indignó porque un profesor puso fecha de examen en pleno partido de México 70. Pasó casi medio siglo. Presupuestos multiplicados, obras sobrefacturadas, inútiles o mal hechas, como en los Panamericanos 2007, gobiernos estaduales corruptos, pujas internas y hasta un decreto que autorizaba viáticos a legisladores, funcionarios y militares para poder asistir a los partidos de la Copa de las Confederaciones marcan responsabilidad de la democracia brasileña. Un día antes de la final del domingo, se cumplieron 55 años de Suecia 58, el primero de los cinco Mundiales ganados por Brasil. Cuando Pelé y Garrincha, símbolos del Brasil profundo, terminaron figuras de una selección que, preferentemente, debía evitar negros y mulatos. "El mejor fútbol brasileño -recordó Joel dos Santos- es hijo de la pobreza, de millones de niños acariciando una pelota, esperando su día de Pelé." La dupla repitió en Chile 62. "Hoy -exclamó al menos por ese día Nelson Rodrigues- somos 75 millones de reyes."

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