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"Vamos, vamos. Apuremos las fotos que hace mucho frío. ¿Quién me va a pagar el café?", dice, risueña, la voz pícara de Ramón Díaz. Por allí, se acomodan, uno tras otro, sus colaboradores ideales. Un ayudante de campo, dos preparadores físicos, un médico y un masajista se exponen, sonrientes, a la cámara indiscreta. Son los lugartenientes de Ramón. Es, en realidad, el otro equipo de Ramón. El otro puntero del Clausura. Ellos, detrás de cámara, trabajan para que la Gata, Lavezzi, Orion y compañía sigan por el camino de la gloria. Es, sencillamente, el cuerpo técnico de San Lorenzo, el banco de suplentes del líder. "Tengo el mejor cuerpo técnico del país", dice Ramón, conductor de la aventura por el título doméstico.
Posan delante del banco de suplentes que siente la adrenalina de Ramón. Hombres que, casualmente, conocieron a Ramón en Núñez, cuando era el DT de un conjunto cubierto de figuras y vueltas olímpicas. Justo Ramón, justo ellos, en la antesala de un clásico diferente. "Son todos grandes profesionales. Los conozco desde hace mucho tiempo y es un orgullo que trabajen conmigo. Para mí, cada uno en lo suyo es el mejor. Saben muy bien su función, la tienen clara", cuenta el riojano, ya sin tanto frío en su interior, minutos antes de la radiografía que cada uno de sus asistentes construyen de su figura.
Por allí surge Oscar Dean, el preparador físico, el hombre que conoce a Ramón desde 1997, en aquellos años gloriosos millonarios. "Es un gran compañero, un líder que sabe conducir y delegar. Un tipo muy profesional, que jamás se engañó con los elogios desmedidos ni las críticas despiadadas. Sabe mucho de fútbol y se nota", cuenta el profesor, un personaje divertido y ocurrente, más allá del rigor físico. Por detrás aparece Rafael Giulietti, el médico, el protagonista que descubre a Díaz también en 1997, en esa etapa dorada. "La relación con Ramón es excelente. En mi caso particular, los trabajos no se contraponen, se complementan. Es un hombre exitoso, que sabe sacar lo mejor de cada jugador para que sea útil al equipo y, sobre todas las cosas, superexigente", señala el médico, un especialista en traumatología.
Se sorprende Ramón ante tamaños elogios. Se divierte ante cada ocurrencia. "Parece que me conocen más que mi familia", se sincera. Pablo Fernández, el otro preparador físico, por primera vez estuvo con el entrenador cuando era goleador en Japón, en 1993. "Yo era el preparador físico de Yokohama Marinos cuando el técnico era Jorge Solari. Ahí nació una buena relación entre todos. Después, en el 99, también en River, nos cruzamos, pero esta vez como técnico y preparador físico. Para mí, trabajar con el Pelado es, sencillamente, un honor", cuenta el personaje que colabora detrás de la figura de Dean. En otro sector, con baja voz, Alfredo Rossini, el masajista que conoció a Díaz durante 2001, en River, claro, se presenta en sociedad. "Le tengo mucho aprecio a Ramón, es un grande de verdad. Siempre fue para mí una mano amiga", cuenta el hombre, justamente, que se gana la vida con sus hábiles manos y que, para algunos, también oficia como una suerte de cábala para el personaje central.
"¿Y ? ¿Quién me paga el café? ¡Qué frío que hace, espero que el domingo la cancha esté llena y suba la temperatura!", pide Ramón, casi como un ruego. Falta exponerse el otro yo del técnico; el otro gran DT, el que prefiere el bajo perfil, el silencio. Se descubre Sebastián Rambert, aquel explosivo delantero, aquel hombre que colgó los botines hace casi tres años, cansado de las febriles lesiones en su rodilla derecha. La mano derecha del Pelado, a quien conoce desde 1996. "Lo conocí cuando me pidió especialmente; cuando pasé de Boca a River. Ramón me bancó siempre, más allá de mis actuaciones y las lesiones. Allí comencé una gran relación con él", cuenta el hombre que tuvo su mágica etapa en Independiente. "Siempre me interesó la dirección técnica, el fútbol en sí. Dejé temprano el fútbol, trabajé con Garnero y Burruchaga en Arsenal, colaboré en Quilmes, pero siempre estuve cerca de Ramón. Cuando me ofreció acompañarlo en San Lorenzo, cumplí un sueño", exclama el hombre que, de alguna manera, ocupa el sitio que por años fue sinónimo de Omar Labruna.
En la foto faltan algunas caras que respaldan el anhelo de campeón. Falta Jorge Macagno, el kinesiólogo, de extensa trayectoria en San Lorenzo. Falta Fernando Berón, el DT de la reserva. Y faltan, también, Agustín Irusta y Hugo Tocalli (hijo), entrenadores de arqueros. Cuentan que se reúnen seguido en la casa de alguno para compartir un asado. Una anécdota familiar, un recuerdo compartido. "Son los mejores", insiste Ramón, líder de un cuerpo técnico que también se siente en la cima.


