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NIIGATA,Japón.– El Shinkansen parece perforar las montañas que se elevan a lo largo de este país como si fueran su columna vertebral. A una velocidad tan alta como imperceptible, el tren bala atraviesa la isla en un suspiro, de un lado al otro, que es lo mismo que decir desde el océano Pacífico hasta el Mar del Japón. El suave bamboleo, el zumbido, la oscuridad de los túneles interminables, provocan en uno algo parecido al sopor, al sueño. Mucho, mucho sueño. Por eso imaginamos. Que Argentina finalizó segunda en el Grupo F y que espera a Dinamarca. Que por el capricho de los números cerca estuvo de medirse con Senegal, el sorpresivo N°2 del Grupo A.
Volamos sobre las vías, camino a Niigata, en donde la Argentina va a jugar contra Dinamarca por los octavos de final de Corea–Japón 2002. Marcelo Bielsa tiene todo listo para salir en la cancha, en ese hermoso estadio con forma de plato sopero y volados sobre sus bordes, aunque se hace llamar Big Swan, el Gran Cisne. Caben 42.300 personas allí y se estima que estará completo, como el equipo: vuelve Ayala, Verón y Aimar juegan juntos, debuta Caniggia. Todo está en orden para enfrentar a ese típicamente compacto equipo nórdico, que no parece un escollo tan complejo. Menos, tras haber pasado la prueba con sus parientes, los suecos.
El túnel concluye, al fin, como todo, y la claridad entra por la ventanilla del avión sobre rieles con la agresividad del amanecer en los ojos de un trasnochador con resaca. Allí, al alcance de la vista, está el estadio, está la ciudad, tan turística por sus nieves tentadoras, tan famosa por ser el lugar de referencia para el producto madre de este país: el arroz y, por supuesto, su derivado, el sake. Dicen que Niigata es la mayor productora, en todo Japón, del grano blanco y de la bebida transparente. Habrá que ponerlo a prueba, eso, para olvidar.
Y, también, para enfrentar con entereza el hecho de que allí, en la nítida pantalla de cartel indicador, no dice Argentina vs. Denmark sino, nada menos, Denmark versus. ...Inglaterra. Como si fuera una trampa del destino, el partido ofrece a David Beckham y Michael Owen a cambio de Verón y Batistuta. De ellos es la realidad, entonces, y también el protagonismo.
El estadio es de ellos, de los ingleses. A la hora de alentar por los demás, los japoneses eligen seguido ponerse la camiseta blanca y roja, bien identificada con los nombres de las dos estrellas máximas en la espalda. Si no fuera porque cantan poco –ya se sabe, exclaman admirados ante un pelotazo muy fuerte o una chilena en la mitad de la cancha– se podría decir que estamos en un suburbio de Londres.
Nunca se sabrá si Inglaterra iba a ir a buscar el partido –como no había hecho en ninguno hasta aquí– o si lo iba a esperar –como lo hizo contra la Argentina– porque se lo encontró, apenas comenzado: con la ayuda del arquero Sorensen, salió ganando desde los vestuarios. Y después hizo todo fácil, como lo hace Owen, como lo hace Beckham. Como se lo dejó servido Dinamarca. Y a uno le queda la sensación de que no se hubieran dado las cosas así para la Argentina: seguramente, hubiera convertido en figura al pobre Sorensen, como lo hizo con todos los arqueros que enfrentó en su escaso Mundial.



