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SAN PABLO.- Con fama de hombre duro, Ottmar Hitzfeld se le plantó a Martín Demichelis cuando lo dirigía hace unos años en Bayern Munich. Como el defensor argentino no había aceptado jugar en determinada posición, el DT alemán decidió aislarlo del grupo. Demichelis perdió la titularidad y se entrenó por su cuenta hasta que pidió disculpas. El indulto fue casi inmediato, aunque sentó precedentes en aquel vestuario. Pero ésa no es la única anécdota que une al entrenador de Suiza con los argentinos. También fue verdugo de Boca y supo tener al fallecido Néstor Adrián De Vicente como jugador, colaborador y compinche.
Su sabiduría enciclopédica sobre fútbol queda a la vista al repasar su trayectoria como técnico: dirigió siete años en cadena a Borussia Dortmund y otros siete años a Bayern Munich, además de haber conducido a tres equipos suizos, entre ellos Grasshoppers, uno de los más populares y en donde contó con De Vicente, tanto como jugador como ojeador de futbolistas latinos. El palmarés de Hitzfeld es irrefutable: siete Bundesligas, tres Copas Suizas, dos Champions Leagues y dos Copas Intercontinentales. Además, condujo a Suiza al Mundial de 2010, en el que derrotó en la etapa de grupos a España, que luego se consagró campeón.
Hitzfeld es amante de los proyectos a largo plazo, y ahora, con edad de jubilado (65), ya dijo que dejará su cargo después del Mundial. Pero todavía no piensa en ello. "Siempre me preparo para seguir y para continuar. Estar en los octavos de final de Mundial es un gran desafío deportivo y prevemos estar en cuartos. Así que no será mi último partido todavía", dijo ayer, confiado, aunque sin perder su gesto adusto y torcido.
Hace 13 años, el azar lo cruzó con Carlos Bianchi, otro viejo zorro de la táctica y la estrategia. Fue en la final de la Copa Intercontinental de 2001, cuando Bayern Munich venció a Boca por 1 a 0 en tiempo suplementario con un polémico gol de Samuel Kuffour. Por entonces, Hitzfeld calló sobre la actuación del árbitro, el danés Kim Nielsen. También calló la semana pasada, cuando el argentino Néstor Pitana dirigió Suiza-Honduras, cuyo desenlace determinó que los helvéticos sean hoy los rivales de la Argentina.
A cargo del equipo suizo desde hace seis años, Hitzfeld ayudó a barnizar cada vez más el espíritu alemán que jamás oculta el conjunto rojo. Le imprimió orden, rigidez táctica y disciplina. Y algo que no es menor: le dio sentido de grupo y de pertenencia. "Cualquiera que tenga que defenderse de Messi tendrá problemas. Confío en mi defensa, pero sobre todo confío en mi equipo", dijo.
Su discurso llegó al plantel. Los jugadores repitieron frases similares, aunque el capitán, Gokhan Inler (que juega en Napoli, de Italia), fue el que unificó el mensaje: "A Messi no lo vamos a parar con uno o dos o tres jugadores encima. Lo vamos a parar si jugamos en equipo. Tenemos que hacer todo perfecto para ganar".
Hitzfeld nació cuando las secuelas de la Segunda Guerra Mundial estaban todavía sin suturar. Nació y se crió en Lörrach, un pueblo alemán situado al borde de la frontera con Suiza. Tal vez de allí radique su paternalismo por adoptar futbolistas extranjeros y haber conformado un seleccionado multicultural, con 15 de los 23 jugadores con raíces ajenas a los suizos.
Hitzfeld designó capitán a Inler, hijo de inmigrantes turcos. En una nota con el Canal + de Francia, que reprodujo el sitio www.swissinfo.ch, argumentó su elección: "Les quise dar importancia a los jugadores con orígenes extranjeros. La diversidad representa una Suiza moderna y es señal de tolerancia".
Sobre el filo del cierre de su exquisita carrera, el alemán, adoptado en Suiza como un hijo propio, apuesta a desafiar a la historia. Y otra vez, en su destino, se cruza la Argentina.


