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Si no fuese tan inteligente, el director Jonathan Demme hubiese esperado un poco; no apresurarse en la elección de Anthony Hopkins y Jodie Foster, y por estos días tendría un argumento excepcional para El silencio de los inocentes , su gran película. Simplemente se daba una vuelta por La Plata y listo; enseguida encontraría muchos argumentos: miedo, poca vergüenza, violencia y, en medio de tanta confusión de roles, empatía con los más perversos; encontraría al Canibal Hopkins en cualquier diagonal de la capital bonaerense, acompañado por la hermosa Foster, la agente del FBI, que ya tendrían su propia hinchada; seguramente, dividida; como ocurre en nuestro fútbol vernáculo donde potenciamos para que nuestro equipo pierda y, lo redondeamos, con un festejo por la derrota.
Los jugadores, con su DT a la cabeza, en una situación límite -amenazas, apretadas y otras yerbas- no dicen nada; ni siquiera a su propia dirigencia, a sus empleadores; es fácil pensar -al menos le damos rienda suelta a la imaginación- que ni siquiera lo harán en la Justicia; tampoco fueron a Futbolistas Argentinos Agremiados (FAA), que por algunos contratiempos menores pararon en otras ocasiones toda la actividad futbolera; alcanzó apenas con una visita a La Plata de algún dirigente gremial, casi de compromiso.
Mario Gallina, a cargo del Coprasede, que se encarga de la seguridad en el terreno provincial, habló toda la mañana por los micrófonos que tenía a mano; dijo que el Gobierno le había dado "un arma" para ponerle límites a la violencia; no diferenció entre herramienta legal y arma; probablemente, para que todos nos preocupemos...
La Justicia dio un paso adelante: intervino de oficio; sin denuncias de por medio, todas las experiencias que vivimos en cada ocasión que se advierte violencia -en realidad todos los días-, se diluyeron con el transcurrir del tiempo; ojala que ahora no sea así.

