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Es cierto. La relación estaba astillada. Entre el público de River y el equipo todo se deterioró por lo que defraudó en la Copa Libertadores y en el actual Clausura. El poco crédito del que disfrutó el plantel de Néstor Gorosito a principio de año empezó a desaparecer ante la falta de resultados, y el hincha millonario manifestó con cánticos hirientes su desencanto por los flojos rendimientos. Ayer, los jugadores fueron otra vez silbados luego de la igualdad 1 a 1 frente a Lanús; en el Monumental, 35.000 espectadores desaprobaron el rendimiento. La reprobación fue unánime, pero en un punto, los habitantes de la popular y la platea, expusieron pensamientos disímiles y no se unieron en la crítica a la hora de gritar en contra de la gestión del presidente José María Aguilar. Como nunca antes con otros cimbronazos, sugestivamente alguien ordenó llenar el vacío por las respuestas que no se encuentran, a través de banderas, con duros mensajes hacia los jugadores.
La verdad es que tenía razón el presidente Aguilar cuando advirtió que los barrabravas que venían detrás de los cabecillas Schlenker y Rousseau eran más peligrosos, ¿qué quiso sugerir? ¿Que la operatividad de una estructura mafiosa iba a seguir como si nada? ¿Que iba a entrar en acción con otros personajes? Porque la mafia funciona como siempre en el tribuna alta del Monumental, controla un espacio a su antojo y crea su propia realidad, con sus códigos y lealtades. Y ayer fue claramente funcional al poder de turno.
Porque ayer, curiosamente, se señaló a los jugadores como únicos responsables de la caída de los técnicos "Pellegrini, Merlo, Astrada, Passarella, Gordillo, Simeone, Rodríguez... Y ahora, ¿van por Pipo?" (la referencia era para todos los entrenadores de la era Aguilar). Porque ayer, extrañamente, hubo cánticos con cuestiones que sólo saben los que tienen acceso a la intimidad del club y del plantel. Como cuando se cantó desde la barra cuestionando la actitud profesional de los futbolistas. "Jugadores, jugadores, no se lo decimos más, si los vemos en el boliche, los mandamos al hospital" . Por que ayer las banderas -parece ser, hechas por el mismo letrista- se pusieron mucho antes del comienzo del partido y quedaron en el Monumental cuando todos se marcharon.
Y en eso de develar de qué lado está la barra, cada uno de los simpatizantes comunes, que van cada domingo a la cancha, y que quizás en otras oportunidades se sumaron alegremente a la comparsa, aplaudieron y vivaron el ingreso en la tribuna del grueso de "Los Borrachos del Tablón", esta vez parecen haber advertido que, en el fondo, hace mucho ya que esos fundamentalistas del aliento pisotearon el folklore y representan uno de los factores más nocivos del club que tanto dicen amar. Por eso, una vez que los jugadores ingresaron en el vestuario, las plateas pidieron que se acabe "la dictadura de Aguilar" y señalaron con el dedo acusador a la barra, que esta vez optó por el silencio.
Desde el oficialismo se intentó instalar entre los periodistas que se todo se trató de una reacción espontánea o como un hecho politizado por la oposición, pero la mayoría de la gente fue catalogada como un acto que sale desde bien adentro del club. La ruptura del bloque oficialista existe, pero creer que un grupo minúsculo de personas -los disidentes dentro de la comisión directiva- tiene el poder para levantar a toda la popular en contra del equipo, suena a una excusa. River es un club en el que la política tiene un lugar preponderante en la vida institucional -para muchos, el club más politizado del país-, pero la barra se movilizó por un concreto motivo: apuntar al equipo por todos los males y señalarlo como el "peor de la historia".
El mandato del presidente José María Aguilar terminará en diciembre de este año. Y el contrato del DT Néstor Gorosito caducará también en esa fecha. En River se advierten días complicados, en los resultados, en la vida política, y no se ven intenciones de pacificar al club. Porque el problema radica en una cuestión que va más allá del fútbol. El estado de descomposición de River tiene a casi todos sus órganos comprometidos. Abarca tanto a los despachos como a la cancha y al foco infeccioso de su tribuna.
Un final violento. Después de más de 35 minutos de gritos en contra de los jugadores y del presidente del club José María Aguilar, los hinchas de River comenzaron a alejarse del hall principal del Monumental. Lo que parecía que finalizaría sin incidentes terminó por descontrolarse por completo. Cuando los efectivos policiales intentaban desalojar a un grupo de no más de 30 hinchas (supuestamente socios), se desató un enfrentamiento entre ambas partes, lo que provocó golpes, corridas y un saldo de tres detenidos por resistencia a la autoridad, según informó el Comisario Inspector, Ricardo Pedace. Los hinchas se mostraron indignados porque ningún dirigentes se acercó para solucionar el problema. Incluso, dos mujeres fueron demoradas y esposadas, una de ellas por una muy fuerte discusión con el comisario Pedace.

