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Thun, un pueblito muy cerca de los Alpes suizos. Un camino que serpenteaba entre las montañas. Dos personas paseaban por ahí. Uno desconocido, el otro, la persona más famosa del planeta. La celebridad, con las manos tomadas detrás de la espalda, la pera alta, la mirada arriba. Mucha gente caminaba, pocos turistas. Nadie detuvo a Diego Maradona, ni le pidió fotos ni autógrafos. Ese hombre de jogging turquesa y remera blanca, que se preparaba para el Mundial de Italia ‘90, era reconocido por algunos y por tantos otro, no. Pero nadie le interrumpió el paso ni lo distrajo. Al regreso al hotel de la selección, el acompañante, el periodista Daniel Arcucci, le dijo: "Diego, la verdad, este sería un buen lugar para vivir… Caminamos una hora y no te molestó nadie, te tratan con un respeto increíble... Habría que conseguir un equipo, nomás...". Maradona espió el lago allá abajo, volvió a observar la ruta por la que había transitado... y le contesto: "¿Estás loco, vos? A los dos días me suicido". El ruido acompañó a Maradona en su vida. Él no lo pudo graficar mejor, cierta vez: "Al Diego, a mí, me sacaron de Villa Fiorito y me revolearon de una patada en el culo a París, a la torre Eiffel". Paradójicamente, murió en absoluto silencio.
Maradona era desproporcionado, exagerado, desbordante. Si su vida muchas veces no tuvo límites, tampoco su muerte. Desde el mediodía del miércoles en la Argentina, y en los diferentes husos horarios de los cuatro puntos cardinales, se detuvo del mundo. Pero no sólo como una expresión, realmente se paralizó el planeta, que de a poco intenta salir del entumecimiento que provoca el gancho al hígado.
La noticia alcanzó una universalidad, una penetración, que tal vez nunca antes la humanidad había conocido. Bañó hasta las costas inimaginables. Intimida la afirmación, pero no es una alucinación o borrachera: el dolor –o al menos, la atención– atravesó religiones, creencias, culturas, ideologías. Razas, clases, edades. Tocó a todos. Cubrió el mundo. La muerte de Maradona abrió una ventana inexplorada, una sensación de inmensidad que la especie todavía no había sentido en los huesos. En sus tripas. Ni indiferentes ni ajenos. Por elección o imposición mediática, pero nadie se habrá escapado del impacto. Cuando mueren los inmortales, no hay susurros. Se llena de ruido.
Los homenajes se vieron y repitieron en cadena internacional. Y continuarán. En cada destino ‘convencional’ y en tantos exóticos. Maradona fue su visa para andar por donde quiso. También por los Estados Unidos y Japón, aunque alguna vez se le complicó entrar. Señales de tránsito maradoneadas como tributo. Estadios a media luz. Edificios emblemáticos y atractivos turísticos tuneados como ofrenda. Nuevas letras de canciones y cientos de tatuajes. Propuestas para eliminar el número 10 de la camiseta. Altares, ofrendas, pintadas, minutos de silencio en los partidos de las ligas poderosas y las más pequeñas. Banderas a media asta en La Masía. Una estatua con adornos florales en Bombay. Ceremonias en Surakarta (Indonesia) y Calcuta. En Idlib, una ciudad siria devastada por las propias guerras internas del país, en las ruinas de un edificio bombardeado, el pintor Aziz Asmar eterniza un retrato. Un momento de dolor, sobre el dolor.
Indicador incuestionable de la nueva era, las métricas de Twitter se dispararon. Esta red social armó un mapa interactivo, un Trendsmap, un rastreador de tendencias por zonas geográficas. Todos los rincones se iluminaron con Maradona, con registros insospechados: hasta 1,5 millones de tuits cada hora y media. De América latina, Europa, muchos países de Asia y Oceanía nació el mayor tráfico. En el globo, hablaban, hablan y hablarán de él.

Utilizado tantas veces –hasta en su responso–, Maradona provocó encuentros y coincidencias virtuales imprevisibles. Un auténtico realismo mágico. Si el ministro de Exteriores alemán, Heiko Maas, elevó sus condolencias, desde muy lejos, el líder del Frente Sandinista y presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, compartió su dolor y recordó la condición de "militante revolucionario" de Maradona. Y si el papa Francisco lo recordó "con afecto" y oración, el partido político colombiano Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), surgido de la desmovilización de esa guerrilla, honró en sus redes "al jugador de fútbol más grande de todos los tiempos". De Emmanuel Macron a Evo Morales; de Lula y Dilma Roussedf al español Pedro Sánchez; de Michael Kozak (ex embajador norteamericano en Bielorrusia) a Reuven Rivlin, el presidente de Israel. Y tantas firmas más.
Sydney, Pekin, Pretoria, Tokio, Seúl, Oxford, América completa, Chengdú, Trípoli, Dubai, Tel Aviv, Minsk, Moscú y toda Europa de pies a cabeza... Puntos en el mundo, conquistas de Maradona. Él cuestionó al papa Juan Pablo II en una audiencia privada en el Vaticano. Él alteró rutinas, costumbres, horarios. Él cambio la agenda de mandatarios. Él provocó que muchos hinchas no celebraran la última de las cinco oraciones del rito islámico…, porque jugaba por TV. Él se hizo mundo. ¿Cómo ser original cuándo la temática es planetaria? "En las manos de Dios", coincidieron en sus títulos varios diarios británicos. L’Humanité, de Francia, eligió: "Adiós compañero". El Observador, de Uruguay, se preguntó: "¿A qué planeta te fuiste?". The Guardian... simplemente escribió "El Diego". Frente a la pantalla global más atenta de la historia, la fascinación maradoneana atrapó como nunca. Diego Maradona y el viaje a la dimensión desconocida. Lo hizo de nuevo. Lo hizo por última vez.




