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Hubo una fiesta; arrancó a eso de las 17. Todos estaban invitados; no se suspendía por lluvia ni por nada en el mundo; el único requisito para entrar era llevar algo rojo y blanco; hubo música y la banda tocó en vivo, a pleno, como hacía mucho no lo hacía, como para despejar las dudas que los mismos intérpretes supieron crear a lo largo de una gira de 18 fechas. River es campeón, ganó el torneo Clausura; quedó decretado con el pitazo final de Horacio Elizondo, pero estaba claro desde mucho antes. Llegó el desahogo con una avalancha de fútbol y goles después de un breve corte de luz intencional, provocado por un pibe de apellido Pisculichi, que paralizó al Monumental.
Analizar de manera estrictamente futbolística la victoria de River por 5 a 1 sobre Argentinos Juniors no es imposible, pero sí innecesario, porque el partido perdió sentido cuando terminó el primer tiempo y porque River no le quiso hacer más goles a un rival que salió a la cancha con el corazón partido por el descenso consumado la noche anterior. El equipo dirigido por Ramón Díaz terminó apiadándose, consciente de que lo que había hecho hasta determinado momento ya había sido suficiente como para justificar su 30a consagración. En los últimos 30 minutos, hasta los propios jugadores millonarios pararon a los gritos a algún compañero que quería su gol a cualquier precio.
Los hinchas de River, desbordados por un nuevo título después de tres subcampeonatos seguidos, se harán una sola pregunta cuando recobren la tranquilidad: ¿por qué Alejandro Domínguez no habrá sido elegido para el torneo local en vez de jugar sólo la Libertadores? Con los pocos partidos jugados en la Copa y lo que hizo ayer, el Chori, con patente de crack, ya tiene a la gente en el bolsillo.
El comienzo sí fue en serio, porque Argentinos, más allá de la pérdida de categoría, apeló a su amor propio e hizo lo que pudo ante el vendaval de River, que arrinconaba al arquero Rodrigo Burella a puro fútbol, con tacos y rabonas incluidos. Todo muy lindo, hasta que llegó lo inesperado; Carlos Cordone pateó desde lejos, la pelota se le escapó de las manos a Germán Lux y Pisculichi puso el 1-0 ante el asombro y el silencio de todos, porque Gimnasia había ganado en La Plata y quedaba a un punto.
River sintió el golpe en los cinco minutos siguientes, pero después volvió a lo suyo. Una vertiginosa pared entre D’Alessandro y Domínguez dejó solo a Cambiasso para que empatara.
De repente, llegó a la memoria el gol de Caniggia contra Nigeria en el Mundial 94, cuando el delantero le gritó a Maradona porque vio el hueco para marcar mientras el 10 miraba para otro lado. Esta vez fue a la inversa: Domínguez deambulaba por el área mientras D’Alessandro acomodaba la pelota tras una falta, en el sector izquierdo. Andrés, agachado, se dio cuenta y despertó al Chori Domínguez con un grito mientras le daba la pelota; el delantero giró, y clavó un derechazo en el ángulo que comenzó a definir la historia.
Siguió la catarata de fútbol; Argentinos ya estaba entregado por completo. Toques por aquí, por allá, dominio absoluto y soberbio del campeón; D’Alessandro vuelve a iluminarse, habilita a Coudet, le hace un caño a Pena por la derecha, centro preciso y Cavenaghi-gol. Se terminaba el primer tiempo, pero la banda seguía tocando. Otra vez la tiene D’Alessandro, después de una gran jugada de Rojas; el pibe hace una pausa increíble para que Domínguez le pase por detrás y entre en el área; recibe el Chori, centro preciso y Cavenaghi-gol.
El título ya se festejaba, no había manera de que Argentinos revirtiera la historia. Llegó el quinto: Domínguez recibió de Coudet, amagó a patear al arco, pero tiró un centro para ... Cavenaghi-gol; iban 15 minutos del segundo tiempo.
Ahí sí River levantó el pie del acelerador; se dedicó a tocar la pelota atrás y en el medio, sin sobrar a su rival. Había hecho lo suyo, no era necesario nada más por respeto al dolor ajeno. La pelota corría por allá, los jugadores levantaban los brazos arengando a la gente. Si el partido hubiese terminado allí, para todos habría sido lo mismo.
River ya gozaba de su título, muchos pibes que alcanzaban pelotas y tocaban a sus ídolos en tantas vueltas olímpicas ahora eran protagonistas; muchos otros veían que su despedida de Núñez iba a ser la soñada. Se sentía la ansiedad.
Llegó el momento tan esperado. River es campeón, locura en Núñez. Fue irregular, es cierto, pero ése es otro análisis, porque les ganó memorablemente a Boca, a Racing, a los dos equipos de La Plata como visitante... Fue el mejor y se coronó a su manera, fiel a su historia.




