Gimnasia-Central Córdoba, por la Superliga: terminó el maleficio y el Lobo festejó como local

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Gimnasia La Plata

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  • Leandro Contín
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Central Córdoba (Santiago del Estero)

Central Córdoba (Santiago del Estero)

  • Joao Rodríguez
Máximo Randrup
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8 de diciembre de 2019  • 20:20

En la previa del partido, todo fue felicidad para Diego Maradona. Recibió la visita del técnico argentino Mauricio Pochettino, ingresó a la cancha con su nieto Benjamín y no dudó en cantar -otra vez- "el que no salta es un inglés". Tan suelto estaba el entrenador antes del encuentro que se animó a largar una promesa: "El Bosque puede quedarse tranquilísimo, hay Diego 2020".

Cuando la pelota comenzó a rodar, todo cambió. Enseguida, no iban ni 15 minutos, se lesionó el mejor jugador de Gimnasia en el semestre (Matías García) y unos segundos después Joao Rodríguez puso el 1-0 para Central Córdoba de Santiago del Estero, tras una excelente pared con Lisandro Alzugaray. Maradona no lo podría creer; se agarraba la cabeza, gesticulaba y lanzaba insultos al aire. El Lobo tardó en reaccionar. De hecho lo hizo recién en el cierre del primer tiempo, cuando exigió al arquero Maximiliano Cavallotti con un cabezazo de Eric Ramírez. Fue un aviso de lo que pasaría después.

En la segunda etapa y con la conducción de José Paradela, justamente quien reemplazó a García en el inicio del juego, el equipo tripero evolucionó de una manera notable. Acorraló a su adversario y lo desbordó por completo. Le llegó por adentro y por afuera, por arriba y por abajo. Generó más de media docena de situaciones claras y pudo convertir dos. El 1-1 llegó gracias a un centro de Horacio Tijanovich y un fuerte cabezazo de Nicolás Contín, mientras que el 2-1 -también de Contín- lo fabricó Paradela con una jugada magistral (apilada por izquierda y pase al medio para que el delantero la empujara).

Central Córdoba, que presentó una formación alternativa pensando en preservar las energías para la final de la Copa Argentina, nunca pudo reponerse. Incluso, Gimnasia mereció ampliar la ventaja y no lo hizo porque repitió una falencia que lo persiguió durante toda la Superliga: la falta de puntería.

Una vez que Ariel Penel pitó el final, Maradona se largó a llorar. No fue la primera vez ni será la última, es cierto, pero en este caso se debió a un motivo especial: el Lobo, su Lobo, ganó el primer partido de local en el torneo. "La cancha está maléfica; la pelota pica y se va a cualquier lado", dijo Diego hace unos días. El Tripero, de una vez por todas, logró romper la mala racha (había perdido los siete encuentros en su estadio) y lo hizo en un cruce trascendental para los promedios.

"Los muchachos estaban convencidos de que en el segundo tiempo lo daban vuelta y por eso yo me prendí un habano; estaba tranquilo", confesó el DT, en declaraciones para la televisión. Maradona ya piensa en lo que viene y quiere que sea de la mano del dirigente que lo fue a buscar. Para que todos los socios lo sepan, usó una gorra con la leyenda "PELLEGRINO PRESIDENTE". Hubo Diego en estado puro.

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