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Le faltaron 12 materias para recibirse de ingeniero químico. Tal vez ayer, y después de 25 años de carrera, Gustavo Alfaro haya sentido que saldó una cuenta con su viejo, al que le había prometido que dejar los estudios valdría la pena porque pensaba llegar hasta el club más grande. ¿A qué precio lo consiguió? Las sospechas lo acechan. Una vida cuidando las formas para, de repente, encontrarse en el banquillo de los acusados. "Ojala la Argentina fuese un país con más gente exitosa que exitista", deslizó cuando la presentación xeneize ya se había desviado hacia el juicio quemero. ¿Qué quiso decir? "El éxito necesita una constancia permanente y convicciones profundas. En cambio, el exitismo es comprar algo rápido, que está en un momento y desaparece en el otro. No hay que creerse todo lo que se dice porque lo que lleva mucho tiempo construir se pierde en un abrir y cerrar de ojos". ¿Esto lo dijo ayer? No, ofreció ese análisis en una entrevista con LA NACION, en 2003. Y el eco de sus palabras llega zumbón.
El desembarco ante los reflectores más enceguecedores del fútbol argentino le impuso dar explicaciones. A nadie le puede agradar cargar con el cartelito de traidor, y él tenía preparada su defensa. Se aferró a la ley y hasta recitó el artículo 88 de la Ley de Contrato de Trabajo que guardaba en un bolsillo de su saco. Para internarse en lo más profundo de la selva, se afiló los colmillos. "El fútbol argentino vive en una histeria", también se lamentaba en aquella nota. Quince años después, él la alienta: "Boca no tiene purgatorio, es cielo o infierno", dramatizó en las entrañas de la Bombonera. Y también habló de bala de plata: vaya si se lo habrá devorado la feroz coyuntura.

"Los entrenadores nos vamos poniendo semana a semana la soga al cuello y cada tanto alguien tira la cuerda y ahorca a un entrenador. La competencia siempre la vivo con dos ojos: con uno miro pensando que el domingo es el último partido que voy a dirigir a mi equipo y con el otro pienso que me voy a quedar toda la vida"..., explicaba en 2003. Y antes de empezar, ayer pareció darse una vuelta de cuerda más al pescuezo: "Si algo le falta a mi carrera es ganar una Copa Libertadores". Se encarceló y se tragó las llaves.
Lo apasiona tanto leer como cocinar y cuidar las plantas del jardín. Siempre ofrece algunas citas de Jorge Luis Borges para describir con precisión ajena lo que quiere transmitir. No podía fallar el día que esperó toda su vida: "Triunfamos y fracasamos menos de lo que creemos". Ahora, varias de sus proclamas lo apuntan: siempre demandó una mejor formación dirigencial para que la elección de un entrenador no obedeciera a modas, amistades o conveniencias económicas. "Nunca vi a un presidente de un club que diga ‘yo renuncio porque me equivoqué en la elección del entrenador’. Nunca", criticaba en 2003. Alejandro Nadur todavía preside Huracán.
